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Pequeñas Acciones

Mensaje por ana maria el Jue 22 Mayo 2014, 02:57

Pequeñas Acciones


En un campito muy lindo y lleno de cultivos, vivían todo tipo de bichos y bichitos: grandes, pequeños, peludos, coloridos, algunos medio loquitos, otros muy serios; unos muy vagonetas y otros muy trabajadores.
Todos estos bichos, amaban este campito como lo que era, su barrio, el lugar donde vivían, pero no todos lo cuidaban, ya dijimos que algunos eran medio vagonetas.
Don Bajón, un escarabajo que era realmente bajo, era quien daba las órdenes y organizaba las cosas en este barrio de bichitos simpáticos. Cierto día, Don Bajón estaba muy molesto. Se paseaba por el campo, bufando y hablando solo. Los bichos que por allí pasaban se preguntaban qué le estaría pasando a Don Bajón, finalmente todos lo supieron.
Nuestro escarabajo jefe reunió a todos los bichitos para tratar un tema importante.
–¡Este campo es un desorden, amigos! ¡Así no se puede convivir! –empezó a decir Don Bajón con un tono poco amigable.
–¿Qué, nos trata de sucios? –preguntó muy ofendida la araña Lagaña mientras tejía su tela tratando de hacer un acolchadito para sus hijos.
–Yo no digo que sean sucios, pero sí desprolijos, poco atentos, distraídos –contestó Don Bajón, que parecía más alto de lo enojado que estaba.
–¿Y se puede saber por qué dice eso? –preguntó Lamparita, la luciérnaga.
–¿Quieren que les explique? Pues bien: este campo es un lío bárbaro, nadie cumple con sus obligaciones. Las vaquitas de San Antonio no dan leche, las arañas tejen cosas llenas de agujeros, los bichos colorados son negros y las hormigas son coloradas ¡Flor de confusión, caramba! Las luciérnagas y los bichos de luz, con la excusa de ahorrar energía, no alumbran lo suficiente por la noche y cada dos por tres, los gusanos y las lombrices chocan entre sí porque, además, no tienen guiño y no vienen con cinturón de seguridad. Los mosquitos no pican, ¡se la pasan rascándose! Esto así no puede seguir, somos el campo más desordenado de todo el lugar.
–¿Y qué pretende que hagamos, Don Bajón? Uno hace lo que puede... –decía un gusanito medio vago, mientras se rascaba la pancita con una ramita.
–Todo lleva su tiempo Don... ¡el mundo no se hizo en un solo día! –agregó Lenteja, un caracol también vecino del lugar.
Don Bajón realmente estaba muy bajoneado ese día. Empezaba a pensar que nadie lo entendía, que el campo seguiría siendo un basural y que jamás podrían vivir como una fauna normal. Pensó en la forma de atraer la atención de los bichitos, pensó en cómo entusiasmarlos con la tarea de ordenar, limpiar y arreglar el lugar donde vivían y de tanto pensar, parecía que le salía humo de la cabecita negra y chiquita, y entonces se le ocurrió la gran idea. Una vez más se dirigió a su menuda audiencia y les dijo:
–Le daré un premio a quien más haga por nuestro lugar. A quien realmente se ponga a trabajar duro y deje este lugar hermoso, digno de ser visto por todos.
Hay que reconocer que la idea de recibir un premio entusiasmó hasta al más vago de los vagos.
–En un mes, este lugar tiene que parecer un palacete y a quien más haya hecho por él, se le dará el premio –dijo Don Bajón.
–Disculpe Don, si no es mucho preguntar, ¿cuál será el premio? –preguntó Fogonazo, un bichito de luz gordo, panzudo y medio loquito, quien mientras hablaba, se ajustaba la térmica porque se le saltaba a cada rato.
–¡Ah! eso es una sorpresa que sabrán en un mes –le contestó–. Ahora ¡a trabajar!
