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La Mercería

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La Mercería

Mensaje por ana maria el Mar 27 Mayo 2014, 20:54



La Mercería


Cuando era niña, mi madre tenía una mercería. Un pequeño negocio repleto de diversos productos, donde botones, hilos y telas se habían convertido en una muy grata compañía.
                 
En ese entonces, no se estilaba dejar a los niños todo el día en el colegio, y tampoco había dinero para pagar una persona que me cuidase, por eso, casi toda mi infancia la viví en el pequeño local de mi madre.
                 
De muy pequeña, jugaba sentada en una mantita detrás del mostrador, ya de más grande, hacía allí la tarea o leía. A varias personas les llamaba la atención verme, siempre, como si fuese parte del mobiliario.                  
Recuerdo, de memoria, las explicaciones que, día a día, daba mi madre cuando le preguntaban por qué yo pasaba tantas horas dentro del negocio. Que no había dinero para pagar una persona, que, por otra parte, dónde mejor que con ella estaría, que, además, me portaba bien, y, entonces, no había problema, que ya estábamos acostumbradas, etcétera. Todo cierto.
Un día, entró una pareja a comprar botones para un saco. Ellos también comentaron algo acerca de mi presencia, y mi madre respondió lo que yo ya estaba acostumbrada a escuchar. Al salir, el hombre le dijo a su esposa: –Pobre niña, no es vida. Imagínate cómo se debe aburrir, todo el día, acá encerrada entre hilos y elásticos. Es lamentable. No se dio cuenta de que yo había salido al umbral y que había escuchado todo. ¿Qué era lo lamentable? Me quedé pensando.
Si bien era niña, sabía que había una realidad más allá del colegio y la mercería, más allá de la maestra, mi madre y los clientes. Aun así, yo disfrutaba de mi mundo pequeño como ese local, pero casi infinito como la mercadería. No me gustó que sintiese pena por mí. No entendía por qué. Tal vez, me crié en un ámbito más “acotado” que los habituales, pero quizá fue ése el disparador de mi gran mundo interior.
Cuando era muy pequeña, creía que los cierres eran bocas. Si se mantenían cerrados, no tenían nada interesante para decir. En cambio, si los iba abriendo, me sonreían. Cuanto más abría el cierre, una sonrisa más grande recibía.
Los botones y lentejuelas significaban, para mí, estrellas que descansaban durante el día y, de noche, cuando nosotras nos íbamos a casa, subían al cielo para brillar más que nunca.
Las madejas, cuan nubes coloridas, según las ordenara mi madre, se convertían en diversos personajes. –Hazme un ratón –le pedía. Mi madre tomaba dos grandes madejas redondas y las ubicaba formando dos orejas, una más pequeña completaba la forma de la carita de mi ratón, otra el cuerpo, y no olvidaba dejar una larga lana colgando para que a mi animalito no le faltase la cola.
Sin dudas, me divertía, y ella también. Lo que pocos podían imaginar es cuánto aprendí en todos esos años. No me refiero a tipos de hilos y lanas, sino acerca de las personas. Observar es un gran entretenimiento y un mayor aprendizaje aún, y yo observaba a cada persona que entraba en la mercería.
Así, percibí el amor infinito hacia un hijo, cuando una madre buscaba lentejuelas o cintas para un disfraz. La dedicación con la que esa mujer elegía cada cinta que luego cosería, la preocupación por el color exacto para que a su hijito le agradase y se luciera en el acto escolar. Aprendí sobre la humilde condición de mucha gente. Personas que buscaban el hilo más barato, aunque la diferencia fueran apenas centavos. Vi infinidad de pantalones gastados y con marcas de viejos dobladillos, que iban pasando de hermano a hermano, como un legado de humildad inquebrantable. Descubrí la prepotencia y la amabilidad también. Conocí rostros que jamás olvidaré, llenos de ilusión por tejer su primer sweater, ávidos de consejos y recomendaciones. Comprendí que las cosas cobran vida en las manos de los que hacen algo con amor y para otro.
No fueron malos años, por el contrario. Cambié muñecas por agujas de tejer, hamacas por estanterías llenas de mercadería, pero aquello que perdí no fue lo más importante. Estoy segura de que el lazo que me une a mi madre no hubiese sido el mismo, de no haber compartido esas tardes en el negocio.
Es verdad que no pudo llevarme a la plaza, pero, por nada, cambiaría sus ratones de madejas de lana. Tampoco venía nadie a jugar a mi casa, pero ella se las ingenió para que yo no me sintiese sola y me divirtiera.
No tuve muchos juguetes, pero me brindó su inmenso universo, su tiempo, el que pudo, el que tenía y, por sobre todas las cosas, su amor. Fui una niña feliz, a pesar de darle lástima a más de una persona. Logramos, con mi madre, lo que a algunos les resulta imposible: un lazo de amor tibio como la lana, colorido como las lentejuelas, maleable como el elástico e infinito, como la mercadería que mis ojos se acostumbraron a ver de niña.

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