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El Árbol y la Vida

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El Árbol y la Vida

Mensaje por ana maria el Sáb 07 Jun 2014, 17:41

El Árbol y la Vida


Mi árbol siempre estuvo en el jardín. Vestido de distintos colores, desnudo, florido, esplendoroso o humilde, acomodándose a los vaivenes del tiempo y de la vida, como nosotros lo hacemos o, al menos, intentamos hacerlo.

Siendo niño, me parecía grande, majestuoso, inmenso. Era mi lugar preferido para jugar a las escondidas, y sus ramas implicaban siempre un desafío. Trepar el árbol era cosa de todos los días, pero siempre vivía una aventura diferente.

Cuando se suponía que debía estar durmiendo la siesta, me escapaba y me entretenía contando cada pequeña hoja de cada rama, o contemplando las hormigas que lo recorrían siempre en una prolija hilera.

Sentía por ese árbol algo parecido a la admiración. Me enseñaban en el colegio todo acerca de él y su importancia para la naturaleza, y eso hacía que cobrase otro significado para mí.

Con la mirada de mi niñez, ese árbol era gigante, imponía respeto, pero, a la vez, era un compañero de juegos.
       
Tenía la magnitud que suelen tener las cosas cuando uno posee ojos de niño y la magia que solo en la infancia infundimos a cada cosa que observamos.
       
Cuando fui adolescente, el árbol me resultó molesto. Demasiado grande para mi gusto. Todo aquello que de chico había admirado en él comenzaba a fastidiarme. Sentía que su copa quitaba luz a mi cuarto, que sus ramas eran demasiado grandes, que estaba muy viejo, que solo servía para ocupar espacio en el jardín y que en su lugar, seguramente, cualquier otra cosa quedaría mejor.
       
De joven, mi visión del árbol fue otra. Se transformó en un hermoso lugar donde besar a la mujer que amaba y, por cursi que parezca, no pude evitar tallar en su madera un nombre y un corazón.
       
Volví a verlo hermoso, no tan grande como cuando era niño, pero sí hermoso. Por las tardes, me sentaba a estudiar bajo su nombra y creo que la paz que encontraba allí mucho ayudó a que pronto me recibiera.
       
Casi sin darme cuenta, me convertí en un hombre, y el árbol seguía siendo fiel testigo de cómo había ido cambiando mi vida.
       
Ya no le prestaba demasiada atención, pero ahí permanecía él, fiel, mudo, atento, me atrevería a decir. Me levantaba muy temprano para ir a trabajar y no tenía tiempo de contemplarlo. Tampoco lo miraba por la noche porque regresaba muy tarde, y mi atención la dedicaba solo a mi familia.
       
Los fines de semana nos reencontrábamos. La magia retornaba, esta vez, de la mano de mis hijos.
       
Entonces, lo vi de un modo casi idéntico al de mi niñez. Seguramente, porque, cuando uno es padre, vuelve –en cierto modo– a ser niño. Los ojos de nuestros hijos nos prestan los destellos que los nuestros han perdido con los años.
       
Los hijos producen milagros en la vida de los padres, entre ellos, el de recuperar una infancia que no se fija en nuestras arrugas o canas, que se reinstala donde estuvo tiempo atrás, en el corazón.
       
El árbol albergó a mis hijos como lo hizo conmigo, con la misma generosidad y  con el mismo amor.
       
Hoy mis hijos son grandes, y yo, anciano, pero mi árbol sigue allí. Bajo su sombra dadivosa, me siento a repasar mi vida.

     
Hoy tengo mucho tiempo para reflexionar y también para valorar cada cosa que la vida me ha dado, como mi árbol. Lo miro y pienso en cómo lo he visto en cada etapa de mi vida. Hay cosas que se mantienen intactas, solo que uno las percibe diferentes según la edad y el momento. Lo que ayer nos hacía felices, luego se torna tedioso, lo que resultaba un fastidio en un momento, en otro se valora en su justa medida.
       
Yo me iré en breve, pero mi árbol se quedará donde siempre estuvo y, como lo hizo con mi vida, será un testigo mudo de muchas otras. Siento que, luego de partir, lo seguiré mirando, pero de una manera que hoy no puedo imaginar.


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