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A través de la pared.

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A través de la pared.

Mensaje por ana maria el Sáb 19 Oct 2013, 02:19

A través de la pared.




El piano Luis Cernuda
A través de la pared Lorenzo tocaba el piano con la tranquilidad con la que cae la nieve, improvisando un acompañamiento de tonos menores, como si quisiera reflejar en aquellos acordes su propia soledad adolescente junto al gris de la tarde de Octubre, que podía verse caer a lejos a través de la ventana de su cuarto.
La música que abrazaba el aire de la habitación y el alma de Lorenzo, resguardada siempre en las notas más graves del piano, atravesaba las paredes, llegando como se da la mañana sobre los campos, al piso de arriba, donde vivía Luz.

Como cada vez que Lorenzo se sentaba al piano y comenzaba a tocar, Luz dejaba todo cuando estuviera haciendo, y corría como una niña a cerrar la puerta de su cuarto para sentarse a escuchar tocar a Lorenzo, pegando el oído derecho a la fría y blanca pared, sonriendo como quien pudiese comprender la magia.
De la misma forma que Lorenzo refugiaba su alma en aquella música, sin saberlo, cubría a Luz de sensaciones desconocidas para ella misma, que parecían hablarle del color oscuro de la noche, del porqué de la luz de las estrellas y la clave de un secreto impronunciable que no compartía la naturaleza de las palabras.

¿Qué clase de criatura era capaz de hacer sonar una música tan hermosa, tan sobrecogedora? A Luz le resultaba increíble que aquellas armonías tuvieran su origen en las manos de un ser humano. Jamás había visto a Lorenzo en persona, conocía su nombre por la etiqueta del buzón del portal. Al parecer vivía solo con su madre o con una tía suya, el apellido de un hombre desconocido acompañaba al nombre del chico, y luego sí, coincidía el Rodríguez con el Rodríguez de la mujer de la etiqueta, de lo que Luz dedujo que a lo mejor él vivía con una tía suya…

Cuántas veces había mirado su nombre tallado en la dorada etiqueta del buzón, pronunciándolo en una voz imperceptible al pasar como el ruido que hace quien come un caramelo. Lorenzo andaba cerca de cumplir los diecisiete años, y desde muy pequeño, como decía él, había perdido las tardes enteras en el conservatorio.

Mientras los demás niños bajaban a jugar al parque con sus madres o sus niñeras, él los miraba de camino a las clases de solfeo y de piano, que se impartían en los locales de un antiguo centro comercial con las columnas oxidadas por el paso de los años y los veranos al sol.
En lugar de bajar a la calle con un balón de fútbol desconchado y descosido dando saltos y gritos, él abrazaba la negra carpeta de cuero donde guardaba las partituras, caminando deprisa con dirección al conservatorio.

Carpeta que durante el invierno, cuando se enfriaba por el camino, utilizaba para refrescar sus mejillas durante el estudio de alguna pieza complicada. Lorenzo, en el fondo, no envidiaba para nada al resto de los niños, pues cuando dejaba atrás la calle y los parques entrando a sus clases de piano, su corazón latía de alegría entremezclándose con la música de los violines y las violas, las mandolinas y las guitarras, que se enseñaba en las aulas de al lado y que él atravesaba sonriendo, como si atravesara descalzo un bosque de belleza, hasta llegar a la sala del piano blanco donde le esperaba Don Diego, su profesor de música.

Lorenzo tenía la suerte o la desgracia de ser el único alumno del pequeño conservatorio que se había especializado en piano. Don Diego tenía muchas esperanzas puestas en él, y tanto era así, que le exigía mucho más a Lorenzo que al resto de sus alumnos, preparándole para conciertos y certámenes. El chico tenía un talento innato para predecir las secuencias de acordes y las melodías, de manera que aprendía más rápido que el resto de los niños de su edad.


Apenas dio en total dos o tres de solfeo y armonía, lo que para otros niños era un proceso complicado y aburrido a través de los años, para él era un proceso lógico y natural. Otra cosa era sentarse al piano y ejecutar lo escrito en los pentagramas, para eso estaba Don Diego con él cinco horas diarias.

De cuatro de la tarde a nueve de la noche, con dos descansos de quince minutos para tomar un batido, una chocolatina o el bocata que se hubiera traído de casa. Don Diego era la persona que más tiempo había pasado junto a Lorenzo, lo conocía y lo quería como si fuera un hijo propio, lo había visto crecer frente al piano blanco y muchas tardes, viéndolo concentrado estudiando las distintas partes de una pieza de Bach o de Beethoven, pensaba en el día en que no tuviera que darle más clases, y miraba al fondo de la pared del aula como si ya pudiera sentirse solo.

