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Cambio de equipaje

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Cambio de equipaje

Mensaje por ana maria el Sáb 07 Jun 2014, 19:04


Cambio de equipaje

Luego de muchos desacuerdos y desencuentros, decidieron separase. Ella se sentía sola, él se sentía agobiado.
       
Hacía tiempo que venían tratando de hablar un idioma en común, y, cual torre de babel, cada uno hablaba el propio, y no lograban entenderse.
       
No fue fácil tomar la decisión, pero ambos pensaban que lo mejor era emprender caminos distintos.
       
Ella sostenía que él no la acompañaba, que no la escuchaba, ni le prestaba la debida atención. El decía que ella no le daba aire, que se sentía asfixiado y que era imposible ponerse de acuerdo.
       
Fueron desarmando de a poco el lugar común y dividiendo como pudieron aquello que habían compartido.
       
El día en que debían dejar el departamento, solo quedaban ellos y dos valijas que, curiosamente, eran idénticas (no siempre hay originalidad en los regalos).
       
Cada uno juntó sus pertenencias y las acomodó en su valija. Ninguno imaginó que cada equipaje se llenaría con mucho más que prendas y accesorios de último momento.
       
Sabido es que donde vayamos llevaremos lo que nos pasa y lo que sentimos, porque los sentimientos y las sensaciones no tienen otro domicilio que el alma misma.

Fue así que todo lo que cada uno de ellos sentía se introdujo como polizón en esas maletas a punto de cerrarse.

       
En la de ella, se metió su soledad, su desilusión, sus expectativas no cumplidas, más de una lágrima y un profundo sentimiento de frustración.
       
En la de él, el cansancio, un grito contenido, la sensación de estar preso en su propia casa, la necesidad de escapar y ser libre.
       
Cada uno cerró su maleta. Se miraron, y, en la incomodidad de no saber qué decirse y, menos aún, cómo despedirse, los nervios les jugaron una trampa.
       
Tomaron las valijas equivocas y partieron.
       
Cuando cada uno llegó a su nuevo destino, como era de esperar, abrió su equipaje.
       
Se sorprendieron al descubrir que no eran sus maletas y se encargaron de deslindar responsabilidades. Él le echó la culpa a ella, y ella a él.
       
No se preocuparon demasiado por esas prendas que no usarían, tenían lo suficiente como para arreglarse sin aquello que ahora tenía el otro.
       
Lo que ninguno imaginó fue el contenido de la maleta equivocada que no podían ver.
       
Por esas cosas del azar o del destino, el bagaje más pesado de cada uno estaba bien guardado dentro de esas maletas, pero dispuesto a salir.
       
Como polizones hartos de la clandestinidad, los dolores y las miserias escaparon de las valijas.
       
Entonces, en la soledad de su nueva vida, ella fue capaz de escuchar el grito contenido de él; y, cuando abrió la ventana, sintió el aire que nunca le brindó. Moviéndose por su nueva casa, percibió la libertad que no le permitió disfrutar.
         
En la tranquilidad de su nuevo lugar, él descubrió esa soledad de la que ella hablaba y pudo escuchar las palabras que jamás le dijo.
       
Ambos se quedaron pensando. Miraron la maleta equivocada que abandonaron en un rincón y comprobaron lo que ya suponían: lo que somos y sentimos, lo que hicimos o no hicimos por los otros nos acompaña adondequiera que vayamos.
       
Tener la valija equivocada daba a cada uno de ellos la sensación de que el otro estaba presente de algún modo, porque mirar esa maleta era mirar una historia, una vida.
       
Dicen que a la distancia se ve mejor, y así los dos pudieron “ver”, quizás por primera vez, cómo se había sentido el otro.
       
Cada uno tomó la valija, más que para devolver lo que le era ajeno, para hacerse cargo de lo que le era propio.
       
Cuando se encontraron, valijas en mano, ninguno de los dos era el mismo ya. En el intercambio de maletas, sus manos se rozaron, y sintieron algo similar a la empatía.
       
Ninguno sabía qué pasaría con ellos, pero lo que sí sabían era que ambos se habían parado en otro lugar, ese desde el cual se puede “ver” al otro, y, desde ese lugar, cualquier reencuentro es posible.


ana maria
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