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La Oca de Oro

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La Oca de Oro

Mensaje por ana maria el Jue 12 Jun 2014, 20:19

La Oca de Oro

Había una vez un hombre que tenía tres hijos. Al más pequeño le pusieron por nombre Zonzín, y siempre se burlaban de él y no lo tenían en cuenta.


Un día el hijo mayor quiso ir a cortar leña. La madre le preparó una torta de manteca y huevo de lo más rico y una bota de vino, y él se fue al bosque tranquilamente. Cuando llegó se encontró a un hombrecito viejo y arrugado, que lo saludó y le dijo:
–Dame un trozo de esa torta que llevas y déjame beber un trago de tu vino, ¡tengo tanta hambre y tanta sed!
Pero el hijo mayor, muy sensato, le respondió:
–Si te doy de mi torta y de mi vino, me quedará menos para mi. ¡Así que márchate de aquí en seguida!
Y dejando plantado al hombrecito prosiguió su camino.

Pero sucedió que, apenas empezó a trabajar, le rebotó el hacha hiriéndole el brazo, por lo que tuvo que dejar la tarea y volverse a casa triste y desanimado.

Entonces resolvió ir al bosque el hijo mediano. La madre le preparó también su torta de huevo y manteca, más rica todavía, y le dio también una buena cantidad de vino. A la entrada del bosque ya lo esperaba el hombrecito viejo y arrugado.
–Darne un trozo de esa torta que llevas y déjame beber un trago de tu vino, ¡tengo tanta hambre y tanta sed!
Pero también el hijo mediano, muy sensato, le respondió:
–Si te doy de lo que llevo, ¿qué voy a comer ? ¡Déjame en paz!

Y sin añadir palabra se adentró en el bosque. Pero en cuanto hubo dado un par de hachazos a un árbol, el tercero le golpeó la pierna. Y así, herido y maltrecho, volvió a casa a curarse.

Entonces Zonzin suplicó:
–Padre, deja que yo vaya al bosque a cortar leña. .
–¿Tú a buscar leña? –dijo el padre–. ¿No ves lo mal que les ha ido a tus hermanos siendo mayores y más listos que tú? Vamos, déjate de historias.
Pero tanto insistió y suplicó el muchacho, que el padre, para no oírlo más, permitió que se fuera. –Vete y déjame en paz. Allá tú.

La madre le preparó una torta de agua y harina, cocida sobre el rescoldo, y, en lugar de vino, le puso una botella de cerveza agria. Cuando llegó al bosque, Zonzín se encontró también al hombrecito viejo y arrugado.
–Dame un trozo de torta y un trago de tu botella, ¡tengo tanta hambre y tanta sed! –le suplicó el viejo.
–Con mucho gusto te daré: pero sólo llevo una torta cocida sobre las cenizas y cerveza agria para beber. Si te parece, sentémonos y comamos juntos.

En cuanto Zonzín abrió la canasta, se encontró con que la insípida torta se había convertido en la más deliciosa torta de huevo y manteca que jamás había probado, y la cerveza agria se había transformado en el vino más dulce del mundo. Y ambos comieron y bebieron a su gusto.

Después el hombrecito dijo:
–Como has tenido buen corazón y has compartido generosamente lo que llevabas, te quiero hacer feliz. Allá hay un árbol viejo: córtalo y en sus raíces encontrarás algo.

Zonzín así lo hizo, y en las raíces del árbol encontró una oca que tenía las plumas de oro fino. La tomó en sus manos y siguió su camino hasta una posada, donde decidió pasar la noche. El posadero tenía tres hijas, que, en cuanto vieron la oca, no pudieron contener su curiosidad. La mayor pensó:
«En el primer descuido, le arrancaré una pluma». Así que estuvo atenta todo el tiempo.

Cuando Zonzín se fue a dormir, la muchacha bajó a la sala, donde había quedado la oca, y se acercó a ella. Pero justo al tocarla con la punta de los dedos, se quedó pegada a la oca y no halló forma de soltarse.

En esto bajó la hija mediana, también dispuesta a apropiarse de una pluma de la oca maravillosa. Pero con sólo tocar a su hermana, se quedó también atrapada. Entonces vieron cómo se acercaba la hermana pequeña.
–¡No nos toques! –gritaron las dos hermanas.
Pero la pequeña pensó:
«Si ellas están, ¿por qué no puedo estar yo?»
Y al instante se vio pegada a sus hermanas. Y así se quedaron toda la noche con la oca.


