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La rueda

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La rueda

Mensaje por ana maria el Dom 08 Jun 2014, 16:18

LA  RUEDA


Una mañana de frío y sol, de esas que amo, estaba sentada en el colectivo, y, frente a mí, se había sentado una anciana a quien acompañaba un hombre joven, presumí yo que era su hijo.

La anciana llevaba un bastón de los que tienen tres pequeñas patas, pero aun así se tomaba con fuerza ─la que podía─ del brazo del hombre.

No pude evitar mirarla y ver en ella una fragilidad que me conmovió. La anciana se aferraba con una mano a su bastón y con la otra a su hijo. Cierto es que el movimiento de un colectivo no ofrece estabilidad, pero yo sentí que esa mujer se sentía insegura, frágil e inestable todo el día y todos los días.

Me produjo una infinita piedad contemplar esa imagen, ella tan frágil, él tan seguro, ella mucho mayor que él y pareciendo tanto más pequeña. De pronto, la anciana habló y, con voz temblorosa y una mirada muy dulce, le dijo a su hijo:

─Es que yo contigo me siento más segura, ¿sabes? ─Casi como justificando que su mano no le soltara el brazo. Fue más una disculpa que un comentario.
Él asintió con la cabeza, y yo, mientras intentaba, sin mucho éxito, contener el llanto, comencé a pensar en cómo la vida se asemeja a una rueda.

Esa mujer hoy anciana, insegura, con un bastón y su hijo sujetando su mano, durante mucho tiempo, sostuvo a ese hombre. Ese hombre hoy adulto fue, en algún momento, un bebé indefenso y frágil. Ella cuidó de él, y ahora él cuida de ella.

Imaginé cómo habría sido la vida de esa mujer que, seguramente, en muchos puntos es igual a la de cualquier madre o padre. Parió a su hijo, lo cuidó, lo amó, no durmió por él, le enseñó a caminar, las primeras letras, lo ayudó a aprender a andar en bicicleta. Luego compartió sus estudios, celebró sus éxitos y se entristeció con sus derrotas. Contuvo sus lágrimas, escuchó su llanto, consoló su corazón. Lo albergó y también lo dejó libre. Le dio las herramientas para que ese pequeño fuese el hombre que hoy estaba parado junto a ella, sosteniendo su fragilidad.

Es conmovedor ver cómo, a medida que pasa el tiempo, todo se va transformando hasta llegar un momento en el que todo es similar al principio.

El comienzo de una vida, por paradójico que resulte, tiene algo de parecido al final. Tanto en un estadio, como en el otro, dependemos de aquellos que nos aman y no solo de sus cuidados, sino también del amor que nos prodiguen.

Cuando somos pequeños, nuestros padres nos toman de la mano y, tanto literalmente como metafóricamente, nos enseñan a caminar por la vida. Cuando somos ancianos, también nos toman de la mano, esta vez, para ayudarnos y guiarnos.

De niños, nuestros padres son como héroes que todo lo pueden, y los observamos con amor y con admiración sabiendo que nos protegen y nos defienden. Al transcurrir los años, esos héroes van envejeciendo y necesitan que los protejan  y defiendan aquellos a quienes ellos formaron y cuidaron.

El paso poco firme, el temor, en algunos casos, el no poder valerse por uno mismo, son puntos en común entre la niñez y la vejez. En el principio de nuestras vidas, como al final del camino, necesitamos imperiosamente de quienes están a nuestro lado.

Mis ojos no pudieron dejar de mirar a la anciana hasta que, con mucha dificultad, bajó del colectivo. La perdí de vista, pero en mis pensamientos quedaron ella, su hijo, su bastón, la vejez, la juventud, el temblor y la seguridad también.

Sin dudas, la vida se parece mucho a una rueda, y, en cada tramo de su recorrido, estoy segura, no hay otro impulso para hacerla rodar que el amor.
AUTOR:  LIANA CASTELLO  ( argentina )



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