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Un rey mago en apuros

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Un rey mago en apuros

Mensaje por ana maria el Vie 23 Mayo 2014, 03:09

Un rey mago en apuros


Desde aquel 6 de enero en que los tres Reyes Magos visitaron al niño Dios, han pasado muchos, pero muchísimos años, cientos, miles.
Por esa cosita de magia que sólo la niñez tiene, los Reyes no han envejecido y no sólo están igualitos, sino que siguen trayendo, cada 6 de enero, regalos a todos los niños del mundo.
Cierto es que las cosas han cambiado mucho: los paisajes, las casas, las ciudades.
Antes, sólo había casitas bajas, espacios verdes muy grandes. Ahora, en cambio, hay ciudades con calles llenas de edificios muy altos y uno pegadito al lado del otro.
Digamos que con el paso del tiempo el trabajo de los Reyes y sus pobres camellos se complicó bastante.
Cada vez es más difícil atravesar las ciudades, los camellitos chocan sus jorobas con los balcones, se pinchan con las antenas de las terrazas y ni que hablar cuando tienen que volar sobre las autopistas, a ninguno le gusta.
Según Melchor, dice que los autos se ven como hormiguitas mareadas que no saben dónde tienen su hormiguero, que van a tontas y a locas por un sendero gris.
Gaspar ni mira para abajo, no le gusta mucho el paisaje que ve ahora, extraña el verde y los espacios amplios de antes.
Pero igual, a pesar de estos problemas, lo que no ha cambiado es el amor y la alegría con que estos tres buenos Reyes cumplen con su función de todos los años: alegrar a los niños.
Hablando de problemas, les voy a contar lo que pasó el día de Reyes del año pasado.
Mateo es un niño muy bueno que tiene ocho años y una hermanita de cuatro llamada Delfina.
En vísperas del día de Reyes, es decir la noche anterior, los hermanitos estaban muy ansiosos porque  llegara la mañana para ver sus regalos en el pequeño balcón de su departamento. Tanto Mateo como Delfina habían querido dejarles pasto a los camellos, pero como no tenían jardín y sacar de la plaza del barrio estaba mal, no se les ocurrió mejor idea que dejarles el alimento balanceado de su perrito. Como se habían quedado sin agua mineral y su mamá siempre les aconsejaba no tomar agua de la canilla, lógicamente tampoco quisieron que la tomaran los camellos, por lo que le dejaron lo que primero encontraron: un sifón de soda.
Los pequeños se durmieron muy contentos, sabiendo que habían cumplido con los cansados camellos y que, sin duda, los reyes traerían todo lo pedido en las cartas a la mañana siguiente.
Mientras tanto, esa madrugada, Melchor, Gaspar y Baltasar viajaban por la ciudad, cada uno arriba de su camello y con sus enormes bolsas de regalos.
Como los ruidos de la ciudad le molestaban mucho, Gaspar había tomado la precaución de ponerse algodón en los oídos.
Melchor marchaba primero guiando a sus compañeros y Baltasar, a quien aunque parezca mentira no le gustaban mucho las alturas, iba último, tratando de no mirar hacia abajo. Siempre le dejaban a él las casas y los departamentos en planta baja, porque en la altura se mareaba un poquito.
Cuando estaban llegando al edificio de Mateo y Delfina, a Melchor se le enganchó la capa con una antena de televisión y su camello, como no tenía capa, se pinchó la cola. Con su pobre camellito dolorido e intentando soltar su capa de la antena, Melchor le pidió a Baltasar que le reemplazará y entregara él los juguetes en los departamentos que faltaban.
Baltasar quiso ayudar a su amigo, quien aún seguía atrapado con la antena y le dijo que sí, sin pensar que alguno de los departamentos que quedaban era pisos muy altos.
Cuando se dio cuenta, ya había aceptado y no iba a volverse atrás. Con un poquitín de miedo empezó a subir al edificio de nuestros amiguitos (que por cierto vivían en un piso 14), con su camello amigo, la bolsa de regalos y la cartita de los hermanitos en la mano.
Cuando llegó al balcón de Mateo y Delfina, ya el chucho que tenía era muy grande y para su desagradable sorpresa el balcón tenía unas rejas que sobresalían un poco de la baranda.
-¡Qué tiempos los de antes, Boby! -así se llamaba el camello de Baltasar- todo era plano, no había alturas, ni edificios, ni antenas, ni nada, ¡así sí que se podía trabajar tranquilo! Mire ahora, no sólo cada vez hacen las casas más chicas, sin jardín, ni espacios verdes, sino que los balcones también tienen que tener estas cosas de hierro que molestan tanto.
-Bueno Don Baltasar, ¡no se queje! -dijo el camello, que era muy buena onda- ¡todo sea por los chicos! Tratemos de entrar como podamos y dejemos lo que pidieron estos niños.
El tema de entrar ya fue muy difícil, el espacio que dejaban libre las rejas no era demasiado para que pase un camello y la panza de Baltasar. Ninguno de los dos lograba entrar, el pobre camello trataba de empujar al Rey Mago, pero la panzota de éste lo dejaba atascado en el medio del balcón.
