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Con un Ala Rota

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Con un Ala Rota

Mensaje por ana maria el Vie 30 Mayo 2014, 02:07




Con un Ala Rota

A través de mi ventana, se veía su nido. Parecía que siempre había estado ahí, era parte del paisaje cotidiano. Amaba observar a los pájaros. Iban, venían, se posaban en una rama, en el umbral de mi ventana, levantaban vuelo nuevamente, pero siempre −indefectiblemente− volvían al nido.

¿Sería cálido? Me preguntaba. Un pequeño montoncito de ramas ¿Era suficiente para abrigarlos?  Preguntas tontas que sólo a mí se me ocurría hacer. Ellos bien sabían que un hogar es sólo un hogar por el abrigo que nos brinda quien en él nos espera.

No sé el tiempo que llevaba observando a ese pájaro. Me encantaba ver cómo, luego de abastecer a su hembra y sus pichones, levantaba vuelo y se perdía en el cielo.

Volaba en una forma suave, bella, indiscutiblemente natural. Muchas veces, pensé en que ese pájaro y yo nos parecíamos. Dos patas él, dos piernas yo, dos alas, dos brazos, un nido, un hogar, su vuelo, mi caminar.

No creo que mi pájaro amigo volase grandes distancias y menos grandes alturas. En eso también se parecía a mí. Mi “vuelo” podría decirse que era corto: el trabajo, algún que otro paseo, una caminata, no mucho más que eso.

Sin embargo, sentía que mis travesías no eran pequeñas, sino infinitas. Yo no volaba solo, siempre me acompaña o me esperaba Clara, mi esposa.

Yo tampoco tenía una gran casa. Si bien mi pequeño departamento no era de ramitas apiladas, en nada se parecía a un palacio. No obstante, era, para mí, el mejor de los lugares, la construcción más imponente que pudiese haber habitado.

Así como mi pájaro amigo sorteaba lluvias y vientos que le eran adversos, yo también atravesaba mis tempestades como podía, algunas veces, bien, otras muchas, no tanto.

Tenía una vida simple, de cabotaje, diría, pero era una buena vida. La compañía de Clara la hacía más plena, ella convertía ese pequeño departamento en el más cálido de los hogares, le daba vuelo a mis pequeñas alas que, hasta conocerla, no habían podido despegar.

Del mismo modo en que la naturaleza, a menudo, cambia su fisonomía y se torna incomprensible y violenta, mi realidad también cambió y tiñó de gris mi vida.

Una mañana, se desató una tormenta despiadada. Viento, lluvia, granizo. Esa mañana, bajo el agua que caía impiadosa, Clara se fue.

Todavía no termino de entender qué pasó; y, al igual que el semblante de las calles tarda en recobrar su esplendor, luego de una gran tormenta, yo no logro recomponerme y ser aquél que fui.

Hoy siento que mi pequeño departamento es sólo eso, una pequeña vivienda. Como si estuviese construido de ramas encimadas, siento el frío que penetra dentro de mí. Ya no tengo un hogar, nadie me espera.

Miré por la ventana y vi el nido en el piso. El granizo lo había convertido en un recuerdo de otro tiempo. Busqué, con la mirada, a mi pájaro amigo, como necesitando su compañía.

Creí que también él me había abandonado. Me equivoqué. Con dificultad y con un ala rota, regresó a lo que quedaba de su hogar. Seguro la lluvia o algún trozo de granizo lo habían lastimado.

Aunque tenía un alita prácticamente destrozada, no dejó de volar. Cierto es que ya no era igual su vuelo, se había vuelto más lento y torpe.

Volví a pensar en cómo nos parecíamos ese pájaro y yo. Mi vida debía continuar. Yo no podía y no quería permanecer varado en el abandono.

Entonces, seguí adelante con mi paso torpe y más lento. Como él, yo tenía un ala rota. Una parte importante de mí se había quebrado.

No hacía falta padecer un daño físico para sentirme tullido, rengo, manco o sin un ala. La plenitud de cada uno de nosotros, o por lo menos la mía, era compartir la vida con alguien.  Suena paradójico que sólo compartiendo todo uno se sienta más entero, pero es así.

La vida no se detiene por una gran tormenta. A pesar de que el viento y el granizo hagan añicos el paisaje, desdibujen nuestro presente y opaquen nuestro futuro, hay que continuar volando.

Y seguimos los dos, mi pájaro y yo, sobrevolando la vida y el cielo.

Tal vez, todo sea cuestión de tiempo, se curen nuestras alas y podamos, algún día, remontar vuelo sobre cielos sin nubes. Después de todo, el sol siempre vuelve a salir.

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ana maria
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