Toda la belleza y sensibilidad que era capaz de transmitir Lorenzo sentado al piano, se terminaba al levantarse de él, pues Lorenzo desde siempre había sido un niño desprovisto de cualquier hermosura física.


Última edición por ana maria el Sáb 19 Oct 2013, 12:48, editado 1 vez
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A través de la pared.

Mensaje por ana maria el Sáb 19 Oct 2013, 02:23

Todo en él era desmesuradamente desproporcionado, tenía las piernas cortas y los brazos largos, las orejas grandes y los ojos pequeños acompañados o, siendo fiel a la verdad, mal acompañados por unas enormes cejas. Una nariz mínima daba lugar a una boca inmensa de dientes torcidos, y su pelo, su pelo era de esa naturaleza inlavable y grasa, a ratos lisa y a ratos rizada que le daba un aire de recién levantado a todas horas. Nunca aprendió bien a caminar, parecía que se le fueran a desmontar los huesos cada vez que daba un paso, era como si siempre fuera con prisa y de puntillas. Los adultos, como la joven secretaria del conservatorio detrás de su enorme mesa de madera, lo miraban con lástima, y los niños no habían cesado un solo día de reírse a costa suya, tanto era así que en el colegio nunca le llamaron por su nombre, si no que directamente le decían El feo.

Nunca le invitaron a un cumpleaños, ni trabó más amistad que con Don Diego, si pasaba por un pasillo despertaba las risas y los dedos índices de los demás y con los años, acabó por refugiarse tanto en sus estudios de música, que muchas mañanas desaparecía de las clases de instituto sin decir una palabra, para encerrarse con tal o cual obra de Schumann o de Schubert en su habitación, que en ese momento le hubieran venido a la memoria.

–Lorenzo, deberías salir un poco, por lo menos a que te diera el aire. No tiene que ser bueno pasar tanto tiempo encerrado en la habitación con el piano, me tienes preocupada–le decía siempre Emilia, su tía, antes de servirle la comida.

– ¿Adónde y con quién? Tía. Soy feo, sé realista, nadie quiere ir por la calle con un feo–respondía Lorenzo como cada día.

–Pues conmigo mismamente, Lorenzo–le respondía ella.

– ¿Para qué? ¿Para que veas cómo se ríen de mí y me dé todavía más vergüenza porque vienes tú? No hace falta, son muchos años ya aguantando insultos, risas y caras de asco. Ya, si te digo la verdad, ni me molestan, todo el mundo es igual en el fondo. Si yo fuera más guapo, seguramente me reiría de mí también. La música es el único lugar donde puedo ser yo mismo, al piano le da igual quien lo toque.

–Yo lo que no quiero es que tú estés mal, ya lo sabes. De todas formas yo no te veo tan feo–decía Emilia girando la cabeza, como renegando de toda la gente que se metía con Lorenzo.

–Será que estás acostumbrada, como los que trabajan haciendo autopsias.

–No exageres, anda y come algo. Yo me tengo que ir a trabajar en un rato, ¿quieres que te traiga algo de la calle?

–Las partituras que necesito las tengo en casa.

–Me refería a si te hace falta algo más.

– ¿Una careta? A veces creo que mis padres se mataron en aquel coche por no verme más la cara.

– ¡Lorenzo, por favor!

Luz seguía sentada con la cabeza pegada a la pared como quien escucha una conversación secreta, dejando que la música hilvanase sus pensamientos inconscientemente. Un sentimiento de melancolía viajaba desde el corazón de Lorenzo a sus manos, de sus manos al piano, del piano a las paredes, de las paredes al oído de Luz, y en su interior, Luz sentía que recordaba sin lograr asociar una sola imagen a aquellas sensaciones, como un niño que cerrase los ojos al sol e inundase de rojo su mirada.

Amaba aquella música, aquella forma de tocar y de convertir el tiempo y el espacio en una construcción hermosa y perceptible. Si Lorenzo aceleraba los arpegios del acompañamiento con su mano izquierda, Luz creía sentir que se le elevaba el alma, y si alguna nota aguda daba respuesta a las notas graves, era para ella como si pudiese llover sobre su corazón, como llovía aquella tarde sobre la ciudad. La música era una cuerda invisible que unía a ambos cuerpos, y los mantenía juntos en una compañía ausente.

