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El árbol de navidad

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El árbol de navidad

Mensaje por ana maria el Vie 23 Mayo 2014, 11:39

El árbol de navidad

Esta es la historia de un pueblito y su gente, o mejor dicho,  es la historia de un arbolito de Navidad que dio mucho que hablar.

En el pueblo de Santos Cielos, todos los años y desde hace mucho tiempo, cada ocho de diciembre, se armaba un gran árbol de Navidad en la plaza principal. Todos colaboraban en su decoración.

Cada persona del pueblo, rico, pobre, gordo, flaco, viejo o joven, colocaba su adornito, ofrenda o cartita, para que el árbol luciera más lindo que el año anterior.

Era una especie de fiesta, en la que la mayoría trataba de darle al arbolito lo mejor que tenía. Por supuesto, aparecía alguno  que no estaba de acuerdo con algo: podía ser el color de la cinta, el tipo de moño, el tamaño de la notita.

Lógicamente, cada uno de los habitantes armaba el arbolito de forma muy parecida a como vivía su vida. Los más sencillos colgaban adornos simples, pero no por eso menos bellos. A los que les gustaba presumir elegían los más grandes y que más llamaran  la atención. Los más serios ponían moños de color bordó lisos o, tal vez, verde oscuro, los más alegres, cintitas de todos los tonos.

El alcalde del pueblo era un señor muy bueno, al que todos llamaban Bonachón. Ese era su verdadero apellido, pero, como realmente era muy bueno, el nombre le venía como anillo al dedo.

Don Bonachón supervisaba el armado del árbol que duraba varios días. La costumbre era empezarlo el 8 y terminarlo el 24 de diciembre.

Él se encargaba de revisar, uno por uno, los adornos que la gente llevaba para que todo estuviera en orden. De esta manera,  evitaba más de un problema.

−¿Qué se supone que traes ahí, Clarita? −preguntó asombrado Don Bonachón, al ver a la niña con un helado de frutilla y pistacho, yendo directo al arbolito.

−Es para nuestro árbol, pues le combinan los colores, los sabores no me gustan, pero lo pedí así para que quede más lindo, nada más, ¿buena idea, verdad?

El alcalde no sabía cómo decirle a la niñita que un helado no era realmente el mejor de los adornos, no quería desilusionarla, pero, por otro lado, tampoco podía dejar que el helado se derritiera sobre una rama.

−¿A que adivino, preciosa? Este rico helado lo has traído para mí, ¿no es cierto? Hace mucho calor aquí, debo pasar horas cuidando nuestro árbol. Ya sabía yo que alguien pensaría en este pobre alcalde y me traería algo fresco y, además, con los colores de Navidad ¡Gracias, muchas gracias!

Clarita se fue sin querer discutir con Don Bonachón y lo saludó con una sonrisa, mientras pensaba qué otra cosa conseguir para el arbolito.

Luego llegó Pedrito, un niño muy humilde. Se paró frente al árbol, elevó su mano hacia una de las ramas e hizo como si dejara algo en una de ellas. No había puesto nada, pero se fue muy contento. Don Bonachón presenció la escena muy intrigado, sin embargo, no dijo nada.

Al rato, llegó una señora muy adinerada en su lujoso auto. De allí bajaron una gran lámpara con cientos de luces pequeñas y cristales que colgaban.

−Vengo a darle un toque de lujo a este árbol, con estas luces en la punta, lucirá como el mejor de todos, y esto, gracias a mi generosidad −dijo la señora adinerada.

Mucho le costó al alcalde hacerle entender a la señora que no podían colgar semejante lámpara del árbol, sin que éste se cayera.

Luego de una discusión nada sencilla, la señora se retiró muy ofendida con su lámpara y pensando en que la Navidad no tendría ningún toque de distinción. La gente seguía trayendo soplillos, moños y cosas para el árbol que, poco a  poco, se iba llenando.

La Navidad se acercaba, y Pedrito iba todos los días y hacía lo mismo. Paradito frente al árbol, abría su manito pequeña, hacía como que dejaba algo en una ramita y, con una inmensa sonrisa, se retiraba.

No faltó quien empezara a preguntar, no de muy buen modo, por qué Pedrito no dejaba nada. Realmente nadie entendía bien qué pasaba con él.

−¿Nos está tomando el pelo? – indagaba un señor pelado muy enojado.

