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La cita

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Mensaje por ana maria el Sáb 31 Mayo 2014, 03:02


La cita

Se miró en el espejo y se estudió con detenimiento. El cabello se veía bien. No obstante, pasó sus manos para abultarlo un poco. El maquillaje era el adecuado, ni demasiado ni poco. Recorrió con las manos su rostro y estiró cada una de las arrugas que la vida le había regalado. No le molestaban, pero, sin dudas, se vería mejor sin ellas. Subió un poco el escote de la blusa y se colocó un par de aros.

─Ya está ─se dijo.

Hacía muchos, muchísimos años que no cumplía con esta ceremonia en frente del espejo. Ya casi había olvidado cuánto se disfrutaba.
Sara, a los sesenta y seis años, tenía una cita.

Miró el reloj, faltaba media hora para el encuentro. Se miró nuevamente en el espejo y recordó, sin querer, las palabras de la mayor de sus tres hijas.

─¿Una cita a tu edad? ¡Qué vergüenza!

“¿Vergüenza? ─pensó Sara─, ¿de qué? ¿A quién hacía daño encontrándose con Luis?”. ¿Vergüenza?, volvió a escuchar esa palabra y siguió sin entender qué tenía que ver la vergüenza con el amor.

Sara era viuda y había conocido a Luis en una cola de un banco. Ambos se habían mirado de una forma especial. Se habían mirado sin edad y sin arrugas. Desde ese primer día, muchos otros habían pasado.

Luis se había convertido en un excelente compañero para Sara. Era divertido y amable y, por sobre todo, no hablaba de dolores y enfermedades, temas habituales de las personas mayores. Estaba lleno de vida, igual que Sara; también era viudo y quería compartir un futuro con ella.

Sara volvió a mirar el reloj. Faltaban veinte minutos y sintió aún más ansiedad.
Tantos años hacía que no se sentía de esa forma… tantos.

─¡A esta edad!, mmm, no sé… ¿Y si te desilusiona? ¡Una desilusión a esta altura de tu vida podría costarte muy caro! ─había dicho la hija del medio.

“¿Desilusión?”, pensó. ¿No hubiera sido mejor pensar en la ilusión que hoy sentía? ¿No se parecía a un milagro esto que la vida le estaba regalando hoy?
Suspiró y no pudo evitar mirar otra vez la hora.

Restaban solo diez minutos. Diez minutos que equivaldrían a una eternidad.
Su corazón latió más rápido y volvió a mirarse en el espejo.

─¿Y qué les diremos a los niños? ¿Que la abuela tiene novio? ─preguntó burlona la menor de sus hijas.

¿Y si así fuera? ¿Estaría mal? ¿Sería pecado?

Era abuela, cierto. Era madre y había sido esposa. Había llevado una vida como la de tantas otras mujeres. Había amado, pero hacía ya mucho tiempo que estaba sola.

─¿Será que enamorarse es un privilegio del que solo gozan los jóvenes? ¿Tendrá edad el amor? No creo ─se contestó a sí misma, y el timbre sonó.

El corazón de Sara dio un vuelco, y sus manos comenzaron a transpirar. Mientras bajaba los seis pisos para encontrarse con Luis pensó en la vergüenza, las desilusiones y el qué dirán, se encogió de hombros y rió.

Su corazón le decía que aún era tiempo de ser feliz, que siempre lo sería, que la vida le obsequiaba, en su otoño, una nueva primavera.

Se miró nuevamente en el espejo. Sus canas, sus arrugas y una silueta algo rolliza confirmaron su edad. Así, con su historia, sus hijas, sus nietos y sus años al hombro, salió contenta a recibir a quien también ansioso la esperaba.

Supo, al verlo, que el amor es un milagro que poco tiene que ver con la edad y que, cuando nos tiende la mano, solo hay que tomársela y ser feliz.

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