Lorenzo hablaba consigo mismo a través de la música, construía un refugio para todo aquello que no podía ser, y como un escultor talla una columna, él buscaba a través de las notas la propia tranquilidad de su ser. Cada tarde al piano era una conjunción de todos los años anteriores, su memoria recogía las voces de otras piezas y enlazaba unas con otras, del mismo modo que las ramas de enredadera suben trepando por los muros Como si los conocieran de antemano. Así se iba perdiendo de Chopin a Albéniz, de Tschaikovsky al maestro Rodrigo, con una cadencia propia, como el verde de los prados a la paleta de un pintor. Cuando cesaba la música, Luz se quedaba todavía un rato con la cabeza contra la pared, como quien no cesa de aplaudir en el teatro para que no termine la función. Al separarse de la pared, acariciaba con la mano el muro caliente, y se imaginaba a Lorenzo al otro lado del suelo.

]¡Qué maravilla poder tocar así! ¡Poder decirse de aquella forma! Si pudiera conocerlo… El mero hecho de imaginarse llamando al timbre de la puerta de la casa donde vivía Lorenzo ruborizaba a Luz repentinamente, y ponía en sus ojos un temblor de emoción y de miedo, como el de aquellas personas que conocen a sus ídolos. Tras la música el silencio se tornaba pesado rodeando a Lorenzo.

Él miraba el reflejo de su rostro en la tapa del piano, apoyando ambas manos contra la tapa, como si cerrase el ataúd de una persona a la que hubiera querido mucho. Pensaba a diario en sus padres, aunque nunca se lo decía a su tía Emilia. Apenas recordaba sus rostros, pero era capaz en su interior de reproducir sus voces con la mayor de las claridades.

La voz de su madre llamándole a lo lejos de un pasillo, el ¿Hay alguien en casa? con el que su padre adornaba cómicamente su llegada del trabajo… Mucho peor para Lorenzo que saberse feo, era en su pecho la palabra huérfano. Muchas noches soñaba con aquella palabra, ora le obligaban a repetirla para escapar de un sitio, ora alguien le hacía rellenar formularios donde siempre tenía que escribir huérfano de padre y madre. La tarde que ocurrió el accidente él tenía seis años, un soleado día del mes de Junio, la luz del sol cegando los ojos de su padre y un camión de bomberos que no debía de estar en aquel lugar. Un estruendo acabó con la vida de la pareja.
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Mensaje por ana maria el Sáb 19 Oct 2013, 02:25

Nadie fue a buscarle al conservatorio, pasó la noche en casa de Don Diego, hasta que su tía pasó a buscarlo al día siguiente, para siempre el día siguiente. Aquella mañana no fue al colegio, aquella mañana no fue al colegio pero hubiera preferido ir.

–¿Dónde están mamá y papá? ¿Por qué no vinieron a buscarme ayer? Tita dime algo, ¿por qué lloras?

–Eres un chico muy inteligente, Lorenzo, sé que algún día me perdonarás lo que hoy voy a decirte. Prefiero que lo sepas a mentirte. ¿Verdad?–dijo Emilia abrazando al niño contra su pecho.

– ¿Qué pasa tita, por qué me abrazas así? Dime ya qué pasa.

–Tus padres no van a poder irte a buscar más, Lorenzo–dijo Emilia tras guardar un momento de silencio.

–Pero, ¿por qué?

–Ayer. Ayer cuando iban de camino a casa después de comprar tuvieron un accidente con el coche, y… Y… Y…

– ¿Y les ha pasado algo? ¿Qué les ha pasado?

–Han fallecido, hijo mío.

– ¿Qué es fallecer?–preguntó Lorenzo clavando la mirada a Emilia con preocupación.

–Fallecer es morir, Lorenzo. Los dos han muerto, los dos juntos, fíjate si se querían. Los dos…–dijo Emilia estallando de dolor y abrazándolo tan fuerte que lo asustó, tanto que era incapaz de asimilar lo que le había dicho su tía, viéndola en aquel estado y sintiéndose tan violentamente estrechado.

–Tita, no llores, no pasa nada.

Lorenzo había aprendido a vivir solo en compañía de su tía, que gastó casi todos sus ahorros y la herencia de sus padres en comprarle el mejor piano que vendían en la ciudad, un Steinway traído de Alemania, de la ciudad de Hamburgo. Había pasado tantas tardes de fin de semana solo, estudiando música, mirando desde la habitación por la ventana de su cuarto, leyendo biografías de músicos y libros de teoría musical, que no se recordaba a sí mismo haciendo otra cosa.

