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La Navidad de Pedro

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La Navidad de Pedro

Mensaje por ana maria el Dom 08 Jun 2014, 14:19

La Navidad de Pedro



¿De qué se trataba la Navidad? Viviendo en la calle, comiendo lo que podía –que nunca era suficiente– y vistiendo ropa rota, era difícil contestar esa pregunta.

Para Pedro muchas cosas eran difíciles de entender: por qué él y su familia dormían bajo un puente, por qué no estudiaba, por qué revolvían los tachos de basura en busca de comida.

Cuando llegaba la época de Navidad, una mezcla de sensaciones lo invadía: tristeza, asombro, dolor y, sobre todo, desconcierto.

Lo maravillaba ver la ciudad llena de luces, vestida de rojo, verde y blanco. Vidrieras con renos, duendes y un señor gordo y con cara de bueno que llenaba de regalos a todos los niños, menos a él.

¿Sería que la Navidad no era para todos? ¿Se trataría de dinero nada más? Había escuchado que se celebraba el nacimiento de un niño que había sido pobre, pero los brillos, los adornos, los arbolitos cargados de regalos, le hacían pensar que lo que había escuchado no era del todo cierto.

Caminaba por las calles deteniéndose en cada vidriera, en las jugueterías, en las confiterías que ofrecían unos panes altos y llenos de frutas que parecían exquisitos, pero que jamás había probado.

Les preguntó muchas veces a sus padres por qué vivían como vivían y escuchó hablar de injusticia, de desigualdad de oportunidades, de mala suerte. También escuchó hablar de dolor, desilusión, frustración, tristeza y abandono. Un día, decidió no preguntar más.

Pedro espiaba por las ventanas de las casas adornadas para conocer un poco más de eso que llamaban “espíritu navideño”, eso que, bajo un puente y con hambre, desconocía por completo.

Él se preguntaba una y otra vez de qué se trataría realmente esa gran fiesta. ¿Sería solo todo lo inalcanzable que podía ver? ¿Se trataba solo de colores, adornos y sabores? Algo le decía que no. Porque el corazón de Pedro no sabía de pobreza y para sentir no necesitaba dinero, ni ropa, ni siquiera comer bien y seguido.

─Algo más tiene que haber ─pensaba el pequeño y estaba dispuesto a averiguarlo.

La víspera de Navidad Pedro vagó más que nunca por la calle. Caminó mucho, quizá como nunca, y de pronto reparó en una construcción que tenía bien vista, pero en la que jamás se había animado a entrar: era una  iglesia.

Su corazón no lo engañaba, algo le decía que ese era el día en que debía entrar en ese lugar que no vestía adorno ninguno, que era austero y hasta viejo, pero que lucía una belleza propia difícil de explicar.

Allí encontró muchas respuestas a sus tantas preguntas: vio un pequeño muñeco que yacía en una especie de cuna pobre, muy pobre (y Pedro conocía bien la pobreza). No había lujos, ni adornos, ni renos, tampoco el señor gordo con cara de bueno, sin solo el niño pobre pequeño, tan pequeño como se lo había imaginado y casi real como aquel de quien tanto había escuchado hablar.

Algo le dijo que sí, que ese era el niño pobre que iba a nacer. Le sorprendió tanta sencillez y tanta paz que nada tenían que ver con el bullicio típico de la ciudad en esa época.

El niño, en esa especie de catre, lo maravilló más, mucho más que los vidrieras y las luces.

─Bienvenido ─escuchó el pequeño y se sobresaltó. No estaba muy acostumbrado a que le dieran la bienvenida ¿Cómo te llamas? ─preguntó el párroco de la iglesia.

─Pedro ─contestó el niño─. ¿Y él? ─preguntó Pedro señalando el pesebre.

─Él se llama Jesús ─respondió sonriente el sacerdote.

─¿Tienes familia? ¿Quieres decirles que vengan?

Pedro no lo dudó, llevó a los suyos al cálido albergue de esa iglesia que, sin lujos ni árboles de Navidad, honraba a un niño recién nacido.

Mientras el sacerdote les contaba acerca de la Navidad, los invitó a cenar, y compartieron todos la mesa con manjares sencillos, pero que para la familia fueron inolvidables.

En el abrigo de esa iglesia, en la calidez de esa mesa compartida y en el cariñoso abrazo de ese sacerdote, Pedro y su familia aprendieron de qué se trataba la Navidad.

Pedro supo que siempre había tenido razón, que la Navidad era, infinitamente, más que luces y panes con frutas.

Un niño Jesús a punto de nacer lo miraba feliz.


ana maria
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