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Perdido

Mensaje por ana maria el Vie 22 Feb 2019, 17:25

 
Perdido

Caminaba confiado y a paso certero por entre las calizas vertientes que se me ofrecían a mitad de los grandes montículos de roca sedimentaria de la formación geológica de Williamsville. Esa mañana, desde muy temprano, me había decidido a salir a dar un pequeño paseo, como parte de mis habituales prospecciones matutinas en busca de algo interesante; o ya fuera por mera curiosidad, atento a lo que las rocas tuvieran que decirme y para despejar mi mente.

En mis paseos, me gustaba jugar con la imaginación, transportándome a la isla de Gotland, en donde podría contemplar las espectaculares formaciones del Silúrico, los “gigantes de piedra”, de casi diez metros de altura que permanecen a lo largo de sus costas azotadas.

Aunque mi rutina acostumbrada consistía en salir desde casa muy temprano por la mañana, siempre procuraba asistir cuando el trino de las aves ya estuviera allí presente para terminar de refrescarme, o asegurándome de que el rocío cristalino de la noche anterior ya estuviera despabilado sobre las hojas de las hierbas.
El ambiente era yermo y algo desolado, el día nublado, gris, con algunas gotitas de llovizna cayendo de cuando en cuando, pisando sobre un suelo cubierto por rocas sueltas y de consistencia frágil, igualmente gris. Luego de abalanzarme sobre algunos promontorios de roca lutita en los que se depositaban yacimientos correspondientes al periodo Silúrico, y quedar una vez más sorprendido, decidí adentrarme más allá, sobre el suelo empapado de agua de lluvia de la noche de ayer, hacia el bosque.

No era la primera ocasión que decidía meterme hacia allá, pero esta vez había decidido tomar una vía distinta a la usual para acceder. Tras atravesar un desconocido pasillo que se abría paso entre dos grandes rocas que me superaban en altura divisé el conjunto de verde maleza y el bosque que se abría allá abajo, pero entonces di un paso en falso y resbalé por culpa del lodazal que me abría entrada.

Luego de ese paso accidentado fui cayendo a través de una escurridiza resbaladilla de lodo que me fue golpeando conforme me daba contra las fuertes rocas del camino, hasta que una de ellas terminó por golpearme la cabeza y me dejó inconsciente.

Al despertar, tardé unos cuantos segundos, primero, en darme cuenta de que había sucedido y asegurarme de que no había perdido la memoria, y segundo, en sorprenderme ante el árido y cambiado escenario del que ahora era espectador. Todavía arrodillado, miré que el bosque húmedo adelante había desparecido; los arces, los fresnos y los abedules ya no estaban allí, sino que una llanura, si así puedo denominarla, un terreno estéril, bajo y blancuzco, de feas piedras casi transparentes se alzaba sobre todo lo visible. Más allá, hacia el horizonte, a donde levanté la vista, un Sol apagado y triste, se izaba a lo bajo, entre brumas mortecinas, casi moribundas, que quien sabe de donde provenían. El cielo, igual de pobre, amanecía con matices espantosamente afligidos.

Luego de ponerme de pie, advertí que me hallaba todavía ensuciado de lodo, pero este ya estaba seco, por lo que no tenía idea de cuanto tiempo había transcurrido. Detecté que el suelo bajo mis pies estaba empapado de agua, pero que no había pasto ni hierbas; en su lugar, la tierra blanca lo cubría todo, conformando una especie de rara mezcla. Las rocas también eran de un color bastante blanquecino, lo cual terminó por generarme un miedo inexplicable. Un pequeño lago de agua cristalina despedía sus vapores en medio de todo aquella seca tierra, lo cual llamó muchísimo mi atención.

Detrás de mí, y a todo a mi alrededor, lomas bajas, feas y del mismo color blancuzco daban paso a su avance sobre el plano baldío, lo cual sin embargo no terminó por darme alguna seguridad.

continua...///  




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Perdido

Mensaje por ana maria el Vie 22 Feb 2019, 17:28


Decidí dar la vuelta y caminar, porque más allá, detrás, una desconocida procesión de plantas minúsculas se abría camino sobre el infecundo terreno, creando un particular paisaje primitivo.

