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Dos Azulejos

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Dos Azulejos

Mensaje por ana maria el Vie 30 Mayo 2014, 02:20



Dos Azulejos


Amaba a mi abuelo. Siempre habíamos mantenido una relación especial. Una entrañable complicidad coloreaba nuestro vínculo.
Mi abuelo vivía en una casa como él, de muchísimos años, firme, con historia, tal vez un poco deteriorada, pero entera y de pie.
Como muchas de las casas que cada día se ven menos, tenía un pequeño zaguán, un patio y varias habitaciones que daban a él. Las puertas estaban construidas de madera, de ésa que hoy no existe, y en su patio los verdes eran tan disímiles como sus macetas. Resultaba casi imposible contarlas.
Sin embargo, lo que mi abuelo más amaba de su casa era su zaguán. Estimo que algo de picardía había en ese especial cariño, memorias de juventud quizás. De todos modos, siempre me quedé con la duda. Los azulejos que lo revestían eran, para mi amado abuelo, motivo de orgullo. Formaban la figura de una canasta llena de rosas, bellamente pintadas, como si lo hubiese hecho un ángel.

−Pocas casas han de tener este tipo de azulejos. Creo que los traían de Francia. Son azulejos de colección, no de los que se hacían por hacer –solía repetir.

En las épocas de mi abuelo, las cosas acompañaban a las personas hasta que éstas partían. Todo debía durar eternamente en el mejor estado posible.
Cuántas veces le hubiese dicho a mi abuelo que techase su patio o, al menos, le colocase un toldo, cuántas otras le propuse comprarle modernos canteros que reemplazasen a todas esas innumerables macetas. Jamás me escuchó o, mejor dicho, sí me escuchaba, pero jamás me hizo caso.
Nunca le dije nada de los azulejos, entendía que significaban un tesoro para él, y, además, ¿qué sentido hubiese tenido cambiarlos por una cerámica nueva? Era su zaguán, eran sus recuerdos, eran su orgullo.
Un tarde, como tantas que no olvidaré, conversábamos en el patio. Él regaba sus plantas, mientras yo le hacía compañía. Le pedí que me narrase cómo había conocido a mi abuela. De pronto, cayó desplomado al piso. En un segundo, parecía que su vida se había apagado, no reaccionaba.
La ambulancia vino pronto, muy pronto. Lo levantaron, y al mismo tiempo que yo hacía algunas preguntas y ellos ensayaban algunas respuestas, maniobraron con la camilla hacia el zaguán.
Por un momento, quise avisarles que tuviesen cuidado con los azulejos, pero más temía por mi abuelo.

−Un derrame cerebral −diagnosticaron los médicos−; sobrevivirá, aunque es probable que ya no sea el de antes, hay que esperar− agregaron.

Cuando regresé del sanatorio para buscar sus lentes y otras cosas que estimé necesitaría cuando mejorase, noté que dos de los azulejos del zaguán estaban rotos. Junté cada pedacito e intenté pegarlos, unirlos, no sé. Era imposible, la camilla los había hecho añicos. No me acuerdo del tiempo que permanecí mirando el espacio vacío en ese paisaje que mis ojos estaban tan acostumbrados a contemplar. Tampoco sé las horas que transcurrí pensando en mi abuelo. El zaguán no era el mismo, la casa de mi abuelo, sin mi abuelo, tampoco.
Cada tarde, cuando volvía del sanatorio, pasaba por su casa a regar sus plantas. No bien traspasaba las puertas, no podía evitar mirar el rectángulo sin azulejo que me recordaba que mi abuelo no estaba bien, que me demostraba que no todo dura para siempre, que la vida cambia y a veces de un modo poco agradable.
Decidí hacer algo. Copié el dibujo de los azulejos y me dediqué a buscar dos iguales. Quería que mi abuelo encontrase su casa tal como antes, si él no volvería a ser el mismo, que pudiese ver que su hogar no había cambiado.
Averigüé en infinitos negocios, en internet, consulté con mayoristas, coleccionistas, nada. Se había vuelto una obsesión para mí reponer esos azulejos, como si, con ellos, le devolviese a mi abuelo su antigua vida, junto con su antiguo zaguán.
Poco antes de que le dieran el alta y en una feria de antigüedades, los conseguí. Eran oro en mis manos. Jamás pensé que un par de azulejos pudiesen proporcionarme tanta felicidad.
Llamé a un colocador.

−¿Dos azulejos? −preguntó el hombre desconcertado−. ¿Eso es todo el trabajo? −insistió.

Quedaron perfectos, excepto por un brillo diferente, no parecía que algo hubiese sucedido allí.

Limpié su casa, las hojas de cada una de sus plantas y lo fui a buscar. Cuando llegamos, recorrió todo con su mirada, el zaguán incluido, como para corroborar que cada cosa estuviese tal como él la había dejado. No hablaba, los médicos notificaron que tal vez ya nunca lo haría.
Con su paso aún más lento, caminó por el patio, con sus manos temblorosas, acarició sus plantas y se detuvo en el zaguán…
Mi respiración se cortó. ¿Si se había dado cuenta? ¿Si había reparado en el brillo diferente de los dos azulejos nuevos? Con un hilo de voz, le pregunté:
−¿Ocurre algo, abuelo? ¿Está todo bien?

Él asintió con la cabeza, me dedicó la mejor de sus sonrisas y dio a entender que era hora de irse a descansar.
Respiré aliviada. Tal vez parezca una nimiedad, pero para mí era muy importante que el abuelo no percibiese la diferencia. Las personas mayores no quieren que las cosas cambien y, sobre todo, las suyas.
 
Debe de ser muy difícil aceptar que uno ya no es el mismo, entiendo entonces por qué se aferran a lo material, no envejece de la misma manera. A pesar de que mi abuelo no volvió a hablar, nuestra comunicación no se alteró, y nuestra complicidad diría que se acentuó.
Una tarde se quedó dormido en su sillón del patio y no despertó más. Se durmió junto a sus plantas y con el sillón mirando al zaguán. Lo despedí con el mismo amor con que lo había recibido en mi vida; sabía que jamás me abandonaría.
La muerte consta de varios aspectos antipáticos, uno de ellos es que la persona que se ha ido deja a los demás la triste suerte de administrar, dividir y repartir sus pertenencias.
Ordenando su cuarto, mi padre encontró un sobre con letra manuscrita de mi abuelo. Era evidente que lo había redactado −con suma dificultad− al retornar del sanatorio. Tenía mi nombre y una pequeña carta adentro. Abrí el sobre intrigada y contenta de hallar noticias suyas. Su contenido me confirmó que esa maravillosa complicidad me acompañaría por el resto de mi vida.
“Clara, mucho agradezco tu esfuerzo, pero, si te fijas bien, los dos azulejos nuevos tienen veintitrés rosas, no veinticuatro como todos los demás. De todos modos, no te aflijas, mi niña, me has hecho el abuelo más feliz de la tierra y del cielo también”.

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ana maria
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