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El Disfraz

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El Disfraz

Mensaje por ana maria el Sáb 07 Jun 2014, 18:50

El Disfraz

Cada mañana, al levantarse, cumplía la misma ceremonia. Miraba a su alrededor, a sus hijos, su casa y se miraba al espejo. Lo que más le dolía de su realidad era aquello que no se veía o, mejor dicho, que solo ella veía.
       
Dispuesta a dar la función de todos los días, comenzaba a disfrazarse. Se colocaba una sonrisa en la boca, algún proyecto posible de concretar en cada bolsillo, un gesto amable en la cartera para quien lo necesitara, un chiste u ocurrencia a modo de collar y una esperanza como sombrero. Un saquito que hacía las veces de palmadita en la espalda y una vestimenta suave que sirviera de caricia.
       
Ana no era del todo feliz, tal vez como la mayoría de las personas, pero, a diferencia de muchas,  pensaba que los demás no tenían por qué lidiar con su tristeza.
       
Eran muchos los espectadores de su vida, sus hijos, sus padres, el trabajo, sus amigos, su esposo, y no quería ofrecer un espectáculo que no fuera agradable. Sus agujeros, grandes por cierto, los disimulaba con cada elemento que agregaba cuidadosamente a su disfraz.
       
La intención no era engañar o mentir. Ana pensaba que era mejor brindar una sonrisa que una lágrima, un chiste que una queja. ¿Por qué sumarles a los demás lo propio? ¿Qué culpa tenían los otros de aquello que ella misma no era capaz de solucionar?
       
Eran pocos, muy pocos los que conocían a la verdadera Ana, la que no llevaba maquillaje, la que se sentía sola, triste, la que temía al futuro.
       
Apenas un par de personas gozaban del triste privilegio de no asistir a sus funciones, de estar detrás de escena, de ver a la persona detrás del personaje.
       
A pesar de su pesada mochila, a Ana le gustaba mostrarse alegre y siempre, o casi siempre, lo estaba. Podría parecer poco sincero su proceder, pero ella estaba convencida de que era lo mejor que podía hacer por los demás, y por ella misma también.
       
Cuando Ana metía un proyecto en cada bolsillo y se ponía una esperanza como sombrero, lo disfrutaba, peleaba por ellos, era tenaz y entusiasta; y, en ese momento en que trabajaba por conseguir lo que deseaba, se sentía feliz. Sus hijos eran otro motivo para vestir su disfraz, había que predicar con el ejemplo, y ella quería que  viesen una madre alegre y sonriente.
       
No era fácil sostener la función diaria, pero tampoco imposible. Hacía años que se había acostumbrado a esa rutina que ella había inventado y que, en verdad, la ayudaba a sostener el peso de su mochila.
       
Al final de la jornada, la función no terminaba sino hasta que Ana se acostaba y apagaba la luz. Recién entonces, en total oscuridad y sin testigos, se permitía desandar sus agujeros. Aun así, cada noche pensaba en la mañana que la esperaba y, con ella, una nueva función.
       
Sin embargo, Ana no perdía la fe. Tal vez, algún día, pudiese sonreír sin disfraces de ningún tipo, a la luz del sol y en la oscuridad de la noche también.
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