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La Sombra

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La Sombra

Mensaje por ana maria el Lun 26 Mayo 2014, 23:27

La Sombra







Lisandro era el único hijo de una familia muy humilde. Sus padres trabajaban en el campo, y, si bien no pasaron hambre jamás, el dinero había alcanzado con lo justo durante toda su vida.

Al joven no lo entristecía demasiado esa situación, pues pensaba que habría un futuro diferente para sus padres, a quienes amaba profundamente, y, por supuesto, para él también.
                         
Desde pequeño, se había acostumbrado a ir solo al colegio, realizar los quehaceres del hogar y preparar la comida. No había podido jugar demasiado, ya que debía ayudar en la casa, mientras los padres trabajaban.
                         
Lisandro ansiaba llegar pronto a los quince años, porque sabía que, a esa edad, podría ir él a labrar la tierra, y su madre quedarse en la casa y descansar como se lo merecía. El hecho de que su madre pudiese tener otra vida, por humilde que siguiera siendo, lo obsesionaba.
                         
Sin embargo, cuando finalmente cumplió sus esperados quince años, no pudo concretar su sueño. Su madre enfermó gravemente. Consultaron con el médico del pueblo, quien les comunicó que mucho no había para hacer allí, con los pocos recursos de que disponían, e indicó que viajaran a la ciudad.
                         
Tanto Lisandro como su padre se desesperaron. No contaban con el dinero para trasladar a la madre y, menos aún, para pagar el tratamiento.
                         
–¡Algo hay que hacer! Trabajaré doble turno, las veinticuatro horas para conseguir el dinero –dijo el padre con lágrimas en los ojos.
                         
–No seas ingenuo, padre –contestó Lisandro–. Ni trabajando dos meses, reuniríamos el dinero suficiente para el viaje y el tratamiento, debemos pensar en otra cosa.
                         
Dicho esto, el joven se calló, contempló, un largo rato, a su madre delirando de fiebre, miró a su padre, en cuyo rostro, ya no cabía más dolor ni más miedo, y tomó una decisión.
                         
–Prepara todo lo necesario para el viaje, vuelvo, lo antes que puedo, con el dinero.
                         
–¿De dónde lo sacarás, hijo? –preguntó su padre.
                         
–Algo se me ocurrirá –respondió Lisandro y partió, no sin antes buscar una gorra y ropas que disimularan su aspecto.
                         
Siempre había sido una persona de bien, de principios. Así lo habían criado sus padres, pobre, pero honrado. No obstante, ante esta situación límite y no hallando otra salida, Lisandro tomó un camino que jamás debería haber tomado.                  
                         
Salió de su casa corriendo como un loco, pensando en que sus vidas eran muy injustas, que no había derecho a que su madre enfermase y que no pudieran costear el traslado a la ciudad. Se enojó mucho, con la vida, con el destino, con Dios mismo.
                         
Sabía que no tenía tiempo de juntar el dinero trabajando, pues sus estudios eran básicos, y no sería fácil obtener un trabajo bien pago.  
                         
La desesperación y el enojo no son buenos consejeros, y, menos todavía, si van de la mano. Lisandro tenía decidido obtener el dinero a toda costa y, cómo única salida, pensó en el robo.

Apenas llegó al pueblo, cobró su primera víctima, un señor bien vestido, a quien llevó por delante y despojó de todo su dinero. Salió corriendo tan rápido, que el hombre no pudo reaccionar, quedó tendido en el piso pidiendo ayuda.
                         
Mientras se escapaba, Lisandro creyó ver una sombra. Se distrajo por un momento, pero siguió corriendo. En el camino, pasó por un comercio. Entró, maniató a su dueño y se llevó el contenido de la caja.

Una vez más, al huir, le pareció ver la sombra. En realidad, estaba seguro, detrás de él, había una sombra. Se asustó y mucho, pero no tenía tiempo de suponer que alguien lo hubiese visto y reanudó su camino.
                         
