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El Rosario

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El Rosario

Mensaje por ana maria el Sáb Jun 07, 2014 1:37 pm


El Rosario

[size=18][color=#002060]Una noche, la vida de Ana se dio vuelta. Una noche, como tantas y como ninguna otra, la muerte la miró a la cara. Como quien apaga una lámpara, la vida de su esposo se apagó por un instante. “Un accidente cerebro vascular” dijeron los médicos, y de la nada y de repente, su esposo se encontraba en coma y con pocas, muy pocas esperanzas.
       
Ana nunca estuvo sola, tenía muchos ángeles a su alrededor, de los que viven en el cielo y de los que Dios deja en la tierra para hacernos la vida mejor y más bella. Un ejército de ángeles celestiales y terrenos acompañó las vigilias de Ana y esperaban, junto con ella, un milagro.
       
No era fácil para Ana pensar que sus pequeños hijos se quedarían sin padre, y ella, sin su compañero de ruta. Aún menos fácil era intentar entender de qué se trataba aquella pesadilla. ¿Cómo la vida puede ser tan frágil? ¿Cómo la muerte puede estar agazapada ahí bien al ladito de nosotros, y no nos damos cuenta?
       
Pasaban los días, y todo se complicaba, el diagnóstico era certero, pero el cómo proceder planteaba muchas dudas.

Allí estaba Ana resistiendo como podía, y allí estaban sus ángeles guardianes rezando, obligándola a comer, entreteniendo a sus hijos, sufriendo con ella y compartiendo ese revés que la vida le había presentado.
       
Ana era una persona de fe y había puesto en manos de Dios la vida de su esposo.
       
Ella no lloraba, no podía darse ese lujo, había que estar fuerte para demostrarle a la muerte que no le sería tan fácil arrebatarle a su esposo, había que contener a sus niños y velar para que sus padres, grandes ya, no sucumbieran ante su dolor.
       
Una tarde, su hermana le entregó un rosario. El más bello que Ana hubiese visto jamás. Lo habían traído especialmente de un santuario y era violeta, el color de la sanación, le dijeron. Sus cuentas eran pequeñas, con cierto brillo.
       
Ana lo tomó y, junto con su hermana, lo colocaron con infinito amor sobre la cama de terapia intensiva, donde su esposo dormía ese sueño tan extraño.
       
─Todo mejorará, verás ─afirmó su hermana.

Ana confió.
         
A partir de esa tarde, la fiebre de su esposo bajó, todos sus signos se estabilizaron, y pudo ser operado con éxito.
       
Cada día, con Ana, sus ángeles y el rosario como testigo, Mario mejoraba un poquito más, y llegó el día en que, milagrosamente, fue dado de alta.
       
Era imposible no pensar que, más allá de la voluntad divina, la pericia de los médicos, el infinito amor de sus amigos y familia, el rosario había tenido mucho que ver en la recuperación de Mario.
       
Cuando regresaron a su casa, Ana colgó el amado rosario de su cama, pero se prometió a sí misma que compartiría su milagro con otros. Así fue que, cada vez que se enteraba de que alguien estaba muy enfermo, enviaba su rosario.
       
Jamás pensó en desprenderse de él, pero sabía o, mejor dicho, sentía que tenía que compartirlo.
       
El rosario de color violeta pasó por muchas manos, por muchas camas de terapia, por muchos dolores y por muchas esperanzas también. Siempre con el mismo milagroso resultado.
       
La última vez que Ana prestó su rosario fue para un joven con una enfermedad larga, por lo que transcurrió más de un año sin que Ana supiera de su tesoro violeta.
       
Sin embargo, llegó un día en que un pequeño estaba al borde de la muerte, y Ana pidió “prestado” su rosario para poder alcanzarles el milagro al niño y a sus padres.
       
El rosario fue llevado directamente, sin pasar por las manos de Ana, pero no llegó a tiempo. Dios andaba necesitando un angelito más, y el pequeño partió.
       
Finalmente, Ana recuperó su rosario, pero no estaba envuelto como ella lo había entregado.
       
No importa, pensó, el envoltorio es lo de menos.
       
Abrió la cajita y vio que no era su amado rosario. No era su color, no eran sus delicadas cuentas. No, sin dudas, no era. Se sintió confundida y triste.
       
Averiguó, llamó, preguntó y repreguntó, y nunca obtuvo una respuesta que la conformase de parte de quienes habían tenido el rosario por última vez.
       
Tuvo miedo, ¿y si un ser querido volvía a estar en peligro? Cuando alguien lo necesitara, ya no contaría con su tesoro de color violeta.
       
Se enojó, se entristeció y se arrepintió de sus pensamientos.
       
En medio de esa confusión de sentimientos, entendió de qué se trataba ese tesoro que por tantas manos había pasado.
       
No era el rosario en sí, o no era lo más importante al menos. Había algo mucho más poderoso que el color de la sanación, y era el amor y la fe con que se entregaba a cada persona que sufría. Era el decir “comparto tu miedo, tu tristeza, sé de qué se trata”. Era creer y confiar, era compartir algo valioso con todos, incluso, con quienes no conocía, deseándoles el más bello de los milagros.
       
El rosario de color violeta jamás volvió a las manos de Ana, y, si bien extrañó su bendita presencia, prefirió pensar que Dios había decidido que otras manos lo conservasen.
       
No se sintió mal por ello, por el contrario. Comprendió que la fe y el amor no caben ni en el más hermoso de los rosarios, ni en ningún otro lado que no sea en el corazón, ese que se entrega con lo que damos a los demás, ese que, sin dudas, también obra milagros.


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