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El refugio

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El refugio

Mensaje por ana maria el Dom 08 Jun 2014, 16:20

EL   REFUGIO


Los lunes se había establecido una hermosa costumbre entre un grupo de mujeres, cuyos hijos asistían al mismo curso. Cada lunes, antes de la hora de salida, las mujeres se reunían a charlar en un café situado en la esquina del colegio.

No todas eran amigas, pero mantenían una relación cordial y armoniosa. Cada lunes charlaban no solo de sus hijos y del colegio, sino también de sus propias vidas.

Había una mujer llamada Silvia, cuyos relatos provocaban en Julia una fascinación especial. Silvia siempre hablaba de su familia. Contaba que tenía cuatro hermanos con los que se llevaba muy bien, muchos sobrinos, cuñados, suegro, madre, en resumen, una gran familia.

Julia no estaba acostumbrada a escuchar que una gran familia se llevase tan bien, que se divirtiesen juntos grandes y chicos, jóvenes y niños. Algo en los relatos de Silvia conmovía el corazón de Julia.

Silvia contaba que solía reunir a todos los suyos, que eran muchos, en su casa en las afueras de la ciudad. Su sonrisa al narrarlo y la expresión de sus ojos daban una clara señal de que esos encuentros tenían una magia especial, una magia que a ella y a los suyos los hacía muy felices.

Aun en los peores momentos, esa gran familia seguía reuniéndose en aquella casa de campo que para Julia se había convertido en un lugar encantado.

Para Julia esa casa que no conocía era un lugar muy cálido, donde se respiraba amor, risas, consuelo, calidez, fraternidad. La imaginó de ladrillos, techo de tejas, puertas y ventanas de madera con bellas cortinitas decoradas con flores.
Estaba segura de que allí había un hogar con leños, alrededor del cual esa familia se cobijaría en invierno, sillones grandes, alfombras tibias, luces de colores. Sí, sin dudas, esa casa tenía que ser de esa manera.

Para Julia esa era la imagen de un refugio, algo similar a las casitas de los cuentos que leíamos de pequeños, casitas donde los personajes se sentían seguros, a salvo de todo lo malo.

Una tarde Silvia propuso a las demás mujeres pasar un domingo en aquella casa, y Julia no podía creer que, finalmente, fuese a conocer ese acogedor refugio.

Ese domingo y a medida que se iba acercando a la casa de campo, Julia pensó que había equivocado el camino, pues el aspecto de la casa en nada se parecía a lo que ella había imaginado.

La casa era la correcta, no había error, y un halo de desilusión se instaló en ella. De afuera, era de forma cuadrada. No había madera, ni techos de tejas, se veía muy moderna, “demasiado”, pensó Julia. Cuando entró, corroboró que una cosa era lo que ella había ideado, y otra muy distinta la realidad. No había cortinitas con flores, ni cálidas alfombras, ni madera. La casa era hermosa, por cierto, pero en ella prevalecían los colores fríos, el metal, el vidrio.

¿Por qué se había equivocado tanto? ¿Cómo podía ser que esa casa –en apariencia fría– pudiese ser tan cálida? ¿Dónde se cobijaba esa familia?

Con el correr de la tarde, Julia se dio cuenta de su ingenuidad. Silvia los había recibido con esa misma calidez que se transmitía de sus relatos. Había sido un día espléndido, donde todos se habían sentido como en casa porque así los habían hecho sentir.

Julia pudo sentir, aunque fuese por una tarde, lo que era estar en ese hogar. Entendió entonces cómo debía sentirse esa familia que usaba esa casa como un gran refugio de amor.

Su imaginación le había hecho trampa, como cuando se es niño y se hace trampa en algún juego para ganar. Su memoria infantil, esa que en algún lugar todos tenemos, le había hecho pensar que esa casa no podía ser sino como la de los cuentos.

Se río de sí misma y de ese pensamiento infantil. Supo, como todos sabemos o deberíamos saber, que los refugios no se construyen con ladrillos y cortinas, que están en el alma. Que los lugares cálidos, de amor y de consuelo, los hacen las personas, no las paredes ni los techos. Que no hay hogar a leños cuyo calor se compare con el del corazón.

Sintió –en lo profundo de su corazón– que los verdaderos refugios pueden estar en cualquier lugar y ser de cualquier modo. Solo basta con que en ellos estén los seres que amamos y que le dan a ese refugio su razón de ser.

AUTOR:   LIANA CASTELLO  ( argentina )

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