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Orejudo. el perro con orejas de elefante

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Orejudo. el perro con orejas de elefante

Mensaje por ana maria el Vie 23 Mayo 2014, 11:24

OREJUDO , EL PERRO CON OREJAS DE ELEFANTE

Orejudo era un perro lanudo. Tenía mucho pelo, largo y gris, que caía como con fiaca por su cuerpo. Tenía patas de perro, cola de perro y, por supuesto, ladrido de perro. Pero sus orejas no eran lo que se dice muy perrunas. Justamente, lo que más llamaba la atención de Orejudo, no era su pelo largo y fiacoso, sino sus orejas que, más adelante sabremos por qué, eran orejas de elefante. Sí, aunque les parezca mentira, tenía dos orejones enormes, grises, anchos y que, encima, terminaban con una especie de voladito.
     
Orejudo no había nacido así. Cuando era cachorrito, todo su pequeño cuerpo era de perro, hasta sus orejas. Lo que ocurre es que desde chiquito Orejudo fue, lo que podemos llamar, un poco… bueno, en realidad, muy pero muy chismoso. Le encantaba escuchar las conversaciones de todo el mundo. Disfrutaba oyendo cuanta cosa decían al pasar y luego contarla a quien fuera y, como podrán imaginar tampoco sabía ni quería guardar un secreto.
       
Es sabido que cuanto más se ejercita un músculo, más se desarrollará. Bueno, con las orejas de Orejudo pasó algo parecido, aunque no fueran músculos. Tanto, pero tanto se esforzó desde chiquito en escuchar cuanta conversación ajena estaba a su alcance, que sus orejas empezaron a crecer y crecer hasta ser lo que son hoy: orejotas de elefante, poco perrunas, por cierto.

La cuestión es que, con el paso del tiempo, las orejas empezaron a pesarle a nuestro perrito… y mucho, aunque les cueste creerlo.

Parecía que con cada chisme que llevaban y traían sus orejas, éstas le pesaban más y más. Ya no sabía qué hacer con ellas. Realmente empezaban a molestarle, pero no encontraba la solución a su problema. Tal vez, porque todavía no se había dado cuenta de que su gran problema no era el tamaño de sus orejas, sino otra cosa…
       
Cierto día, Orejudo caminaba por su barrio y vio que dos hermosas perritas estaban conversando muy animadamente. Hablaban de las manzanas que vendía el verdulero de la esquina y una le decía a la otra: “¡Son demasiado grandes, no tienen gracia ninguna!”. Y Orejudo, que había escuchado sólo el final de la conversación porque no había corrido lo suficiente, creyó que hablaban de sus orejas y esto lo puso muy triste.
       
Siguió caminando hacia su casa, cuando en la plaza vio a dos de sus amigos charlando. Los dos perritos se quejaban de las plantas que habían puesto sus dueñas en el jardín y que, de tan crecidas que estaban, no les permitían hacer pis cómodamente.
–Si fuera por mí, las cortaría de una buena vez ¡y para siempre! –le dijo un perrito al otro.

Orejudo había escuchado sólo este pedacito de conversación, por lo cual supuso nuevamente que hablaban de sus orejas. Se puso a pensar que sus orejas ya no sólo le molestaban a él, sino a todo el vecindario.

Pasó por la veterinaria. El veterinario estaba conversando con unos vecinos acerca de un perrito que al que se le había roto una patita. El doctor tenía cara de preocupado. Esto intrigó mucho a Orejudo y trató de acercarse a ver de qué hablaban.
–Yo creo que la única solución es operar –dijo muy serio el veterinario.

Esto fue lo único que pudo escuchar nuestro amigo, pues luego de decir esto, el doctor entró en su consultorio.

Casi llegando a su casa, vio a unas perritas jovencitas. Como supuso también que hablaban de sus orejas, trató de apurar el paso para escuchar lo que decían. Las perritas hablaban de moda y de los últimos collares y correas que habían salido en los negocios.
–Ya no se usan más las correas de colores fuertes –decía una de ellas.
–Tenés razón, no quedan bien, se ven feas y muy poco modernas –respondió la otra.

Una vez más, por escuchar sólo la última frase, Orejudo se preocupó porque ya ni siquiera estaban de moda sus orejas; en realidad, nunca lo habían estado. Orejudo se puso mal, estaba seguro de que le iban a cortar sus orejotas y, por más que le pesaran, no dejaban de ser suyas. Además, eran las únicas que tenía.

Llegó a su casa y lo primero que hizo fue mirarse al espejo. Por supuesto, todavía tenía sus orejas, pero empezó a imaginarse cómo quedaría sin ellas... ¡Uy! ¡Qué feito!

Imaginó su cabeza chata a los costados y con sus pelos largos y fiacosos tapándole el vacío que habrían dejado las orejotas. ¡Sólo le faltaba un moño y parecería un peluche! No, así no podía quedar.

Se miraba una y otra vez y su ánimo cada vez estaba más caído.
Se imaginaba usando gorras, pelucas, capuchas, pero nada lo convencía.

Por otro lado, aunque tapara su cabeza con sus fiacosos pelos, o con lo que fuera, no solucionaría su mayor problema: ¡¡¡No podría escuchar nada más!!! Ya no podría chusmear como a él le gustaba. Pensó en que se iba a aburrir como un hongo, o como un perro aburrido, que viene a ser más o menos lo mismo.

También fantaseaba con lo que diría la gente de él: “¡Ahí va el perro manco!”. ¡Ah, no! Manos no tenía, pero no se trataba de eso. Es que Orejudo no sabía cómo se dice cuando uno no tiene orejas. Bueno, no importaba, lo que sí sabía era que hablarían mucho de él y eso no le gustó para nada.