−¡De este modo, no vamos a terminar ni para Reyes! −se quejó Don Apurado, mirando una y otra vez el reloj.

−¡Así cualquiera deja algo, qué vivo! Mientras nosotros nos esforzamos por poner los mejores adornos, viene este niño, tan mal vestido dicho sea de  paso, y no deja nada. No es Justo ─gritaba la señora adinerada.

─Cada uno da lo que puede, Pedrito sabrá lo que hace ─expresó Don Bonachón tratando de calmar los ánimos.

Se acercaba el último día, y todos se apuraban por terminar de agregar sus ornamentos. Clarita intentó, un par de veces más, llevar un postre helado y hasta gelatina de frutillas, pero Don Bonachón supo solucionar la situación.

Ese último día y como todos los anteriores, Pedrito llegó hasta el árbol e hizo lo mismo de siempre. Esta vez no se fue. Se quedó esperando a todos los demás, con la misma sonrisa de siempre.

El pueblo entero se convocó a los pies del árbol gigante que había quedado precioso. Los vecinos del lugar comenzaron a contar qué le habían dado al arbolito y por qué. Las más coquetas contaron que lo habían adornado con moños porque estaba a la moda. Los más golosos dijeron que le habían colgado chupetines para comerlos luego.

Los descreídos confesaron que no le habían puesto nada. Los desganados que le habían colocado lo primero que habían encontrado. La señora adinerada confesó que le había comprado lo más caro que pudo comprar con todo el dinero que tenía. Don Bonachón escuchó a todos. El único que no había abierto la boca era Pedrito.

─¿Y vos Pedrito, qué le ofreciste al árbol?

De repente, se armó un lío bárbaro, casi todos empezaron a hablar al mismo tiempo, nadie se escuchaba, todos querían dejar bien claro que el niño nada le había obsequiado al arbolito y que, por ende, nada tenía que ver en lo hermoso que había quedado. Nadie le dio tiempo para contestar.

Pedrito escuchaba y no decía nada. Miraba el gran árbol, y la gran sonrisa seguía firme en su carita. Cuando Don Bonachón consideró que ya se había opinado lo suficiente, hizo callar a todos y tomó la palabra nuevamente.

─Ahora sí, Pedrito, decinos qué le diste, cada día, al árbol, por favor.

Todos se miraban como si el alcalde hubiera enloquecido, pues sabían que el niño nada había ofrendado. Pedrito se paró y dijo:

─Cada día, desde que empezamos hasta hoy, le he dado al arbolito lo mejor que tengo, un día, le ofrecí mis sueños, otro, el amor que siento por mi familia, otro, las ganas de hacer cosas, otro día, mis deseos de ser mejor y, así, le fui entregando todo lo que guardaba en mi corazón.

─¡Qué ridículo! ─exclamaron los descreídos, los desganados y los presuntuosos.

Don Bonachón, emocionado por un lado y un poco triste por la reacción de su gente, les habló así.
     
─Está visto que mi pueblo no entiende de qué se trata la Navidad y este hermoso árbol con el cual elegimos representarla cada año. La Navidad, aunque muchos confundan las cosas, no se trata de adornos y regalos, sino de ofrecer a los que amamos lo mejor de nosotros, de acercarnos a la familia y a los seres queridos, de compartir con todos lo que se tiene, poco o mucho, no importa.

─¿Y entonces, me quiere decir por qué hace años que venimos adornando este árbol, si no se trata de adornos la cosa? ─preguntó un señor muy enojado.

–La Navidad posee símbolos, cosas que la representan, lindas, hermosas, pero que no son lo fundamental. La excusa del árbol era para hacer algo entre todos y unirnos en Navidad, y para que cada uno de ustedes pusiera lo mejor de sí, ni más ni menos. El único que realmente interpretó el mensaje fue Pedrito.

Luego de ese 24 de diciembre, las Navidades no volvieron a ser las mismas en Santos Cielos. Hay que decir que los arbolitos de los años posteriores no exhibían tantos adornos como los anteriores, pero, cada vez, había más personas que depositaban, en aquel hermoso símbolo, lo más preciado de sus vidas. Eso sí, algo no cambiaría jamás, la sonrisa de Pedrito y no sólo en Navidad.

AUTOR: LIANA CASTELLO  (argentina)

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