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Pimponcete el Terrible

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Pimponcete el Terrible

Mensaje por ana maria el Jue 25 Sep 2014, 02:31



Pimponcete el Terrible
Malupa Fontana Oter






Voy a contaros un chascarrillo muy simple y propio del tiempo en que sucedieron los hechos, era uno de los relatos favoritos de mi abuelo y de los mayores por diferentes motivos: al primero le apasionaba contar historietas bien reales o ficticias, a nuestros progenitoras solo les movía el afán de ver quietecita a su nutrida prole, mientras ellos se solazaban con largas siestas, interminables partidas de naipes, damas, ajedrez, tenis…, o cualquier otra ocupación ociosa que sirviera para matar el tedio propio de familias terratenientes, bien acomodadas, necias y engreídas que nunca tuvieron la necesidad de dar palo al agua.

A los chicos nos divertía mucho este relato del abuelo, a mis primas y hermanas también pero, fieles a un puritanismo ñoño de la época reprimían las risas escondiendo la boca tras las manos, bajando y subiendo la cabeza al tiempo que retorcían sus piernas sin acorde y otras tantas sandeces y muecas por el estilo.

Sucedió en un pueblo de no más de 300 habitantes; como en tantos otros, cada hijo de vecino, tenían su alias particular que normalmente respondía a alguna dote o carencia con que la providencia había distinguido al sujeto, en aquel lugar era tal el uso y abuso que se hacía del apodo, que la mayoría de los unos ignoraban el nombre de pila de los otros.

La aldea contaba con una única escuela a la que solo asistían niños, hubiera sido una inmoralidad un atropello la mezcla de los dos sexos, o sea se: niñas y niños juntos en clase, pero e mete aquí; que cediendo a las exigencias impuestas por  los designios de la caprichosa naturaleza y no sin razón, que doto al Sr. Alcalde de una numerosa prole femenina (11 hijas en total, imposibles de aguantar en casa día tras día) quiso que el pueblo se adelantara en muchas décadas al progreso, al permitir, ¡que digo!, determinar, ya que fue por decreto municipal, la asistencia de las niñas a clase sin que ello fuera menoscabo de crítica o controversia y mucho menos de burla por parte de los alumnos masculinos, (que todo hay que decirlo, estaban encantados); eso si a la hora de ocupar su sitio en el aula seguían el patrón eclesiástico, pero al revés, es decir: en el recito sagrado los hombres se sentaban a la izquierda y las mujeres a la derecha, mientras que en la escuela los niños se colocaban a la derecha y las niñas ocupaban el lado izquierdo, esto  Cocotón, el niño menos aplicado de la clase y más despistado, no terminó nunca de asimilar y casi siempre se equivocaba de zona, siendo motivo de jolgorio para todos los presentes.

A finales de verano se produjo un hecho novedoso, que dio pie a esta historia y vino a despertar por algún tiempo, el monótono quehacer diario de los lugareños. Llegó a la villa y corte un maestro nuevo, sustituyendo a D. Juanete (nadie recordaba su verdadero nombre) que después de varios años al servicio de la enseñanza en aquel lugar, había pasado a mejor vida antes incluso de acabar el curso. Esto en un pueblo donde se suceden los días sin que pase nada, venía a ser un acontecimiento poco menos que festivo.

Enseguida fue bautizado con el apodo de Pinponcete el terrible, para asignarle el nombre, el saber popular se inspiró en su estatura y figura rechoncha; el adjetivo le vino dado por sus hazañas iniciales, en seguida le cortarían las alas y, el don se lo apearon por méritos propios.

El primer día de clase enfiló a los niños a la manera tradicional a la antigua usanza:
-¡Poneos en fila! –Ordeno. Los niños obedecieron colocándose según el puesto que les había asignado el profesor anterior basado en el número de conocimientos que solía coincidir con el número de años,  excepto en el caso de mi abuelo, primero de la lista, no por ser el más estudioso sino porque sus padres le habían asignado un profesor particular, que venía a reforzar las casi nulas enseñanzas de D. Juanete, el maestro oficial.