Lorenzo no podía concebir un día de su vida sin música, sería sencillo decir que la música era todo para él.La música era su familia, la pasión de su vida, algo tan natural y tan necesario como respirar o dormir a diario.
Una necesidad vital enquistada tan dentro de sí mismo, que en ocasiones pensaba que de no haber existido la música nunca, él hubiera sido incapaz de haber tenido algo que hacer en el mundo. Había alcanzado la capacidad de visualizar el ritmo, y de encontrar en la forma de los objetos una armonía melódica que trasladaba al piano, de manera que dependiendo de lo que viera desde su ventana, interpretaba unos u otros fragmentos de música improvisados que retrataban los instantes. Si en la calle de abajo los coches aparecían atascados ante un semáforo, él interpretaba una melodía pesada y tediosa, que en su imaginación tiznaba del mismo color rojo que la luz que detenía a los conductores.

Si pasaban niños corriendo, ejecutaba una alegre melodía aguda, como de caja de música acelerada, que era capaz de hacer sonreír a la persona más seria del mundo. Nunca escribía estas músicas, si no que las visualizaba interiormente y las trasladaba al piano, lo mismo que un pájaro transforma el aire que respira en canto. Habría de inventarse un nuevo mito, como el de los Centauros, para explicar y comprender esta simbiosis entre Lorenzo y su piano. Luz era también joven, acababa de cumplir dieciséis años, y adoraba la música porque nunca había conseguido comprender cómo se tocaba un instrumento.

Sus numerosos intentos a través de los años fueron en vano, para ella la música era un jeroglífico indescifrable y al mismo tiempo hermoso, como quien escucha un idioma que no conoce y sin embargo le resulta agradable y armónico a su conciencia. La joven yacía tumbada boca arriba en la cama, con la mirada luchando contra su propio miedo, intentando convencerse de bajar a ver a Lorenzo, tratando de hallar la excusa más convincente y mejor argumentada que le permitiera conocerlo, ver su habitación y el maravilloso piano que hacía sonar. Pero qué decirle si él abriese la puerta.
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Mensaje por ana maria el Sáb 19 Oct 2013, 02:27

–Está bien, puedes sentarte donde quieras. Tienes la mecedora y la cama–dijo Lorenzo señalando con el dorso de la mano.

–No, no. Prefiero quedarme de pie y verte las manos.

–Como prefieras. Lorenzo colocó las partituras en el atril del piano y encendió una agradable lamparilla del techo, que iluminaba los papeles como la luz de los museos a los cuadros importantes.

–La canción es muy fácil, pero es bonita, muy bonita. Me gusta esta parte–dijo Lorenzo señalando con el índice en la mitad de un pentagrama.

–¿Cual? No sé lo que estás señalando, no entiendo las notas de música.

–La parte de aquí abajo, estas notas donde pone However far away, I will always love you encajan perfectamente en los acordes, y no tiene casi nada que ver con lo anterior rítmicamente–dijo Lorenzo pulsando las notas en el piano.

–Pues si no la tocas entera, no me entero muy bien, de lo que me quieres decir.

–Vale, la vuelvo a leer y ahora mismo la toco entera.

Luz miraba de pie el ordenadísimo cuarto de Lorenzo, apenas se veía el blanco de las paredes al otro lado de las estanterías llenas de libros de armonía musical, biografías y colecciones de partituras musicales.
La lluvia, que se había desatado fuera de la habitación por el cielo, comenzaba a chocar contra los cristales de la ventana resbalando lentamente.
Lorenzo tocó los primeros acordes de la canción, y el sonido del piano resultó tan hermoso para Luz que dio un paso acercándose sin querer hacia el instrumento, algo en ella no se terminaba de creer que fuese tan fácil emocionarse, sólo con escuchar pulsar las teclas de aquel enorme mueble ante el que se sentaba Lorenzo.
Él tocaba la canción de una forma desconocida, mucho más lenta de lo que era en realidad, añadiendo muchísimas notas de acompañamiento a los acordes, con la libertad del que recuerda por primera vez, como si hablase una persona enamorada un minuto después de estarlo. Luz se asomaba a través de los hombros de Lorenzo, mirando viajar las manos de un lado con un tipo de incomprensión en la mirada de la que sólo son capaces los niños ante la fantasía y la verdad de su conciencia inocente.

Llegó un momento durante la canción en el que Luz se olvidó de dónde estaba, de quién era, y se dejó rodear por la música como nos dejamos rodear el cuerpo cuando alguien nos abraza.

Se hizo un silencio hecho de música en el que sólo cabía la contemplación, y en el que toda la vida tenía sentido en sí misma dentro de esa contemplación, porque el tiempo se convertía en un lugar sin más espacio que el sonido de aquel maravilloso instrumento ocupándolo todo, como el sol ocupa el cielo en verano y la luna puede verse desde cualquier lugar del planeta.
Así era la música tocada por Lorenzo aquella tarde hasta que terminó de sonar, él giró el rostro y Luz regresó a la realidad.