Se topó con una anciana. No, no podía robarle a una pobre e indefensa señora mayor… No, no podía. Sin embargo, la desesperación pudo más, y lo hizo. Nuevamente la sobra lo siguió.
                         
Así pasó dos días, robando, huyendo y sintiéndose la peor de las personas. Durante esos dos días, la sombra lo acompañó, como si estuviese adherida a su persona, no lo dejaba en paz, ni libre, ni solo. Estaba convencido de que alguien lo estaba siguiendo y esperando el momento justo para apresarlo. Buscó un escondite. Agitado, desprolijo y humillado por su propio comportamiento, se tomó la cabeza sin poder creer lo que había hecho. Con la respiración entrecortada y un cansancio que parecía de años, contó el dinero, era más que lo imaginado. Regresó a su casa. Entró con miedo de aquello que pudiera encontrar. Su madre seguía con fiebre, y su padre le ponía paños fríos.
                         
–Aquí tienes el dinero necesario para llevar a mamá a la cuidad. Apresúrate, no hay mucho tiempo –dijo Lisandro evitando mirarlo a los ojos.
                         
–¿De dónde y cómo has obtenido semejante suma de dinero? –preguntó sorprendido el padre.
                         
–Luego te lo explico, ahora vayan a la ciudad, yo los espero aquí.            
                         
Una vez solo en su casa, el joven se sintió más seguro, por poco tiempo. De repente, se dio cuenta de que, una vez más, tenía la sombra detrás de sí. Era imposible, no había visto a nadie seguirlo, pero allí estaba, casi acariciándolo. Se sintió amenazado. Apagó la luz y, sin explicación lógica, aún veía la sombra. En la más absoluta oscuridad, era tangible su presencia. Hay cosas que, sólo desde el alma, se entienden. Abandonado a su suerte, Lisandro prendió la luz, la sombra permanecía detrás de sí, casi adherida a su cuerpo y su destino. Recapituló, una y otra vez, todo lo que había hecho, y si bien era cierto que había robado para salvar la vida de su madre, eso no lo eximía de sentirse sucio por dentro. Supo, en ese momento, que hay caminos que son difíciles de desandar, y que no siempre el fin justifica los medios. Cerró los ojos y pensó en sus padres, y en cómo, a pesar de sus necesidades y angustias, jamás habían traicionado sus principios, como él lo había hecho. Cuánto más pensaba en todo esto y más arrepentido se sentía, la sombra más lo abrazaba con un peso difícil de soportar.

Abrió los ojos y no vio a nadie. Entonces, comprendió que la sombra tan temida no era más que su conciencia. No era alguien que venía a apresarlo, era él mismo que no podía con la culpa y la vergüenza. No se sintió aliviado. Ya no importaba si lo habían descubierto o no, él sabía lo que había hecho y no podía borrar el pasado. La sombra seguiría allí por siempre adosada a su vida como la más pesada de las pieles.

A pesar de todo, el joven no quiso quedarse con esa pesada carga, esperó que su madre sanara, reveló la verdad a sus padres y prometió hacer algo para revertir, en la medida de lo posible, lo que había hecho. Comenzó a trabajar de sol a sol, de domingo a domingo.

Volvió al pueblo, buscó a cada persona a quien había robado, le explicó por qué lo había hecho y devolvió la mayor parte del dinero, el restó lo compensó con más trabajo. Saldar sus deudas le insumió a Lisandro un tiempo considerable, no tanto como sentirme mejor con él mismo. Se dio una nueva oportunidad, era joven y estaba arrepentido de los errores cometidos.

¿La sombra? Jamás se pudo desprender del todo de ella, pero ya no la sentía como una pesada carga, sino como un llamado de alerta para no olvidar cuáles son los caminos que se deben tomar y cuáles no.

AUTOR:  Liana Castello ( argentina )

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