A cada paso que daba, el sonido del agua burbujeante debajo de las suelas de mis zapatos me hacía sobresaltarme de un desconocido y enorme temor, puesto que me encontraba ahora sobre tierras que nunca antes había explorado yo, o un ser humano…

El ambiente era frío, aunque un poco menos antes de que me diera aquel fuerte golpe, y por alguna ignota razón la tierra desprendía un calor desconocido, como si supiera que ese Sol casi muerto a lo largo del día despertaría y la calentaría nuevamente. Probablemente lo deduje por aquellos cálidos vapores lentos que parecían elevarse solamente por las mañanas.

Al acercarme a la pequeña extensión de plantas diminutas advertí que no eran parecidas a ninguna otra planta que hubiera visto antes, al menos en el presente… Conformando un singular y tosco ambiente palustre, los tallos de aquellas plantas eran rígidos, de un color verde diáfano, y de no más de diez centímetros de altura, agrupándose por decenas. Los tallos cortos daban lugar a ramificaciones en dos, sin hojas, completamente desnudas si no fuera por la presencia de esporangios rojizos en sus extremos.

Más adelante, la fila de plantas terminaba, dando paso a aquellas repelentes colinas bajas, por lo que decidí encaminarme al lago transparente de al principio.
El ambiente, pues, era blanco, y como anunciando los albores de algo; como si en cada nuevo amanecer sobre la maldita llanura cataclismos geológicos o gigantes eventos evolutivos se aproximaran cada vez más. Pero, esa idea de proximidad, ¿sería completamente ilusoria, y en realidad, me encontraba existiendo sobre el momento de los mismísimos eventos, más que haber caído sobre algún punto específico del tiempo, a la espera de algo? Siendo esta una de las únicos sentimientos de preocupación que me ocuparían desde que había despertado, estaba más concentrado en explorar el desconocido terreno, aunque el sentimiento de desesperación comenzaría a molestarme cuando eché un vistazo al fondo del charco, desde sus orillas.

Conforme me aproximaba, noté que las mismas plantas primitivas de antes volvían a hacer fila bajo mis pies, y que la evaporación del lago terminaría por aniquilar a los pocos trilobites que nadaban bajo las reducidas aguas. ¿Se hallaría algún euriptérido navegando por encima de otras aguas cercanas? Tomando este inicial hecho una tranquilidad que no es propia de ningún ser humano sobre la faz del planeta, me sentí de repente horriblemente atemorizado por la sola idea de estar de pie sobre un mundo temiblemente cambiado, en el que yo era un completo forastero.
Antes de ceder ante un arranque de comprensible locura, corrí sin razón y una velocidad impresionante sobre el ahora blando terreno, franqueando la charca translúcida, y después subiendo una colina, para sentir entonces las duras rocas debajo de mi.

Cuando por fin llegué a la cima, sudoroso e inexplicablemente agotado, me tomé unos segundos para dar cuenta de la hórrida situación, y para divisar el enorme, desolado valle, desértico tropical, colina abajo, delante de mí, y que parecía no tener fin. Entre el agotado paisaje que ahora parecía sentirse cada vez más caliente, y cubierto de marañas bajas y verdes, charcos y plantas enanas, se distinguían extrañas prominencias, estructuras de casi un metro de altura, de color gris, y que terminaron por recordarme al colosal hongo primitivo, Prototaxites, que podía alzarse por encima de los ocho metros de altura.
No me atreví siquiera dar un paso hacia allá abajo. En lugar de eso, retrocedí espantado y volví por donde había llegado, ahora de regreso, con la esperanza de… sin ninguna esperanza.

Sabía que no tenía oportunidad alguna, y que, además, el oxígeno era escaso, así que, presa de un profundo terror, huí con locura, cada vez más acalorado, bajo los cielos apagados, hacia ninguna parte.

No recuerdo haber prestado atención a partir de allí a alguno de los detalles del ambiente, sino que, más bien, completamente absorto en mis pensamientos de pánico, me preguntaba cómo había pasado de estar en una mañana tranquila, nublada, buscando fósiles, a un lugar, un mundo completamente ignoto, perdido, sin forma alguna de regresar a casa.

Luego de algún tiempo, finalmente caí nuevamente arrodillado al suelo, como al principio, sin oxígeno, frente a las costas de un gigantesco océano de aguas frías y azules, bajo las cuales los albores de la humanidad misma todavía ni siquiera se asomaban.
tus relatos.com -leonardo rodriguez




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