Así fue que todos los bichitos se pusieron a pensar qué podían hacer para que el lugar donde vivían luciera más limpio y más lindo. No disponían de mucho tiempo, sólo un mes, y cada uno quería ganarse el premio, aunque no supiesen de qué se trataba.
Los bichitos de luz decidieron probar tener más potencia para de esta manera alumbrar más y mejor, para lo cual consiguieron pesadas pilas que trataron de ubicar en sus espaldas. El primero que probó cayó redondo al piso y quedó chato como feta de jamón. Mientras el pobre bicho trataba de levantarse, al tiempo que se quejaba, los demás pensaban otra manera de colocar las pilas. Entonces, se les ocurrió apilarse, uno arribita del otro. De más está decir que Fogonazo se ubicó debajo de todos, porque era el más gordo. Uno a uno se fueron apilando para probar si así podían sostener la gran pila y dar más luz. Pretendían hacer una torre de energía que iluminara no sólo a los gusanos y lombrices, sino todo el lugar. Finalmente, se ataron con ramitas y sostuvieron la pila que pusieron en sus pancitas para lograr la torre. El bichito que iba arriba se mareaba un poco, no estaba acostumbrado a semejante altura, pero confió que con el tiempo el malestar se iría.
–¡Con esta flor de torre seguro ganamos el premio! –dijeron los bichitos de luz, quienes se propusieron ensayar su apilamiento todos los días para llegar a tener lista la torre para cuando se cumplieran el mes.
Por otro lado, las arañas se fabricaron agujas de tejer con ramas duras y se juntaron para tejer todas juntas, una arriba de la otra, para que sus telas no tuvieran agujeros. No fue tarea fácil, las arañas caían una arriba de la otra, se enredaban entre sí, las agujas se rompían. Pero querían ganar el premio con la tela más grande y resistente que se hubiera visto jamás.
Las vaquitas de San Antonio viajaron todas hasta la casa del campo y sacaron como pudieron todas las botellas de leche que estaban a su alcance, empezaron a tomar más leche que un bebé, tomaban día y noche con la esperanza de poder ser ordeñadas algún día. Hay que decir que sufrieron muchos dolores de panza, pues no estaban acostumbradas a ese alimento.
–¡Yo no puedo más! –decía una mientras escupía leche por las orejas–-. Este premio me va a matar, ¡voy a parecer una vaca lechera digna de la exposición rural!
–No te desanimes, hay que ganar el premio a toda cosa, cuanto más espectacular sea lo que hacemos, más posibilidades tendremos de ganar el concurso –decía otra vaquita mientras se tomaba su cuarto litro de leche.
En otro lugar del campo, las luciérnagas se estaban organizando. Pensaron en hacer también algo grande, importante, que sorprendiera a todo el mundo. Fabricaron tintas con los distintos colores de las flores y las ramas del lugar y decidieron teñirse para hacer un gran semáforo viviente. Querían lograr dar luces amarillas, rojas y verdes para organizar el tránsito. No fue fácil fabricar la tintura, teñir sus pequeños cuerpitos; más que semáforos, parecían disfrazadas para el carnaval. Realmente la cosa se les complicaba, cuando le tocaba dar luz a la verde, la daba la roja, y si no, la amarilla. Lo que estaban haciendo no era algo natural ni sencillo y, por lo tanto, no era nada fácil.
Todos querían impresionar a Don Bajón con algo espectacular y, por supuesto, ganar el tan ansiado y misterioso premio.
Las hormiguitas, que de todo el vecindario eran las más trabajadoras, no hicieron nada grandilocuente, ni aparentemente maravilloso. Se dedicaron a juntar todo aquello que encontraban tirado a su paso y pusieron cada cosa en su lugar. Guardaron bien las hojitas en sus hormigueros, clasificaron lo que iban a comer y lo demás lo tiraban a la basura, lavaron sus ropas, limpiaron el campo. Despejaron los senderos para que los gusanos y las lombrices pudieran pasar sin chocarse… y muchas cosas más. Después de un mes, realmente el campo era otro.
