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Gladiola, la florcita que queria estar sola

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Gladiola, la florcita que queria estar sola

Mensaje por ana maria el Miér 21 Mayo 2014, 21:59

Gladiola, la florcita que queria estar sola

Había una vez, un matrimonio joven que vivía en una casa con un jardín pequeño, pero muy bonito. En este jardín no había árboles, pero sí canteros con flores y plantas, césped y algunas macetas.

Una de las ventanas de la cocina de la casa daba al jardín. En el umbral de esa ventana, vivía Gladiola una flor muy bella que estaba plantada solita en una muy bonita maceta y a la cual la dueña de casa se encargaba especialmente de cuidar.

Gladiola vivía feliz en su maceta, siendo reina y señora de su espacio, su tierra, el agua que recibía, en fin… dueña de todo. Muchas veces, mirando a las demás flores que convivían con muchas otras en los canteros del jardín, Gladiola se preguntaba cómo hacían para vivir tantas flores juntas.
-“¡Qué feo debe ser! ¡Qué incomodo, tener que compartir todo con otro! -se decía a sí misma.

Sin embargo, las flores, que no vivían solitas, tenían cara de ser muy felices, cosa que a nuestra amiga la intrigaba por demás.

Más de una vez, se ponía a conversar con ellas y les preguntaba cómo era eso de compartir una maceta o un cantero y que las cuidaran y regaran a todas juntas, y no a ninguna en particular. Todas las flores, sin excepción, le contestaban que era divertido y muy lindo, que se sentían muy bien acompañadas y que no cambiarían su lugar por el de ella por nada del mundo.
-“¡Deben estar loquitas éstas! -decía Gladiola, convencida de que no había nada mejor en el mundo que tener un espacio único y propio para uno mismo.

Una mañana mientras el matrimonio desayunaba, escuchó una conversación que jamás habría querido escuchar. El matrimonio estaba hablando de ella y decían que se veía muy sola en su maceta, que algo había que hacer, darle un compañero o compañera. “¡Jamás!”, pensó Gladiola, furiosa.

Sin embargo, ellos seguían planificando “ampliar la familia”.
-“Es lo mejor” -dijo la señora.
-“Este es el momento” –dijo su marido.
-“Pues entonces, pongámonos en campaña para darle una compañera a nuestra flor”.

Gladiola no creía lo que sus pétalos escuchaban. Estaba más que furiosa, no sabía qué hacer, no podía creer lo que sus dueños le iban a hacer. ¿Qué pasaba con ellos? ¿No era ella lo suficientemente linda como para embellecer el umbral de la ventana que necesitaban ponerle una compañera? Si ella no había pedido nada, ¿por qué tomaban esa decisión? Estaba más que bien solita y no quería compartir con ningún intruso su maceta, su umbral, la tierra que la sostenía y mucho menos a sus dueños, que con tanto cariño y esmero la cuidaban. Decidió que algo tenía que hacer. Como no podía hablar con ellos, de algún modo debía expresar su enojo. Sus dueños debían darse cuenta de que ella estaba muy desconforme con la decisión que habían tomado.

Fue allí cuando decidió enfermarse. Pensó que así, llamando la atención y haciendo que sus dueños se preocupasen por ella, no tendrían tiempo de pensar pavadas tales como comprar otra florcita, que además, jamás sería como ella.

Gladiola puso en marcha su plan: trató de que sus poros se cerraran lo más posible para absorber poca agua, la justa y necesaria, pero a la vez adelgazar y dar sensación de debilidad. Cerró sus pétalos al sol, con lo cual ya no se la veía rozagante y hermosa, trató de inclinarse lo más que pudo como para que viesen cuán frágil estaba.

Sin embargo, las cosas no siempre salen como uno las planea. El matrimonio, al ver tan mal a Gladiola, se preocupó mucho, es verdad; pero lejos de dejar su decisión de lado, fueron al vivero, compraron fertilizante (que es como una vitamina para las plantas), veneno para que los bichos no se le acercasen y corrieron la maceta hasta un lugar donde el sol llegase sin dificultad a cualquier hora.

Y Gladiola mejoró, a su pesar, pero mejoró. Y volvió a ser la flor más bella del jardín. Cuando ya estuvo recuperada del todo, llegó la intrusa. Una mañana, la dueña de casa llegó cargando en sus brazos una macetita de plástico con otra flor, muy parecida a Gladiola, a decir verdad, pero más chiquita.
-“¡Ahora si que no te verás tan solita! -dijo la dueña de casa.
Y sin que  ella pudiera evitarlo... ¡Zas! Le plantó la flor chiquita al lado. Y allí quedó, bien metidita en la tierra.

Las otras flores de los canteros no paraban de murmurar entre ellas.

-“Ya era hora de que se le fueran las ínfulas de reina que tenía. Se creía que merecía una maceta sólo para ella, ¡habrase visto semejante chiquilinada! ¡Estas florcitas de hoy, la verdad, no saben lo que quieren!

Y así fue como Gladiola empezó a convivir con la pequeña flor. Le costó muchísimo compartir su espacio, saber que ahora el agua que recibían era para las dos, tratar de vivir cómodamente en la misma maceta, pero con otro habitante.

Sin embargo, para sorpresa de nuestra amiguita, no resultó tan malo. No fue fácil, pero con el tiempo empezó a ser realmente lindo y divertido. La flor bebé realmente se hizo querer, y aunque muchas veces sus hojitas chocaban con las de Gladiola, era una excelente compañera de charlas y juegos. Se divertían tomando sol juntas, viendo cuál de las dos absorbía más agua que la otra, recibiendo ambas las caricias de su dueña.

Gladiola empezó a olvidar que alguna vez vivió sola en su maceta y aprendió que uno puede ser querido de igual modo, aunque no sea el único, que no se necesita estar solito y ser dueño de tu espacio para ser valorado, querido y tener un lugar en la vida. Lejos de eso, comprendió que era mucho, pero mucho más divertido compartir no sólo la maceta, la tierra y el agua, sino la vida con un compañero que sin duda siempre estaría allí en los días soleados y en los de lluvia también.
Autor:  Liana Castello

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