–Qué bonito… Es increíble, Lorenzo. ¿Se puede aprender a tocar así? ¿Cómo? Eso no era la canción de The Cure, eso era otro mundo, no sé siquiera si puedo explicarlo.

–Tampoco es para tanto, es una canción muy fácil, por eso se puede adornar tan bien. Este piano es una locura, la persona que lo construyó es la que tiene mérito, una vez empiezas a tocarlo no quieres dejar de hacerlo sonar–dijo Lorenzo mirando el teclado.

–Por mucho piano que haya… Yo sería incapaz ni de dar dos notas seguidas como lo has hecho tú.

–Es cuestión de práctica y del tiempo que le dediques. Yo no he tenido otra cosa en mi vida, mírame. ¿Quién querría ser mi amigo con esta cara y este cuerpo deforme?–dijo Lorenzo girándose estirando los brazos, mientras miraba a Luz.

–No exageres.

–No exagero Luz, eres la primera persona que se ha atrevido a entrar en mi casa, e incluso a permanecer conmigo más de cinco minutos sin reírse de mi aspecto, sin hacer un chiste un fácil. Si a ti la música te ha hecho sentir que era algo increíble, para mí es algo increíble que alguien como tú se atreva a bajar los escalones que separan tu casa de la mía y después de verme, tener el valor de no salir corriendo a carcajadas, como habría hecho cualquiera. Tal es el poder que tiene la música, que hace que personas como tú puedan imaginarme más guapo de lo que era, daría mi vida por convertirme en la persona que dibujaste en tus pensamientos–dijo Lorenzo comenzando a sollozar de una manera tan lastimosa y desagradable, que Luz se retiró hacia el marco de la puerta de la habitación.

–Lo siento Lorenzo. Siento haber bajado, no quería hacerte sentir mal. Sólo quería conocer a la persona capaz de tocar así el piano debajo de mi casa, y que me ha mantenido tantas tardes pegada a la pared de mi habitación, sólo por escucharle.

–Conmigo es todo mejor de lejos.

–Me voy, Lorenzo, ha sido un placer de verdad… No tienes por qué llorar.

Luz dejó llorando a Lorenzo en la habitación sin saber qué decir, sentía que había herido a Lorenzo de algún modo al haber bajado allí y haber entrado en su mundo del mismo modo que las mujeres pueblan los sueños de los hombres. No quería despedirse de él dándole dos besos, o viendo como las lágrimas resbalaban irregularmente por su irregular rostro.

–¡Antes de irte déjame darte una cosa!–dijo Lorenzo levantándose.

–¿Qué? ¿Qué quieres darme?

–Espera un momento, no dés la luz, no hace falta que me veas así.

Luz escuchó como Lorenzo abría un cajón y apartaba cosas dentro de él, mientras esperaba a oscuras en el pasillo, a medio camino de la habitación de Lorenzo y del piano y la puerta de la calle. Lorenzo se acercó despacio para no chocarse con ella en la oscuridad, la luz de las farolas de la calle se colaba lo suficiente por entre las ventanas como para dibujar y hacer perceptibles las siluetas de sus cuerpos.

–Toma, quiero que te lo quedes tú–dijo Lorenzo estirando el brazo, dándole a Luz una cajita de metal.

–¿Qué es?

–Es una cajita de música, por si alguna vez sientes sola. Yo tengo otra, es exactamente igual que ésta. Siempre me ha ayudado a animarme. ¿Conoces la melodía?–dijo Lorenzo abriendo la cajita de música.

–Conozco la melodía, pero no el nombre. Soy una inculta musical, perdóname.

–No pasa nada–dijo Lorenzo riéndose–la canción se llama Aire en una cuerda de Sol y la compuso un hombre que se llamaba Bach.

–Conocía la música, y conozco el nombre del compositor, no sabía que era suya. Es muy relajante, es verdad…Gracias.

Luz cerró el regalo de Lorenzo, lo guardó en un bolsillo del pantalón y se marchó de la casa tan rápido, que él se quedó con la mano estirada en la oscuridad. Cuando la puerta terminó de cerrarse, Lorenzo todavía sentía el calor que había dejado la ausencia del objeto sobre su mano y como el perfume de Luz volaba presente en el aire de la casa.
La lluvia caía contra los cristales, golpeándolos suavemente, casi de pasada arrastrada por el viento, Lorenzo no podía moverse pensando en Luz, y parecía que cada gota y cada golpe eran capaces de detener el tiempo en una infinita e inusitada felicidad.

