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Siete cuadras

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Siete cuadras

Mensaje por ana maria el Dom 08 Jun 2014, 15:47

SIETE CUADRAS



Siete cuadras es la distancia que separa nuestra casa del colegio de mi hijo. Cuadras que he caminado incontables veces de su mano.

Recuerdo vívidamente cuando Joaco empezó el jardín de infantes. Con frecuencia, esas cuadras no las caminaba todas, yo lo alzaba feliz en mis brazos y lo llevaba algunas a upa. Recuerdo los llantos de los comienzos, cuando la escolaridad era una aventura desconocida para él y que le provocaba miedo y angustia.

Con el tiempo, comenzó a gustarle el jardín, y era un placer verlo ir entusiasmado con su guardapolvo bordó con un conejito bordado y toda la energía que podía caber en un niño. Siempre de mi mano, siempre juntos.

Algunas veces, nos deteníamos en un kiosco, yo le compraba un chupetín, y él caminaba feliz las cuadras que faltaban como si, en vez de una golosina, llevase un trofeo en sus manos. Siempre pensé que la infancia tiene muchas cosas maravillosas, pero, sin dudas, una de las mejores es que todo se vive con una intensidad y un entusiasmo casi milagrosos.

Así intenté vivir yo cada cosa de Joaco, un acto escolar, cuando le tocaba izar la bandera, cuando cantaba el himno..., y creo que lo logré. También yo, sin ser precisamente una niña, pisé con un entusiasmo inmenso cada baldosa de este camino tan importante tanto para su vida como para la mía.

Ya en primaria, caminábamos las siete cuadras conversando, compartiendo los miedos de una prueba, las expectativas por un trabajo práctico en el cual yo había tenido mucho que ver, alguna pelea con un compañero o un reto de alguna maestra.

A medida que los años transcurrieron, el recorrido no cambió nunca, pero sí cómo lo hacíamos. Al principio, siempre de la mano, luego solo para cruzar la calle, después solo para cruzar la avenida, y llegó un momento en el que solo estábamos uno al lado del otro. Creo que ahí fue cuando empecé a despedir a un Joaco niño para darle la bienvenido a un hijo un poquito más grande.

Las conversaciones habían cambiado también, ya hablábamos de fútbol, o, mejor dicho, yo escuchaba, y él me contaba, ya no me pedía una golosina, sino plata para comprarse lo que él quisiera.

Hoy Joaco está en su último año de primaria. Todo para él es entusiasmo por lo que vendrá, y yo soy feliz porque así debe ser, pero debo reconocer que me cuesta ir despidiendo de a poco al niño que está dejando de ser.

Al principio, me quedaba en la puerta del colegio viendo cómo entraba, y nos saludábamos con la mano como si nos estuviésemos despidiendo por mucho tiempo. Después me daba un abrazo y entraba sin mirar hacia atrás; luego fue un beso rápido porque lo que realmente quería era estar con sus amigos; hasta que un día empezó a despedirse de mí con un beso cuando todavía faltaba una cuadra. No me hizo falta preguntarle el porqué, lo respeté, pero me dolió comenzar a sentir la distancia que, inevitable y saludablemente, se iba instalando entre nosotros.

Recuerdo un día que, caminando esas siete cuadras, me dijo Joaco:

—Mami, tienes que empezar a soltarme, yo podría ir solo al colegio.

—Todo a su tiempo —le contesté—, no hay apuro. Sin dudas, no lo había para mí, él tenía todo el apuro lógico de su edad.

Joaco no se resignaba fácilmente a un no y cada tanto volvía a decirme que quería ir solo al colegio.

Yo le daba mis motivos, que lo veía distraído, que aún no cruzaba del todo bien la calle, que se apuraba, y varios motivos más que un día descubrí que no eran ni más ni menos que excusas.

Joaco tenía razón, yo debía ir soltándole de a poco la mano, pero me costaba. Sin dudas, era mía la necesidad de llevarlo al colegio, era mía la necesidad de sentir que todavía tenía que hacerlo.

No es fácil desprenderse de la infancia de nuestros hijos, saber que pasamos de tenerlos a upa a darles la mano, más tarde, a estar a su lado y luego a esperar que vuelvan porque se han ido sin nosotros.

Él tenía que aprender a manejarse solo, y yo tenía que enseñarle a hacerlo. Es difícil enseñarles a los hijos a valerse por sí mismos, ya que significa soltarles un poquito la mano, y nos morimos de miedo de que algo les suceda.
Me di cuenta de que el aprendizaje era para ambos, con la diferencia de que él lo vivía con ansiedad y entusiasmo, y yo con temor y nostalgia.

Un día decidí desandar las siete cuadras y le propuse a Joaco acompañarlo seis, a los pocos días, cinco, luego cuatro, tres, hasta que llegó el momento en el que solo salió de casa y solito llegó al colegio. No olvidaré la expresión de su rostro al despedirse de mí, me dio un beso largo, me abrazó, me dijo un hermoso gracias al oído y se fue llevándose con él una parte importante de mi vida.
Siete cuadras no es una gran distancia, sin embargo, para mí fue un gran recorrido, el de la infancia de mi hijo. En general, los cambios grandes de la vida suelen anunciarse con pequeñas señales, nada grandilocuentes, que solo el alma capta desde el principio.

Mi hijo ya no camina esas siete cuadras conmigo, no le hace falta un chupetín ni que le haga upa, y, si bien me cuesta aceptar que me necesita, cada vez, un poquito menos, soy feliz por haberlo acompañado en el primer trayecto de su corta vida. De eso también se trata la vida.

De todos modos, aunque no sea de mi mano, él camina esas siete cuadras y caminará todo el resto de su camino con el amor infinito que siento por él, y así será por siempre, no importa cuántas “cuadras” la vida nos separe.

AUTOR:  LIANA CASTELLO ( argentina )

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