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De Estreno

Mensaje por ana maria el Sáb 31 Mayo 2014, 02:43


[left]

De Estreno


Pedro tenía ocho años. Vivía en un hogar para niños huérfanos desde siempre. Pedro, mantenía un sueño, o muchos a decir verdad. Soñaba que un día llegarían un padre y una madre para él, soñaba que tendría un hogar al igual que otros niños, una Navidad con juguetes nuevos solo para él.
         
No lo trataban mal, por el contrario. Las personas que atendían el hogar lo hacían con un amor infinito. Aun así, Pedro se sentía solo. Sufría la soledad que da el no pertenecer a una familia, llevaba a cuestas la carga de haber sido abandonado, una carga muy pesada para un pequeño.
           
Cada Navidad de su corta vida, Pedro pensaba que esa sería la última que pasaría sin padre ni madre. ─La próxima Navidad tendré un hogar y un arbolito. Comeré galletas y estrenaré juguetes que nadie haya usado antes.

El mismo deseo cada año y la misma desilusión también. El tiempo transcurría, y Pedro seguía en el hogar. Pasaban los diciembres, llegaban otros y nada cambiaba.
         
Pedro, con la madurez que aporta el sufrimiento, se reponía una y otra vez, y renovaba sus esperanzas. Era un niño, y, cuando se es niño, los sueños pueden más que la realidad.
         
No era fea la Navidad en el hogar. Las familias del lugar juntaban juguetes usados, los arreglaban y los llevaban al hogar. Las personas que en él trabajaban decoraban el salón, armaban el arbolito e intentaban hacer de esa fiesta sin familia una cálida celebración.  
         
De todos modos, Pedro sabía que había otras realidades y que podría tener otras navidades, lo necesitaba, lo deseaba con todo su corazón.

─El día que estrene un juguete será el día más feliz de mi vida. Un juguete nuevo, que nadie haya usado jamás, uno nuevo, muy nuevo, todo lo nuevo que pueda ser algo. Si, sin dudas, ese será el día más feliz de mi vida ─pensaba el pequeño, una y otra vez─. ¿Cómo se sentirá vestir ropa nueva? ¿Cómo será tener alguna prenda que no esté remendada? ¿Cómo se sentirá sacar la etiqueta de la ropa? –Pedro sabía que la ropa nueva traía etiquetas que había que arrancar, se lo habían contado, y tenía ganas de arrancar él alguna etiqueta algún día.

Pedro sabía que esas preguntas, como tantas otras, no tenían respuesta por el momento. Poco antes de cumplir nueve años, Pedro fue adoptado. Resultó sorpresivo que una pareja quisiera un niño “algo crecido ya”, así habían dicho.  Era un matrimonio maduro que soñaba con un hijo, pero que no tenía ganas de correr tras un pequeño que gateara.
         
Faltaba poco para Navidad, y Dios Niño ya andaba regalando milagros y le regaló uno a Pedro. Los primeros días de diciembre, Pedro, junto a sus flamantes padres, escribió –por primera vez en su vida− la carta a Papá Noel. El pequeño ya sabía que aquello que pidiese no sería traído en trineo, pero poco le importaba. Recibiría, también por primera vez en su vida, juguetes nuevos.
         
No sabía qué pedir. Eran tantas las cosas que no había tenido, tantas con las que había soñado que era difícil elegir, quizá porque era la primera vez que elegía. Los días previos a la Navidad, Pedro no podía dormir. Imaginaba muchos paquetes con juguetes que brillaran y que no estuviesen ya gastados, con prendas de vestir nueva e impecables y a las que, por supuesto, hubiese que arrancarles la etiquetas.
         
La noche del 24 de diciembre, Pedro no podía apartar los ojos del arbolito. Tantas veces había soñado con esa escena, tantas las había imaginado. La casa se había llenado de gente, y no solo porque fuese Nochebuena.
         
La familia entera quería celebrar la llegada de Pedro quien, como el niño Dios, nacía en cierta manera, a una vida nueva y distinta.
         
Risas, paquetes, regalos, moños, cintas, un espectáculo maravillo que deslumbraba los ojitos del pequeño.
         
Luego de las doce y llegando el momento que Pedro más había deseado, ocurrió algo extraño.

─¿Pedro, no vienes a abrir tus regalos? ─preguntó su madre.

─Los regalos, hijo, mira, son para ti ¿No quieres abrirlos? –preguntó su padre. El niño estaba sentado en un sillón mirando a sus padres y a sus flamantes tíos y primos.
         
Ya no pensaba en abrir paquetes y descubrir juguetes nuevos, tampoco en sacarle la etiqueta a ninguna prenda de vestir.
         
Todo había cambiado, ahora tenía algo mucho más importante que estrenar: una familia. Sin necesidad de abrir ni un solo paquete, fue inmensamente feliz.


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ana maria
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