Luz subió los escalones de dos en dos, de tres en tres, como si de repente llegara tarde a su casa. Cuando entró, su madre dormía en el salón acurrucada en la manta, y su padre terminaba de ver abstraído la película en silencio. Pasó sin saludar hasta su cuarto, una vez allí se sentó en la cama y cogió la cajita de música en sus manos sin abrirla. Miraba el cerrado cuadrado de metal girándolo entre los dedos, algo en ella no se atrevía a abrirlo de nuevo. Estaba completamente decepcionada con la visita a la casa de Lorenzo, nunca se hubiera imaginado que aquella música que hacía a su alma suspirar de veneración y de amor hacia lo desconocido, provenía de una persona tan fea y desgraciada. Era imposible encontrar en Lorenzo otra belleza que no fuera la música de su piano, era desagradable como un hedor, como una mancha en una pared blanca o un dolor de cabeza.

Luz se recriminaba a sí misma aquellas sensaciones. Siempre había detestado a las personas que juzgaban a la gente por su físico de una forma superficial, pero la presencia de Lorenzo se había tornado insoportable a su imaginación, tanto que comenzó a arrepentirse de haber pasado tanto tiempo albergando una esperanza indescriptible, parecida a las ganas de amar en su interior, por una persona tan sumamente desagraciada y físicamente obscena.

Se imaginaba a sí misma escuchando a través de la pared año tras año, y una vergüenza hecha de horas se transformaba en decepción y se apoderaba del interior de su pecho. Sólo la lluvia calmaba al otro lado de la habitación aquellas sensaciones, como si pudiera limpiar su entristecida alma, llevándose todo aquel tiempo perdido. La música que había sido hermosa todo aquel tiempo, ¡tan hermosa con el Lorenzo que ella había construído en sus pensamientos! Ahora, como él había advertido antes de abrir la puerta, carecía de sentido como un cuadro tirado en mitad de un bosque y manchado por el barro…

Decidió olvidarlo, olvidarse de todo lo que tuviera que ver con él, no volver a salir corriendo y ponerse a escuchar cada vez que se oyese el magnífico piano al otro lado. Pidió permiso a sus padres al cabo de pocos días para cambiar la ubicación de su cuarto en la casa, y así no tener la música tan cerca, ni escuchar las cosas que hacía Lorenzo al otro lado del suelo.
Una tarde, al salir del instituto, tiró la cajita de música abierta a una papelera y la dejó sonando mientras se alejaban sus pasos. La música hacía eco en la papelera. Nunca, nunca jamás volvió a mirar la etiqueta dorada del buzón, como si aquello pudiera desasir de sí misma la vergüenza en el interior de su pecho.

Lorenzo, sin embargo, nunca olvidó aquella tarde. La guardó en sí mismo llenándola de intimidad y de silencio, no le contó a nadie lo que había sucedido, ni tan siquiera a su tía Emilia o a Don Diego les soltó ni por asomo prenda alguna sobre la visita de Luz. La margarita en la camiseta morada, la canción del grupo desconocido y los zapatos asomando al final del pantalón… Todo se quedó dentro de él, era un secreto que le infundía fuerza y valor para seguir estudiando piano, para perfeccionar su forma de sentir y la capacidad de llegar con su música a infundir sentimientos en las personas. Del mismo modo que hay gente que cuelga fotos de sus ídolos en las paredes, Lorenzo recordaba aquella tarde para sentirse mejor, ante algo digno de admiración.

Pasaron los años después de aquella tarde de Octubre. Luz comenzó a estudiar medicina en la universidad tras repetir un curso en el instituto, y Lorenzo se convirtió con el tiempo en un pianista de renombre, europeamente conocido, llevando su arte de un país a otro, de hotel en hotel y de avión en avión. Ya no sonaba más el Steinway debajo de la casa de Luz. Emilia y Don Diego dejaron sus trabajos mal pagados para ocupar el lugar de representantes artísticos del chico, si es que puede llamarse así a lo que hacían. Nadie mejor que ellos podían velar por los intereses de Lorenzo Emilia nunca podría haberse hecho cargo ella sola de los contratos internacionales y sus numerosas claúsulas, mientras que Don Diego, con amplias nociones de francés, suficientes de inglés y algunas de italiano, se las agenciaba para que el joven recibiera siempre honorarios más que de sobra por sus actuaciones.

