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El secreto deJuan

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El secreto deJuan

Mensaje por ana maria el Dom 25 Mayo 2014, 12:16


EL SECRETO DE JUAN

El Remanso era un pueblo pequeño y alejado de la ciudad. No tenía muchos habitantes, y menos aún riquezas. Quienes allí vivían eran personas humildes que trabajaban la tierra. Sus vidas transcurrían medianamente tranquilas, excepto en las épocas de grandes lluvias, donde todo parecía volverse un gran caos.

Ese año, la época de inundaciones fue peor que lo acostumbrado. Llovía sin parar, por lo que el río crecía más de lo que el pueblo podía resistir. Mucha gente perdió su casa, algunos enfermaron, otros tuvieron que sacrificar sus animales, nadie podía estar feliz, y realmente nadie lo estaba.

Sin embargo, Juan nunca había perdido su sonrisa, ni en los catastróficos días, donde parecía que el viento y el agua se ensañaban con El Remanso, cosa que, en el pueblo, nadie terminaba de entender.

Juan nunca bajaba los brazos, siempre tenía una palabra de aliento para todos. No era que a él le fuese mejor que a los demás, también sus tierras estaban perjudicadas por el agua, pero, de alguna manera, se las arreglaba para seguir sonriendo.

–¡Es un insensible! –opinaban unos. –Ha de estar loco para sonreír sin motivos –comentaban otros. –Algo oculta para sonreír tanto, hay algo que no nos cuenta, algo que nos está escondiendo a todos  –suponían algunos.

Así fue que se instaló en el pueblo el rumor acerca del secreto de Juan. Los rumores crecen rápido en los pueblos, y la gente suele creerlos fácilmente. No se detienen a pensar si puede ser cierto o no.

Juan era un hombre solitario que vivía rodeado de animales de granja y mascotas. Era humilde, y su vivienda también lo era. Nadie la conocía, pues nadie había querido entrar en esa pequeña casa donde, para muchos, se guardaba el gran secreto. Cuando la gente se quejaba porque llovía mucho, Juan contestaba: –Va a parar, no se preocupe, ya va a parar.

Afirmaba, con una seguridad que nadie podía comprender, que dejaría de llover o que la cosecha no se arruinaría por completo, que las personas mejorarían de las enfermedades que provocaban las inundaciones; todo parecía tener solución para él.

–¿Cómo hace para saber que no moriremos ahogados?  –se quejaban algunos.  –Ni que tuviera la bola de cristal y pudiese adivinar el futuro, –conjeturaban otros. –Algo tiene en su casa que hace que sepa estas cosas y que hable con la seguridad que habla. Por algo  sonríe siempre, porque conoce qué va a pasar y por eso no se preocupa anticipadamente. Hay algo escondido allí que le da el poder de sonreír pase lo que pase –agregó otro.

Nadie se preocupó en preguntarle a Juan por qué siempre veía las cosas en forma más positiva que los demás, por qué no dejaba de luchar, por qué no se quejaba. Fue más fácil creer que tenía algo oculto en la casa que le otorgaba esa especie de poder.

Unos pocos, tan sólo unos pocos, imaginaban que Juan tenía algo especial, pero no escondido, sino dentro de sí que no es lo mismo, y ya veremos que tan equivocados no estaban.

Mientras tanto, Juan seguía luchando, curaba a sus animales, animaba a la gente, rescataba todo lo que podía de lo que había cosechado, protegía el resto. Trabajaba intensamente todo el día, pero jamás faltaba un consuelo, una palabra bonita, y, por supuesto, tampoco su sonrisa.

Las lluvias no cesaban, la situación era muy complicada, y  todos estaban desesperados. Cansados ya de ver que Juan no cambiaba su actitud, decidieron entrar en su casa para ver qué escondía, qué era aquello que le daba el poder de pensar siempre bien, de seguir adelante, de no dejar de sonreír.

Esperaron que hiciera su paseo acostumbrado a la orilla del río, porque, aunque lloviese a cántaros, Juan lo hacía igual, y entraron en su humilde vivienda a revisar hasta el último de los rincones. Esperaban encontrar una pócima mágica, algún elixir, algún elemento de brujería, pero nada hallaron.

Por más que buscaron y buscaron, nada encontraron. Desilusionados y más desorientados aún, salieron de la casa, preguntándose entonces cuál era el secreto y dónde estaba. Ese día, Juan regresó antes de lo acostumbrado de su paseo, por lo que llegó justo cuando sus vecinos abandonaban su casa. No preguntó nada. Avergonzados, los hombres trataron de dar cuanta excusa se les ocurrió para la visita sin aviso. Hablaban todos al mismo tiempo, con idéntica vergüenza y nerviosismo. Ninguno se animaba a decir la verdad. Juan escuchaba, pero no entendía. Sonriendo como siempre, esta vez sí preguntó:  –¿Buscaban algo?  ¿En qué los puedo ayudar? Finalmente, uno de los vecinos se animó y le confesó toda la verdad: que nadie entendía cómo jamás bajaba los brazos y que no dejaba de sonreír, aunque las cosas no estuviesen bien. Agregó que todos, o casi todos, en el pueblo, estaban desconcertados con su actitud y que ellos creían que algo escondía en su casa que lo hacía ser como era. –Lo que buscaron –explicó Juan– no se encuentra arriba de un estante, sobre una mesa o guardado en un ropero.

Todos escucharon con atención, esperando que revelara en qué lugar recóndito de la casa había escondido el gran secreto. –Han buscado algo que llevo dentro de mí, algo que no tiene forma, ni color, pero que tiene una fuerza muchísimo más grande que la que ustedes puedan imaginar. Cansados de no entender, volvieron a preguntar cuál era el secreto que tan atesorado guardaba Juan. –No guardo ningún secreto –declaró muy tranquilo Juan –lo que tengo dentro de mí pueden tenerlo todos, sólo hay que sentirlo. –¿De qué se trata entonces? – preguntó uno de los vecinos casi enfurecido. –De fe, de eso se trata, ni más ni menos que de tener fe.

Todos lo escuchaban sin entender demasiado, pero con un creciente interés. –La fe es la que nos hace creer que todo se puede, incluso aquellas cosas que parecen imposibles. La fe nos hace fuertes, alegres, nos permite sonreír en medio de los problemas, con la seguridad de que pronto se solucionarán. La fe nos sostiene y hace nuestra vida mejor, sea cual sea la vida que nos ha tocado vivir.

–Con razón… –balbuceó uno– la sonrisa… Juan prosiguió: –La fe es imprescindible para vivir mejor, porque, a través de ella, creemos, crecemos, no nos dejamos abatir por los problemas, los enfrentamos con valentía y, si se puede, con alegría también.

–Ese era el secreto… –exclamó otro vecino tomándose la cabeza. –Secreto ninguno –corrigió Juan–, en todo caso, un tesoro y de los más valiosos. No siempre es fácil transmitir la fe a los demás, pues es algo que se siente muy dentro del corazón, pero digamos que se puede contagiar.

El ejemplo de Juan enseñó a muchos y, en las siguientes inundaciones, todos se veían igual de empapados y agotados, pero más de uno tenía una hermosa sonrisa para estrenar en su cara.

AUTOR: LIANA CASTELLO ( argentina)

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