Llegó el gran día. Cada grupo de bichitos se acercó a Don Bajón para mostrarle sus grandes obras y contarle todo lo que habían logrado.
Don Bajón miró a todos, de arriba abajo, de izquierda a derecha. Vio cómo en el medio de la reunión los bichitos de luz apilados se caían uno encima del otro, y la pila, encima de todos. Vio cómo las arañas se enredaban unas con otras y al tratar de sacar las agujas que se habían fabricado, no hacían otra cosa que romper sus telarañas más aún. Vio cómo las vaquitas de San Antonio escupían leche hasta por las patas, porque ya no daban más.
Vio cómo el semáforo de las luciérnagas enloquecía y daba luces multicolores, lo que provocaba que los bichos chocaran más y más aún.
Y también vio a las hormigas y su "pequeño" y constante trabajo. Ninguna había hecho nada que pareciera GRANDE, habían cumplido con su obligación y un poquito más. Cada una había hecho algo chiquito pero que había contribuido al bienestar general más que cualquier otra cosa.
Don Bajón no lo dudó un segundo. Les dio el premio a las hormigas ante la queja de todos los demás bichos, que no entendían nada.
–¡Acá está todo arreglado! –se quejaba Fogonazo, mientras se terminaba de sacar al último compañero de encima.
–A las arañas nos extraña que no valore nuestro trabajo –decía Lagaña, mientras trataba de liberarse de las telas que la sujetaban.
–Oiga, Don Bajón, ¿y toda la leche que tomamos? Miré que no fue fácil, encima engordé como un toro porque no se conseguía  descremada. Y ahora, ¿qué hacemos con eso? ¿Quien nos paga ahora la dieta? –refunfuñaban las vaquitas de San Antonio.
Don Bajón escuchó a todos y cada uno y les explicó por qué les había dado el premio a las humildes y trabajadoras hormiguitas.
–Para lograr un objetivo, no hace falta hacer cosas espectaculares, fuera de lo común, de lo natural. Si cada uno contribuye con su pequeño trabajo diario, con sus pequeñas acciones de cada día, yo les puedo asegurar que se logra más que con cualquier otra cosa. ¿De qué nos sirven vacas que parecen toros? ¿Semáforos que no necesitamos si nos ordenamos nosotros mismos? ¿Para qué apilarnos unos sobre otros sosteniendo algo que supera nuestra capacidad? ¿Para caernos redondos? ¿No sería mejor que cada uno hiciera lo mismo que las hormiguitas? Nada más y nada menos que cumplir con su trabajo y un poquito más, humilde y silenciosamente. Por estas "pequeñas acciones" que hacen grandes todas las cosas es que las hormiguitas han ganado el premio.
Los bichitos se quedaron pensando. Se dieron cuenta de que lo único que habían hecho ellos era tratar de impresionar a los demás y no de contribuir al bien común. Y reconocieron –aunque les costó un poco–, que con sus locos inventos, en realidad, la intención de ellos no había sido ayudar, sino sobresalir.
Cada uno de ellos empezó a sentir un poco de remordimiento y, por qué no decirlo también, un poco de admiración por las pequeñas hormiguitas.
Fue entonces que decidieron dejar atrás su desilusión por no haber ganado y compartir la merecida alegría de sus pequeñas amigas.
Para festejar el triunfo de las hormiguitas, todos los bichos del lugar, liderados por Fogonazo, hicieron una fiesta. Insistieron con las torres, apilándose todos con todos, bailando al ritmo de la música; tomaron litros de leche a falta de cerveza y utilizaron a las luciérnagas para hacer juegos de luces.
A todo esto, las hormiguitas, felices pero igualmente humildes, se limitaban a felicitarse pero sólo con un cálido beso y un muy fuerte abracito.





ana maria
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