Zonzín se levantó muy de mañana, tomó la oca y se marchó, sin preocuparse lo más mínimo de las tres muchachas que llevaba detrás.



Ellas tenían que ir siempre siguiéndolo, de un lado a otro, subiendo y bajando, y todo a buen paso, porque Zonzín no se detenía ni un momento.

A mitad de camino encontraron al cura, que al ver la comitiva empezó a gritar:
–¿Adónde van, desvergonzadas, corriendo detrás del muchacho? ¿Les parece bien eso?

Y se apresuró a detenerlas. Y mejor que no lo hubiese hecho, porque también él se quedó prendido a las otras tres.

No tardó mucho en pasar el sacristán, que él quedó perplejo al ver a su párroco corriendo detrás de esa fila de chicas.
–¡Eh! –gritó–. ¿Adonde va usted, señor cura? Recuerde que hoy tenemos un bautismo.

Pero el cura parecía no hacerle demasiado caso y seguía corriendo y jadeando. En vista de eso, el sacristán se acercó, lo sujetó por la manga y... ya tenemos a otro más detrás de la oca.

Así estaban las cosas cuando se acercaron dos campesinos que también intentaron liberarlos. Y así fueron ya siete los seguidores forzosos de Zonzín y su oca.

Así fue corno llegaron a una ciudad en la que había un rey muy preocupado porque tenía una hija tan seria que jamás reía. Tanto le preocupaba la seriedad de la princesa, que había anunciado que se casaría con ella el que fuese capaz de hacerla reír.

Zonzín se dirigió al palacio con toda su comitiva a rastras. Cuando la princesa, que estaba asomada al balcón, los vio con esa pinta , que tenían todos, cayendo y levantándose tras la oca, no pudo resistir más y estalló en una carcajada que no se acababa nunca.

Entonces Zonzín pidió al rey que cumpliera su palabra. Pero al rey ese muchacho le parecía muy poquita cosa como para ser su yerno. Así que le dijo que si no le traía a alguien que fuese capaz de beberse todo el vino de su bodega, no se podría casar.

Zonzín pensó que tal vez el hombrecito viejo y arrugado lo ayudaría. Se fue al bosque, y en el lugar donde había cortado el árbol de la oca, encontró a un hombre sumamente triste.
–¿Te ocurre algo? –preguntó Zonzín.
–Me muero de sed y no hay nada que me sacie. Un barril de vino me he bebido, y como si nada. ¿Qué es una gota sobre una piedra ardiendo?
–Ven conmigo –le propuso Zonzín.
Y lo llevó al palacio. Al caer la tarde, el hombre ya se había bebido toda la bodega del rey.

Pero esta prueba no fue suficiente para el monarca, que ahora le pidió a Zonzín que le trajese a un hombre capaz de comerse una montaña entera de pan.

Zonzín volvió otra vez al bosque y en el mismo lugar de siempre encontró a un hombre que se apretaba fuertemente el cinturón mientras se lamentaba:
–Me he comido una hornada entera de pan y es como si sólo me hubiese tragado una migaja. ¿Cómo podría yo saciar esta hambre que me roe las tripas?
Y al decir esto se apretaba más y más el cinturón.

Zonzín le indicó que lo siguiera hasta el palacio. Una vez allí, el rey mandó traer toda la harina del reino y cocer una enorme montaña de pan, convencido de que nadie sería capaz de comérsela. Pero el hombre se la había devorado entera a media tarde, sin dejar una sola miga para los pájaros.

Zonzín exigió de nuevo la mano de la princesa, pero el tozudo rey aún quiso ponerle una tercera prueba a ver si la superaba.
–Me has de traer un barco que pueda navegar por tierra y por mar. Y no vuelvas hasta que no lo encuentres.

Zonzín volvió al bosque y allí se encontró con su amigo, el hombrecito viejo y arrugado.
–He bebido y he comido por ti –le dijo el anciano– y te daré un barco como lo quiere el rey, porque un día fuiste bueno y compasivo conmigo.
Y entonces le dio un barco que navegaba por tierra y por mar.

Cuando el rey lo tuvo en su presencia, no pudo negarle por más tiempo la mano de la princesa. Y los dos se casaron entre grandes fiestas. Y cuando murió el rey, Zonzín heredó el reino y vivió años y años feliz con su mujer.

FUENTE: www.cuentosparaniños.com
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