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El Angel Pintor

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El Angel Pintor

Mensaje por ana maria el Sáb 07 Jun 2014, 18:34

El Angel Pintor


Cada ángel tenía su tarea asignada, cuidadosamente pensada, amorosamente elegida. La mayoría de ellos debía cuidar, cada uno, de una persona diferente. Otros, en cambio, velaban por la paz mundial, la justicia y el orden de las cosas.
       
Un ángel distraído llegó tarde al encuentro celestial, y cuando lo hizo, ya casi no había tarea que asignar.
       
Decepcionado, preguntó al creador:

─¿Qué haré yo entonces?

─Tú pintarás –respondió el Señor y le alcanzó un pincel suave, casi etéreo, blanco como la nieve, brillante como el sol.
       
Confundido, el ángel miró a su creador y al pincel, una y otra vez, no entendiendo demasiado qué tipo de tarea celestial podría ser pintar.
       
El mundo ya estaba creado, las cosas y las personas tenían un color, y todas las criaturas divinas, también. ¿Qué pintaría entonces?
       
─Tu pintarás el alma de las personas, su realidad y el modo en que la vean y la vivan ─indicó convencido el Señor.
       
─¿Y la pintura? ─preguntó el ángel.
       
─No te hará falta ─contestó el creador.
       
─No entiendo ─dijo el ángel.
       
─No importa ahora, ya entenderás ─respondió el creador.
       
¿Un pincel que pintara almas? ¿Ninguna pintura en sus manos? No le resultaba lógico y aún menos creíble, pero tratándose del Señor, sin dudas lo sería.
       
De todos modos, no se sintió a gusto con su tarea. Se preguntó el porqué de ese pedido tan nimio. ¿Por qué otros ángeles tenían a su cargo tareas tales como velar por la paz del mundo, y él solo un pincel en sus manos? ¿No era más importante ser un ángel guardián que un ángel pintor? ¿No lo creería el Señor lo suficientemente capaz de llevar a cabo una tarea realmente importante?
       
─Es hora de empezar ─anunció el creador y le pidió al desconcertado ángel que bajase a la tierra.
       
Obediente pero en absoluto convencido, el ángel y su pincel comenzaron a recorrer su camino.
       
El mundo era hermoso, y cada creación divina tenía el color perfecto. Se volvió a sentir molesto, pensaba que no era importante lo que debía hacer, que todo estaba ya hecho, y que pocas pinceladas harían falta en el mundo. El ángel estaba equivocado y, poco a poco, lo fue descubriendo.
       
Caminando sin ser visto, como todo ángel que se precie de tal, observó el rostro de la gente. Se dio cuenta de que la mayoría de las personas reflejaban una mirada triste o preocupada, que pocos sonreían y que les faltaba luz.
       
Entonces, pensó que no sería tal vez tan mala idea usar su pincel y vio como otro ángel salvaba la vida de un pequeño, quien por milagro no fue arrollado por un auto.
        “
Jamás podré competir con tamaña proeza”, pensó muy equivocado el ángel. No se trataba de competir con nada, ni con nadie. Su tarea, como la de todos los ángeles y la de todas las personas, consistía en sumar y en ayudar, ni más ni menos.
       
Decepcionado, se sentó en el banco de una plaza, pincel en mano y la mirada perdida. De pronto, una mujer de mediana edad se ubicó a su lado sin percibir su presencia. Tenía los ojos tristes y frotaba sus manos una y otra vez demostrando cierto nerviosismo. Era evidente que algo la preocupaba, y el ángel decidió actuar. Con su hermoso pincel le pintó las manos, las cuales inmediatamente se relajaron. La mujer cambió su expresión, tomó su teléfono y con voz calma le dijo a alguien que, por suerte, había encontrado la solución a su problema. Se levantó, se arregló el cabello y, decidida a enfrentar aquello que la inquietaba, se retiró.
       
─¡Funcionó! ─gritó en ángel y, dispuesto a seguir probando suerte, continuó su camino. Fueron muchas las almas lastimadas, los corazones vacíos y destrozados con los que se topó. Conoció lo que era la soledad del ser humano, el terror, la nostalgia y la tristeza, y comenzó a pensar que era demasiada tarea para un solo ángel y un solo pincel.
       
Sus pinceladas brindaban a las personas un alivio amoroso, una apertura de mente y de corazón. Eran algo parecido a las caricias que alivianan cualquier carga.
       
El ángel aprendió que los seres humanos necesitan ayuda, mucha ayuda y que no siempre se la brindan entre ellos. Su pincel no otorgaba ni color ni soluciones, pero ofrecía una especie de bálsamo para cada dolor.
       
Ya no sentía que su tarea era pequeña o menos importante. No era menos importante calmar un dolor que salvar una vida.
       
Entendió el por qué de pincelar sin pintura y el de colorear sin color. El pincel, su pincel, luminoso y brillante, acariciaba con cada pincelada el alma que tocaba.
       
Agradecido con su creador, aprendió que no hay tarea grande o pequeña, importante o nimia, que todas valen por igual.
       
Feliz como nunca, peinó las brillantes cerdas de su pincel y siguió marchando, muchas, demasiadas almas lo estaban esperando.
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