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Pimponcete el Terrible

Mensaje por ana maria el Jue 25 Sep 2014, 02:33


continuacion.....

-¿Cómo te llamas? Chico. –Preguntó osco el maestro.
-José, -respondió mi abuelo que fue al único en el pueblo que nunca fue motejado ni de pequeño, ni cuando se hizo mayor,  después de cumplir diecisiete años todo el mundo pasó a llamarle D. José con el mayor respeto, no así al resto de la familia conocidos como los vaguis, diminutivo de vagos; ya os he comentado que nunca vi ganarse el sustento a ninguno de mis mayores.

Todo marchaba con normalidad, sin ningún incidente fueron desfilando algunos alumnos  más, Pimponcete iba tomando nota en un cuaderno y a continuación ordenaba sentarse al que ya había pasado ante sus fauces, pero la tragedia estaba a punto de desencadenarse.

-¿Cual es tu nombre?
-Me llamo Juan señor, pero todo el mundo me llama Cabezacuadrada.
-¡Sr. maestro! Yo la veo redonda como el resto de las cabezas. -Dijo la niña más necia de la clase. Todos los alumnos soltaron una sonora carcajada.
-Yo se la veo igualita que la  borrica del tío Comando. -Dijo un tercero, muy graciosillo él.
-¡Ja, ja, ja!… -Nuevas y estrepitosas carcajadas por parte de todos los colegiales.

Acostumbrados, como estaban,  a torear a D. Juanete y a no guardar ninguna disciplina en clase, continuaron riendo y ridiculizando con observaciones más o menos sarcásticas a Cabezacuadrada sin reparar en como la cara del maestro se iba inflando por momentos a modo de globo, pero no por efecto del aire expelido por boca alguna, sino por la cólera e ira que imanaba de lo más profundo de su ánimo y además no dejaba de incrementar, amenazando, como así ocurrió, con explotar.

Sin, ni siquiera molestarse en mandar silencio, se fue directamente al cajón de la cochambrosa mesa que presidía la estancia, donde poco antes había depositado sus escasa pertenencias y, sacó una vara de mimbre; pulida y esmerada obra de sus interminables ratos de ocio, a pesar de haberla ejecutado con una rudimentaria arma blanca denominada navaja, que también le hacía las veces de mondadientes; primero la agitó en el aire con tal fuerza, que llego a sacarle algunos silbidos, con ello consiguió paralizar la algarabía infantil y que toda   la clase le prestara atención, después, impunemente, por la gracia que le otorgaba la autoridad del  recinto y la complicidad de los padres, (intolerantes ellos por aquellos lustros) fue marcando, uno por uno,  la mano izquierda de cada alumno,  excepto la del Marquesito, que se sublevó y en vez de colocarla con la palma hacia arriba y quietecita para facilitar la cruel tunda, la escondió tras la espalda.

El heroico gesto del muchacho, despertó en Pimponcete tal furia, que haciendo uso de todas sus fuerzas lo sujeto sobre sus rodillas y ante todos los escolares, le bajo los pantalones dejando al descubierto sus nalgas, niñas y niños pudieron contemplar como de rosadas que eran en un principio, iban tiñéndose de color a cada caricia de la afinada rama hasta conseguir un rojo intenso. Tan injusto y pavoroso proceder no hizo reír a nadie,  la escuela quedó en el más absoluto mutismo y así, fue como desde el primer momento el terrible educador impuso su solidaria autoridad.

A continuación el profesor, muy satisfecho con la hazaña y algo quejumbroso por el esfuerzo, dió por concluida su primera clase con la siguiente frase: -Mañana continuaremos pasando lista.

El Marquesito, era hijo de la tía facunda (mujer hermosa en sus tiempos mozos) y de un noble, fue concebido mientras su madre prestaba servicio como doméstica en la casa del ilustre marqués; de ahí su mote, su hidalguía y el respeto que todo el pueblo le dispensaba, pues al parecer su progenitor le dispensaba con alguna que otra atención y protección.