-Vamos, Don Baltasar, ¡un poco de buena voluntad! ¡Meta panza, hombre! Ya le decía yo que comía Ud. mucho dulce de leche.
-Bueno m’hijo, no es hora de reproches, me está por explotar el cinturón, ya haré dieta cuando volvamos a casa, empuje más, ¡empuje más le digo!
Y así fue que el camello empujó con tanta fuerza que Baltasar pudo entrar al balcón, y con el envión que le había dado, entró él también.
No hace falta que les explique cómo quedó la pobre persiana que estaba entreabierta, parecía un acordeón.
Con semejante alboroto, Mateo y su hermanita se despertaron y, por supuesto, lo primero que hicieron fue acercarse despacito al balcón a ver sus regalos.
Jamás imaginaron que verían un camello con las cuatro patas para arriba y un rey mago gordito, aplastado contra una persiana, todo desalineado y un poco aturdido.
Se quedaron quietitos y sin hacer ruido, detrás de la puerta, para ver qué pasaba.
-¡Pero m´hijo, qué fuerza! No hacía falta tanta, ¡mire el lío que hicimos!
-¿Quién lo entiende, Don Baltasar? Ud. me dijo que empujara y, perdóneme, pero si comiera menos dulce hubiera sido más fácil.
-Bueno, como sea, veamos qué pidieron estos niños, a ver a ver, córrase que acá no hay lugar para nada.
-¿Puedo ver si me dejaron algo de comer y de tomar? Tengo sed y hambre, preguntó el camellito.
-Por supuesto, a ver, fíjese dónde está el pastito que siempre le dejan.
El pobre camello miró y miró, no vio ni pasto ni agua. Desconcertado, se preguntaba qué serían esas bolitas marrones que había en un plato y ese coso parecido a una botella que había.
-¿Y esto qué será? -preguntó Boby, confundido y un poquito desilusionado-.
-Y qué se yo, a ver... pinta de bombones no tiene, olor tampoco, pero si se lo han dejado los niños no sea desconfiado y pruebe no más, tan feo no ha de ser.
-¿Y para tomar, como se tomará de acá? ¿O será otra cosa?"
-Probemos, Boby, qué me había resultado fino Ud., ¿eh? ¿Qué pretende? ¿Que le dejaran el agua en una copa? ¿A ver, a ver cómo será esto?
Baltasar levantó el sifón y lo toqueteó por todas partes, hasta que dio con la pequeña manijita que hay que bajar para que la soda salga. El chorro fue tan grande que cayó para atrás, y ahora quedó atrapado entre las rejas del balcón, y Boby, del susto, escupió todo el alimento balanceado que estaba comiendo sobre el Rey Mago.
-¡Puaj! ¡Esto es un asco, Don Baltasar! ¿Dónde quedó el simple pasto, quiere decirme?
-Por qué mejor no me dice cómo salir de acá, en vez de quejarse del alimento.
Mientras tanto, Mateo y Delfina veían que la cosa estaba cada vez peor. Un Rey Mago atascado en medio de las rejas del balcón, mojado por la soda y todo sucio de alimento balanceado, un camello que escupía y escupía y que trataba, como podía y sin éxito, liberar a Baltasar.
-Mejor ayudemos, ¿no te parece? -dijo Mateo a su hermanita-.
-Sí, vamos. Pobres, creo que están en problemas.
Así fue que los chicos salieron al balcón y para sorpresa de sus visitantes, se presentaron ante ellos.
No fue fácil ayudarlos, tampoco para Baltasar y su camello fue fácil que los niños los descubrieran, siempre eran ellos lo que daban las sorpresas y no quienes la recibían.
Los chicos pusieron manos a la obra y como pudieron liberaron al Rey Mago, lo limpiaron un poquito y lo secaron. A Boby le ofrecieron un sándwich de jamón y queso que le gustó mucho más que el alimento balanceado.
Una vez más tranquilo, Baltasar pudo cumplir con su misión, entregó a los niños su bicicleta y su monopatín, pero, antes de irse, agregó:
-Gracias amiguitos por su ayuda, sin Uds. no hubiéramos podido seguir repartiendo regalos, acá les dejo una sorpresita más en agradecimiento a su bondad.
Baltasar sacó un regalo más para cada uno de los hermanitos, los cuales fueron recibidos con mucha alegría.
-¡Será hasta el año que viene! -se despidió el Rey Mago-.
-Recuerden que no me gusta el alimento balanceado, resérvenlo para perrito nomas -dijo Boby-.
Los niños felices por los regalos, pero sobre todo por haber podido ayudar, saludaban a Baltasar y su camello con las manitos.
Mientras retomaban su viaje para continuar con su tarea, el Rey Mago y su camello conversaban acerca de lo que había ocurrido.
-La verdad que resultaron gauchitos estos chicos, ¿no Don Baltasar?
-Realmente, Boby, no sé que hubiera sido sin su ayuda. ¿Sabe qué? Una cosa es cierta: todo ha cambiado mucho desde que comenzamos con esta hermosa tarea, que dicho sea de paso cada día se complica más, que rejas, que antenas, que edificios, pero aún así sigue valiendo la pena, ¿no cree?
-Ya lo creo, siempre que haya un niño que nos espere  con ilusión, valdrá la pena resolver cualquier problema que tengamos con tal de hacerlo feliz -respondió Boby, mientras escupía el último pedazo de alimento balanceado que tenía en la boca-.

AUTOR: LIANA CASTELLO

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