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El Tejido

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El Tejido

Mensaje por ana maria el Lun 26 Mayo 2014, 23:01


El Tejido


Ahora la comprendo. Recién ahora que vivo de recuerdos y no de proyectos. Jamás entendí a mi abuela; recién ahora, que tengo casi su edad, entiendo todo perfectamente.

Siempre viene a mi memoria la imagen de mi abuela tejiendo. Tejía todo el día, sentada en su sillón maltrecho, pero preferido. Me llamaba la atención que tejía sin mirar, como de memoria, como si la vista no fuese un sentido necesario para realizar esa labor. Su mirada se perdía en horizontes, presumo, lejanos y ya inexistentes.

Tejía y tejía, y yo me preguntaba para qué, sobre todo, para quién. Nadie usaba sus bufandas, sacos y mañanitas; sin embargo, ella los seguía tejiendo. Lo más extraño es que tejía a sabiendas de que esas prendas no tendrían uso alguno.

Era interesante observarla. El movimiento de sus manos, la cadencia de las agujas que suavemente subían, bajaban y se metían en esa red de lana, como quien entra en un lugar que le resulta amigable, familiar.

El tejido de turno reposaba siempre en su regazo, lánguido, adormilado. Jamás controlaba si algún punto se había zafado o si se le había enredado el ovillo. Parecía que tejer la transportaba a otro mundo donde ni siquiera el propio tejido formaba parte.

¿Para qué y para quién lo hacía? Me cuestioné durante toda mi infancia y hasta que ella murió. No es que no se lo haya preguntado, sino que jamás comprendí sus respuestas. Cada vez que se lo preguntaba, la respuesta era diferente de la anterior:

–¿Para qué tejes, abuela?

–Por si refresca –contestaba sin mirarme siquiera.

–¡Pero, es verano, abuela!

–Nunca se sabe, hija, hay que estar preparada.

–¿Para quién tejes abuela? –pregunté en cierta ocasión.

–María tendrá un bebé –respondió distraída.

–María es apenas una niña, tiene tan sólo diez años.

–Ya crecerá –contestó muy segura.

–¿A quién le tejes esa bufanda?

–Al tío Alfredo –dijo sonriente      

–Abuela, el tío Alfredo murió hace un año.

–Me la pidió antes de morir.

Todas sus respuestas eran confusas y atemporales. Un día, decidí no preguntar más. Me desconcertaba ese tejido eterno de sus días y alguna que otra noche. Las agujas parecían una extensión de sus manos, y la lana, otra parte de su cuerpo.

Le dolían las manos, se le notaba en el rostro. A veces, se detenía tan sólo un momento, las acariciaba y, como presa de un mandato interno, retomaba enseguida, como si algo la obligase a estar permanentemente tejiendo. -¿Por qué tejes, abuela, si te duelen las manos? La respuesta era siempre la misma. –Si no tejo, me dolerá el corazón.

Tampoco entendí esa respuesta. ¿Qué tenía que ver el corazón con el tejido? Sin dudas, mi abuela era un ser inabarcable para mí. Cuando se es un niño o un joven, las personas tendemos a ser presumidamente seguras, estúpidamente petulantes. Creemos que la niñez o juventud es una especie de documento habilitante para emitir opiniones, afirmar sin saber, sentenciar sin haber analizado. Ahora me doy cuenta de que eso fue lo que hice con mi abuela.

Crecí con la imagen de esa  mujer tejiendo “en vano”. La despedí con la tristeza de sentir que ella había perdido su tiempo. Recuerdo que, en una ocasión, le pregunté a mi madre si la abuela había tenido siempre la costumbre de tejer.

–No pobre, jamás pudo –contestó mi madre un poco triste y continuó−. Siempre estuvo muy ocupada criando a sus hijos, ocupándose de la casa, cocinando, ayudándonos con la tarea. Vivió para los demás realmente.

Desconcertada acoté: –Entonces, ¿por qué no descansa ahora que ya no debe ocuparse de nadie? ¿Por qué se empecina en estar atareada todo el tiempo tejiendo para nadie, en vez de aprovechar su tiempo libre y descansar? Mi madre no me respondió.

El tiempo pasó para mi abuela, para mi madre y está por pasar para mí también. Recién ahora que estoy tan cerca de ser un recuerdo, comprendo perfectamente para qué y para quién tejía mi abuela. Lamento no haberlo hecho antes. Tejía para sí, no para otros. Las bufandas, gorros y guantes eran una excusa para no sentirse vacía, inútil.

Ahora entiendo ese mandato interior, yo lo escucho también. Resulta muy difícil, para alguien que vivió cuidando a otros, sentir que ya no es necesaria.
Cuando los años transcurren, y se acaban las tareas, las esperas, los cuidados, algo de nosotras se esfuma con el calendario. Cuando los hijos crecen y parten, se llevan mucho –demasiado– de nosotras. Dicen que así es la vida, y así ha de ser, pero no es fácil –no de entender–, sino de transitar.

Siento pena por mi abuela, siento tristeza por no haberla comprendido, pero claro, no era mi tiempo de interpretar ciertas cosas. Ahora la recuerdo de otra manera, la comprendo desde lo más profundo de mi ser. Levanto la mirada como para verla en algún lugar y luego la bajo, y se pierde en el tejido que reposa en mi regazo.


ana maria
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