Lorenzo seguía siendo el mismo, despertaba admiración con su música y repugnancia con su físico por partes iguales allá por donde iba. Únicamente una etrusca barba conseguía darle algo de hombría y respeto a su rostro, a la par que disimulaba los defectos faciales, mejorando las fotos que anunciaban sus recitales.
En los teatros solían alejarle lo máximo posible del público en el escenario, o incluso ponerle a tocar de espaldas, con la excusa de un espectáculo moderno que acercase la visión de las manos, y que en el fondo realmente sólo tenía la intención de ocultar su aspecto. Tener cerca a Don Diego ayudaba a Lorenzo a no perder su propio norte artístico, y a seguir profundizando en el estudio musical y la incipiente composición de sus propias piezas. Tanto Emilia como Don Diego sacrificaron su tiempo y con él sus vidas, en pos de su carrera musical. Una tarde, caminando tras un concierto por las calles de Viena, cansado de tanto recital y tantos viajes y hoteles Lorenzo se dirigió tímidamente a Don Diego:

–Hoy estoy realmente cansado.

–Se nota, hoy tocabas mecánicamente, como si la música no fuera contigo. ¿Quieres decirme algo?–dijo Don Diego parando a Lorenzo, poniéndole una mano encima del hombro.

–Me gustaría regresar un tiempo a casa. Echo de menos mi piano, y las horas a solas en mi cuarto. ¿Podríamos organizar un concierto benéfico en A.?

–Tenemos cerrados dos contratos más, Lorenzo. Uno en Bratislava que está aquí al lado, y el otro en Milán en siete días. Si quieres, hablo con quien haga falta y pasamos todo el mes de Diciembre y las navidades allí, tocando no más de dos veces por semana. Así puedes descansar un poco más, también es duro para nosotros.

–No sé… Me parece bien eso de pasar las navidades allí. Creí que nunca iba a decir esto, pero echo de menos A.

–Es normal, al final somos animales y siempre echamos de menos el lugar de donde salimos. Te prometo organizar algo grande en A. Siempre hay asociaciones dispuestas a recibir algo de dinero, y montar un recital tuyo apenas cuesta el traslado del piano y la monitorización. Es hacerse con un piano, y si acaso poner un equipo de voces para amplificarte. No nos vendría mal a todos descansar un poco. No te preocupes, has hecho bien en decírmelo. La música es para disfrutar, y creo que la estás convirtiendo en una obligación dentro de ti.

–Tú mejor que nadie sabes que me encanta tocar, no se trata de la música, se trata de encontrarme conmigo mismo otra vez. Llevo tanto tiempo sin desayunar el mismo café, y sin dormir en la misma cama que me siento extraño. No soy tan nómada como creía.

–Déjalo en mis manos, Lorenzo. Te repito que has hecho bien en decírmelo. Vamos para el hotel, te vendrá bien descansar un poco. ¡Mira que es bonita también esta ciudad! Este edificio dentro del parque que ves aquí a la izquierda es el Museo de Historia del Arte, y el de enfrente que es igual, es el Museo de Ciencias Naturales.

–Viena tiene algo, se me parece tanto a Madrid que si no fuera por los rostros de las personas, a veces no sé si estoy en España o en Austria.

Hablando la una con la otra se perdían en la noche las figuras de Lorenzo y Don Diego, camino del repetido hotel donde se alojaban cada vez que iban a Viena y en el que la tía Emilia ya estaría durmiendo, preparando la maleta para el siguiente viaje o esperando sentada en unos de los sillones de la recepción ojeando una revista del corazón traída de España. Pasó Bratislava, pasó Milán y llegó la Navidad. Lorenzo se tiró directamente en la cama al llegar a casa, sin haber soltado siquiera la maleta del asa, exagerando su agotamiento.

Su conciencia recuperó el olor a estantería, a ventana húmeda y quietud de lámpara de flexo que habitaba su cuarto, y que para él tenía más valor que la mejor habitación de hotel del mundo. Quizás la verdadera identidad se construya al regresar a nosotros mismos y a los lugares donde hemos vivido, volviendo desde muy lejos, cuando nuestra única voluntad es la de permanecer en un espacio que amamos.

Lorenzo sentía pertenecer a un pequeño lugar dentro de un edificio, a una vieja colcha de cama y unos libros ordenadamente descolocados. No cambiaba aquella pequeña esquina del planeta, por el mejor teatro o el más efusivo de los aplausos del público que pagaba sus entradas para ir a verlo. Al fin y al cabo la música era para él su vida, y lo único que hacía al ponerla al descubierto en cada recital, no era si no recrear la soledad de una tarde de estudio en casa.

