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Otra vida

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Otra vida

Mensaje por ana maria el Lun 26 Mayo 2014, 23:20

OTRA VIDA




Todas las tardes, cuando el sol se ponía tímido, el pequeño se paraba junto a la puerta del gran almacén del pueblo. La sencillez de su vestimenta se engamaba perfectamente con las paredes blancas y rústicas contra las cuales se apoyaba. Era delgado, tenía el cabello largo y una mirada de otra edad. Cada tarde, el pequeño se quedaba parado al costado de la puerta de madera, contemplando cómo la gente entraba y salía acompañada por el vaivén de esa misma puerta que parecía decirle que él no podía comprar nada, que era inútil entrar pues no le venderían sin dinero. Aún así, no faltaba jamás a esa especie de cita con otra vida.

La gente lo conocía, pero la mayoría hacía de cuenta que no, entraban y salían del almacén como si el niño fuese una parte de la construcción. Pocos, muy pocos se detenían a hablar con él, y menos, muchos menos, le ofrecían algo de comer. “La pobreza incomoda” pensaba el pequeño con la madurez propia de quien no puede darse el lujo de tener infancia.

De todos modos, no sufría demasiado la indiferencia de la gente, no iba al almacén precisamente en busca de sobras y compasión, buscaba algo mucho más grande que una limosna. Como transportado a otro mundo (y en realidad así era), observaba cada movimiento que se producía en el comercio.
                     
Miraba los cestos de mimbre llenos de frutas secas. No le importaba el ceño fruncido de las nueces, la apariencia ajada de las almendras, ni la dureza de las avellanas. Le parecían finísimas perlas de color oscuro que habían escapado caprichosas de un collar.
                     
El aroma del pan recién horneado era el perfume más exquisito que jamás hubiese olido, no se comparaba con el de ninguna flor, sólo era superado por el de las galletas dulces que también se cocinaban y vendían. Sentir ese aroma era viajar a otro lugar donde nada podría ser malo.
                     
El niño miraba cómo el dueño atendía con esmero a cada persona y se detenía en cada movimiento que éste hacía. Disfrutaba de todo. Amaba ver caer el azúcar como nieve diminuta y brillante en las bolsas de papel madera que cuidadosamente el patrón cerraba con dos nuditos, que al pequeño le parecían orejitas de ratón.
                     
Y las golosinas… podía pasar horas deleitándose con los colores y formas de los caramelos dentro de los grandes frascos de vidrios. Caramelos blandos, duros, chupetines en forma de bastón, todo a su alcance, todo tan lejos…  
                     
Era una fiesta esa danza de aromas, texturas, sabores y colores. Una danza que el niño no podía bailar, pero de la cual gozaba como espectador. Quesos, panes, dulces, frutos, verduras, galletas, un universo maravilloso, una bocanada de aire fresco que aspiraba con desesperación tarde a tarde.

Cuando el sol cedía paso a la luna, el niño emprendía el largo camino a su casa. Caminaba más de una hora, pero no le importaba. Cierto era que el trayecto de ida le parecía más corto. La ansiedad de llegar hacía que no notara la distancia, pero el regreso… el regreso era diferente. Por un lado, volvía casi ebrio de aromas y sensaciones, con el alma satisfecha, no así el hambre. Por el otro, le resultaba doloroso pensar en el contraste de su realidad con aquella que dejaba tras el vaivén de la puerta de madera.
                     
Todos los días, el niño regresaba, por la nochecita, a su hogar. Lo recibía una vivienda humilde, una familia pobre y, casi siempre, el mismo plato de comida.
En su hogar no había aroma a pan ni a galletas, tampoco quesos, ni dulces. La cocina de su modesta vivienda no conocía cómo danzaban las verduras y las frutas, ni cómo coqueteaba el chocolate con el café, ni como relucían los caramelos y chupetines.
                     
Por eso, el niño tenía una necesidad infinita de aromas y sabores. No podía ni quería pensar que el mundo sólo fuese un plato diario de polenta y mate cocido. La vida debía ser mucho más, en varios sentidos, en todos los sentidos.          
                     
No buscaba compasión, ni sobras, iba por mucho más. Sentía que, al menos parado junto a la puerta de madera, era −en cierto modo−- partícipe de una fiesta a la que nunca había sido invitado.
                     
Cada tarde, el niño imaginaba que otra vida podía haber para él.  Tal vez, algún día, quizás en el futuro, traspasara la puerta de madera y entrara en otra vida, en la cual pudiera saborear una realidad más dulce, picante o salada y con aroma de café y pan recién horneado.

AUTOR: LIANA CASTELLO ( argentina )


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