La infamia del maestro, obligándole a mostrando sus posaderas en público a la vez que lo azotaba cruelmente no podía quedar impune, y con este más que justo propósito trazó un taimado plan de venganza cuyo efecto sobrepasó todas sus expectativas, no solo salió del recinto escolar, para extenderse por todo el pueblo sino que se propagó en cien leguas a la redonda.

Paciente y solapadamente expió todos los pasos del profesor buscando su talón de Aquiles y descubrió algo en su proceder que podía ser útil para sus propósitos: todas las noches a la misma hora como si de un ritual se tratara iba a una  acequia  cercana, (entonces no había cuartos de aseso en ninguna casa), a tirar los pantalones, -así lo llamaba mi abuelo- yo lo defino finamente: como hacer  sus necesidades intestinales, en ello se tomaba su tiempo, se explayaba quitándose el pantalón, (no se los bajaba como hace todo el mundo) y a la sazón el cumplido calzoncillo de felpa que le cubría desde la cintura hasta pasado el tobillo.

Esta rutina, venía a ser providencial para sus planes y el  producto, -añadía mi abuelo- ideal como exquisito desayuno para las gallinas de la tía Chaparra, mujer distinguida por su escasa afición al aseo, pero eso sí, trataba a sus productivas aves, como si huéspedes distinguidos visitara su fangoso hogar, hasta el día que se le antojaba hacer un buen caldo, entonces agarraba a la mas veterana y, en consecuencia, la que con más confianza deambulaba por la casa y sin piedad alguna le retorcía el pescuezo, engulléndola con el mayor placer y sin reproche alguno de conciencia.

El Marquesito hizo correr la voz de que todas las noches se le aparecía un espíritu, un alma en pena, y que se haría visible durante unos instantes el día 31 de octubre víspera de todos los santos, a las 12 en punto de la noche, (eligió esta fecha por su relación con los misterios de ultratumba), solo hacía falta silencio y discreción para poder observar todos sus movimientos.

Se formo una expedición de niños provista de antorchas a la que se sumaron todos los adultos y hasta varias señoras, y se ocultaron tras el parapeto que protegía la zanja. Llego el maestro, ignorando la sorpresa que le esperaba y se entregó a su ceremonial: se despojo del el pantalón pausadamente  y después hizo otro tanto con el calzón, se puso en cuclillas y…, se produjo el momento que esperaba el Marquesito para dar la señal de que todo el mundo encendieran los cirios, el impacto fue inimaginable para todos, el profesor aterrado sin detenerse a recoger sus vestimentas, salió como alma que lleva el diablo, con todos sus atributos masculinos al aire, seguido de un pueblo enloquecido que no dejaba de increparle, a la algarabía humana, se sumaron algunos perros, éstos solo ladraban, el acoso duró un buen rato, hasta que el Sr. Alcalde, bien a su pesar, pues lo estaba pasando pipa,  como representante del orden consiguió hacerse oír y terminó con el grotesco espectáculo.

Mi abuelo que no conocía el cine, y mucho menos la televisión y todos los inventos audiovisuales posteriores, siempre apostillaba, “Lástima que todavía no existieran las máquinas de retratar, para inmortalizar aquel divertido episodio para los colegiales, y pavoroso para Pimponcete el terrible”.

No obstante la noticia corrió como la pólvora convirtiéndose en la protagonista de todas las crónicas y tertulias hogareñas de la época.

Al no soportar la burla soterrada que arrancaba a su paso, Pimponcete el terrible, tuvo que solicitar otro destino lo más alejado del pueblo posible, pero -concluía mi abuelo- las más perjudicadas en esta historia fueron las gallinas de la tía Chaparra, que cuando despuntaba el alba corrían al barranco en busca de su suculento desayuno y no encontraban nada.




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