Dejando caer la maleta al suelo sintió liberarse del negocio en que se había convertido la música a su alrededor, de la venta de entradas, los posters y las entrevistas repetidas y manipuladas hasta la saciedad en los periódicos y en la radio.

–¿Qué hace la maleta ahí tirada? Venga y ponte a recogerla, no seas gandul. Luego coge un paño y pásaselo al piano, que no veas si ha cogido polvo en la habitación–dijo la tía Emilia, asomando de pasada las palabras mientras se dirigía a su cuarto.

–Ya voy, ya voy. Es que echaba de menos la cama.

Lorenzo deshizo la maleta, desempacándola despacio, colocando con mimo la ropa doblada en el armario; los calcetines en el cajón de la mesita de noche y las cosas del neceser sobre el lavabo del baño. Cogió un trapo y un espray limpiamuebles y se dedicó a quitar el polvo acumulado durante los meses al piano, también lenta y cuidadosamente, reteniendo dentro de sí mismo con alegría las ganas de ponerse a tocar. Aquel instrumento tenía un valor incalculable para él.
Era sólo un piano, pero para Lorenzo significaba mucho más: las horas de ensayo y aprendizaje, el tiempo en el que tocaba lo que quería tocar, la muerte de sus padres, la tarde en la que Luz se presentó en la puerta… Mientras limpiaba, pensaba en qué habría podido ser de aquella chica que bajó una vez hace tantos años a su casa, y que había cambiado su forma de ver el mundo y de entender la música para siempre. A lo mejor seguía viviendo en el piso de arriba, al otro lado del techo.

Podría ser también que se hubiera casado, o marchado a otra ciudad, que hubiera fallecido en un accidente de tráfico o ninguna de las cosas anteriores. Ella no volvió desde entonces, desde aquella mágica tarde. Lorenzo sabía que en el fondo que ella no había vuelto debido a su fealdad, era imposible que alguien que no tuviera un vínculo familiar, de afecto obligado o admiración mutua como el que se desarrolla entre un alumno y un maestro, regresara para conocerle y pasar horas junto a él.

La vida de Luz era una de esas vidas repetidas: estudiante de medicina, con una primera relación sentimental estable que no sería la definitiva en su vida, eternamente preocupada por los créditos de su carrera y a un mismo tiempo desencantada en su propio interior, con esa inacabada sensación de vacío que rodea el alma durante la juventud, que es incapaz de abandonarnos durante toda la vida y que no se confesa a nadie, porque ni siquiera nosotros mismos somos capaces de comprender qué significa.

–No puede ser… Mira Carlos, va a haber un concierto de piano en la Capilla del O. ¿Sabes quién es el que toca?–dijo Luz deteniéndose por la calle, señalando con el dedo índice uno de los posters verdes que anunciaba el concierto de navidad de Lorenzo, en el que él salía de espaldas apoyando la mano derecha en un piano.

–¿Qué pasa? No sé quién es. Lorenzo Peña, pianista conocido internacionalmente… No me dice nada ese nombre.

–Pues es vecino mío, vive, o vivía debajo de mí. Cuando era una niña le oía tocar. Tocaba tan bien, que siempre que escuchaba la música acercaba mi oreja a la pared para poder oirle mejor. Hace ya un tiempo que no oigo el piano, ni sé nada de él.

–¿Lo conociste? O sólo le oías tocar.

–No. Lo típico que te cruzas por el portal, o que se saludan las madres–dijo Luz recordando la cajita de música en la papelera y que Lorenzo no tenía ya madre.

–Pues es al aire libre y es gratis, si quieres vamos a verlo. Es el sábado que viene, luego podemos dar una vuelta por ahí.

–Vale… Pero que si no quieres tampoco pasa nada. Lo único que recuerdo de él es que era más feo el pobre que un pie sin uñas o un frigorífico por detrás. Es más o menos de mi edad.


–No será para tanto…

–No, no. Créeme era horrible, te asustabas y todo al verlo. Se tiraba las horas muertas metido en casa, seguramente para que los demás niños no se rieran de él. Y siempre estaba con el piano.

–Pues mírale ahora. Ahí pone que ha tocado en un montón de sitios, ya ves, ganarse la vida tocando el piano… Debería estar prohibido.

–¿El qué debería estar prohibido? ¿Que te paguen por tocar el piano?

–¡Qué trabajo es ese! ¡Por Dios! Yo toda la vida haciendo churros los fines de semana con mi padre y por las tardes muelas para arriba y para abajo en el dentista, eso sí de Auxiliar. Porque no podré ser otra cosa en mi vida que auxiliar.
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ana maria
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