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El sombrero magico

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El sombrero magico

Mensaje por ana maria el Dom 25 Mayo 2014, 12:33

EL SOMBRERO MAGICO

Esta es la historia de un sombrero mágico, o mejor debería decir, es la historia de un padre y un hijo.

Jaime había nacido en un hogar muy pobre. Sus padres eran campesinos y, por más que trabajaban día y noche sin descanso, a veces, no podían proveer a sus hijos de lo mínimo indispensable. Desde pequeño, Jaime quería ser músico y tocar el violín. Soñaba con tocar en grandes orquestas y ser famoso. Este sueño parecía imposible de alcanzar, pero Jaime no se daba por vencido. Todos los días, caminaba dos horas hasta el pueblo para ver a Don Mario, un anciano coleccionista de antigüedades que le prestaba su viejo violín para que aprendiese a tocarlo. No había lluvia, frío o calor que detuviesen al joven y sus ganas de practicar el violín. Todas las tardes –puntualmente– se presentaba en el negocio de Don Mario para recibir feliz las clases que éste le brindaba. Fue así que aprendió a tocar muy bien el instrumento. Don Mario, quien se había encariñado mucho con el joven, un día le anunció: –Este violín es más tuyo que mío ahora, ya no me pertenece. Sólo, en tus manos, cobra vida, te lo regalo.

Era tanta la emoción que Jaime sentía, que el violín temblaba en sus manos, y no pudo expresar nada. El anciano continúo: –He visto tu esfuerzo desde pequeño y tu gran sacrificio por lograr tu sueño. Esta es mi humilde ayuda para que puedas lograrlo.

Jaime agradeció a su amigo tan generoso regalo y corrió a su hogar a contarles a sus padres. Mientras corría pensó que, teniendo ya su propio violín, podía tocar en las calles del pueblo a cambio de algunas monedas. De esa forma, podría ayudar a su familia. Sus padres se alegraron mucho cuando Jaime les mostró su violín, que, si bien viejo, era nuevo en su hogar ahora. Les contó acerca de su idea. –Hijo querido –dijo su padre un poco triste–, ya quisiera yo que no tuvieras que hacer esto, pero es tanta la necesidad que hay en este hogar, que mucho agradezco tu ayuda. Te daré un sombrero mío, el único de toda mi vida, tal vez, te traiga suerte y con él puedas juntar muchas monedas. Luego agregó: –Siempre te ayudaré, hijo, de la manera que pueda, siempre estaré contigo, no lo olvides. Te amo con todo mi corazón y créeme, de un modo u otro, siempre estaré presente para ti.

El muchacho iba todos los días al pueblo con su violín y el sombrero de su padre. Era un sombrero muy gastado y que conservaba una pluma de color blanco en el costado izquierdo. Curiosamente, la pluma siempre estaba limpia, y el tiempo no la había deteriorado, lucía sedosa y llamaba la atención de la gente.

No era demasiado el dinero que Jaime recaudaba tocando el violín, pero, por poco que fuese, era muy bienvenido en su humilde hogar. Pasó el tiempo, y su padre enfermó. Ya anciano, murió tomando las manos de su hijo y repitiendo: “de un modo u otro, siempre estaré contigo”.

Siendo ahora el sostén del hogar, el muchacho redobló sus esfuerzos para mantener a su familia y decidió visitar pueblos vecinos, y, así, juntar más dinero. Un día de tormenta, a Jaime se le voló el viejo sombrero y desapareció. Desesperado, el joven buscó por todo el pueblo, pero resultó inútil. Desconsolado, se sentó a llorar en el camino. Pasó la tarde abrazado a su violín, hasta que un caminante se detuvo frente a él. –Pareces realmente muy triste, muchacho, ¿qué te ha ocurrido? Jaime le contó acerca del sombrero que su padre, con tanto amor, le había regalado y que lo había perdido para siempre, también le contó acerca de la pobreza de su familia y de cómo se ganaba la vida para contribuir con su hogar. El caminante era una persona extraña, parecía no tener una edad definida, su voz daba la impresión de provenir de otro lugar. Era alto, delgado y llevaba puesto un sombrero muy distinto del que había extraviado el muchacho. Parado frente a él y con una gran sonrisa, se sacó el sombrero y se lo entregó al joven. –Toma, es tuyo, úsalo del mismo modo que usabas el que te regaló tu padre –explicó el forastero.

El joven no sabía qué decir, seguía abrazado a su violín miró al hombre y le contestó: –No puedo aceptarlo, usted no me conoce, ¿por qué habría de ayudarme?  

–Hay preguntas que no tienen respuesta, algún día, lo entenderás –respondió el caminante y, apoyando el sombrero en sus manos, se alejó.

Jaime tomó el sombrero y supo que era hora de dejar de llorar y trabajar por su familia. Como todos los días, fue a la plaza del pueblo elegido. Tocó como siempre, y no fueron demasiadas las personas que dejaron sus monedas. Al final de la jornada, el joven se dispuso a contar el dinero y, para su sorpresa, era tres veces más de lo que él había podido calcular. Desconcertado, creyó que se trataba de un error. Cada día, ocurría lo mismo, la gente depositaba sus monedas, y éstas, dentro del sombrero, triplicaban su valor. Ni Jaime, ni su familia podían dar una explicación a lo que sucedía, pero así era.

El joven buscó al misterioso caminante para preguntarle acerca del sobrero, pero fue en vano. En un año, fue tal la cantidad de dinero que Jaime ganó, que pudo comprarle una casita a su madre y, por primera vez, nadie padecía hambre, ni penurias económicas. El muchacho estaba contento, hacía lo que más amaba en el mundo y había logrado darle a su familia un bienestar que jamás habían soñado. A menudo, pensaba en su amado padre y en lo feliz que estaría si pudiese ver cómo vivían ahora.

Cierto era que no había conseguido ser famoso, ni ofrecer conciertos, pero la gratificación que sentía haciendo felices a los suyos, superaba cualquier cosa que hubiese podido desear. De todas maneras, no dejaba de pensar en lo extraño del sombrero y cómo podía ocurrir lo que ocurría con las monedas que allí caían. Una noche, regresando a su hogar, se desató una tormenta similar a la que le había hecho volar el sombrero de su padre. Jaime se guareció bajo el techo de una vivienda. Se sentó en el umbral a esperar que la tormenta pasara, esta vez, abrazando el violín y a su nuevo sombrero. Mientras esperaba, pensó en su padre una vez más. Al levantar la vista y como traído por la lluvia y el vendaval, encontró al caminante. Sonreía de la misma manera que lo había hecho ese primer día. Antes que el muchacho articulara palabra alguna, el caminante extendió la mano y, entregándole la pluma blanca del sombrero de su padre, le dijo: –Esto también es tuyo, olvidé dártelo el día que nos conocimos.

Como había llegado, se fue, sin dejar rastro alguno de su presencia, excepto la pluma blanca e intacta en las manos temblorosas del joven. Sentado bajo la lluvia, abrazando el sombrero y el violín, y con la pluma aferrada en su mano, recordó las palabras de su padre y recién allí entendió todo: “Te amo con todo mi corazón y créeme, de un modo u otro, siempre estaré presente para ti”.

AUTOR:  LIANA CASTELLO ( argentina )

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