Nuestro amigo, acostumbrado siempre a escuchar lo  que no debía, se preocupó por algo que en realidad no iba a suceder, pero él no lo sabía.

Desesperado, le contó a sus papás lo ocurrido, que todo el barrio se quejaba de sus orejas, que perros y personas se las querían cortar, que no tenían gracia, que lo iban a operar y mucho más, porque convengamos que quien es chismoso, siempre le agrega algo más a lo que verdaderamente escuchó.

Sus papás se preocuparon. ¿Cómo podía ser cierto que el vecindario decidiera sobre las orejotas de su hijito? Algo no andaba bien. Muy enojados, tomaron cartas en el asunto. Decidieron hablar con los vecinos, y así lo hicieron. Fueron a ver uno por uno a los supuestos criticones de las pobres orejas de su hijo.

Y ahí se armó flor de lío perruno.
Por supuesto, todas las personas y los perros a los que los papás de Orejudo fueron a ver, y con los cuales estaban muy ofendidos y enojados, les dijeron la verdad.
–Nosotras hablábamos de las manzanas del verdulero –dijeron las perritas.
–Y nosotros de las plantas del jardín –contestaron los amigos de Orejudo.
–Yo al que voy a operar es a Sultán, el perro de acá a la vuelta al que se le rompió la pata, ¡no a su hijo! –dijo muy disgustado y con el bisturí en la mano el veterinario.
–¡Y nosotras hablábamos de la moda que viene para  la temporada primavera-verano y las nuevas correas que se usan ahora! –contestaron a los gritos las perritas.

Los papás de Orejudo no sabían dónde meterse, y nuestro perrito tampoco. Una vez más, por escuchar lo que no correspondía, había metido la pata o, mejor dicho, las cuatro. No sólo se había puesto en ridículo él, sino que había avergonzado a sus papás delante de todo el vecindario.

Todos quedaron enojados con nuestro amigo: el veterinario, sus amigos y las perritas.
–¡Parece que esas orejotas sólo te traen problemas! –le dijeron sus amigos.
–¿Ustedes lo dicen porque me pesan? –preguntó, triste, Orejudo.
–No creo que sea por eso –intervino el veterinario–. Yo más bien diría que por escuchar lo que no debés,  siempre estás chusmeando las conversaciones ajenas y eso no es correcto, Orejudo.
       
Por primera vez, y a raíz de la vergüenza que sintió y que hizo sentir a sus papás por la confusión que se había armado, Orejudo se puso a pensar cuál era su verdadero problema. Recordó que de cachorrito sus orejas eran chiquitas y bien de perrito, pero que  con el tiempo fueron agrandándose hasta ser lo que eran hoy, orejas enormes y muy chusmas.
Se dio cuenta de que el hecho de andar escuchando las conversaciones ajenas sólo trae problemas, que jamás se entienden del todo y que, por otro lado, no hay por qué escuchar lo que no se le está diciendo a uno.

El episodio pasó, pero Orejudo, habiéndose dado cuenta de su error, intentó cambiar. Por más que sus orejas le seguían pesando, se sentía contento porque nadie se las cortaría, aunque algo tenía que hacer al respecto.

Se esforzó por ser más prudente, por no meterse donde no lo llamaran, cosa que le costaba y mucho.

Pasaba por las calles y cuando veía a los perritos o las personas conversar, parecía que sus orejas solas se acercaban a la gente, era como si las palabras de los perros y las personas tuvieran un imán que atraía a las orejotas. “¡Tengo que vencer la tentación!” pensaba orejudo agarrándose las orejas con todas sus fuerzas, pero las orejas se estiraban y estiraban, parecía que se iban a salir de la cabeza. Con mucho esfuerzo, logró retener sus orejas cerquita de él para que no pudieran escuchar nada.

Pasó luego por la plaza y vio a sus amigos conversar muy divertidos. La verdad, Orejudo se moría de ganas por saber de qué hablaban, pero una vez más, pensó que no debía chusmear. Como sus orejas, acostumbradas al chusmerío, ya empezaban a estirarse como viajando hacia la conversación, Orejudo las ató una con la otra. La verdad, muy masculino no quedaba, pero le sirvió para no poder escuchar nada de lo que estaban hablando.

Pensó que si las mantenía atadas, no podrían estirarse y así se acostumbraría de una buena vez a no escuchar lo que no debía. Buscó un broche de pelo de su dueña y se lo puso agarrando sus dos grandes orejas.

Digamos la verdad, quedaba un poquitín ridículo, pero Orejudo prefirió que se rieran de su broche y su “peinado tipo rodete de abuela”, que seguir con la costumbre que tantos problemas le había traído.

Y así, gracias a su voluntad para tratar de vencer la tentación, sus orejas, al no poder estirarse más, se fueron achicando. No fue fácil, pero lo logró. Con el tiempo sus orejas fueron tomando un tamaño y una forma perruna. Tampoco fue rápido –no es sencillo tratar de cambiar algo que se nos ha hecho costumbre–, pero nuestro perrito pudo; con paciencia y voluntad, venció aquel defecto que tantos problemas le había traído.

Orejudo estaba feliz, sus orejas ya no eran orejotas, sino unas hermosas orejas que eran normales para su cuerpito de perro, y lo que es mejor, no volvió a escuchar ninguna conversación ajena, aunque les parezca mentira.

AUTOR:  LIANA CASTELLO  ( argentina )
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