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Seetetelane - anonimo africano

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Seetetelane - anonimo africano

Mensaje por ana maria el Miér 08 Abr 2015, 02:06




Seetetelané

[Cuento. Texto completo.]

Anónimo africano


Érase una vez un hombre pobre, tan pobre que carecía de familia, alimentándose únicamente de ratones silvestres con cuyas pieles se había fabricado un tseha o calzón corto, que apenas le llegaba a la rodilla, constituyendo esta prenda su único vestido.

Cierto día que salió a cazar ratones silvestres como de costumbre, tropezó de pronto con un huevo de avestruz.

Lo llevó rápidamente a su hogar y reanudó seguidamente la caza. Cuando regresó, fatigado por la dura jornada y hambriento, ya que sólo había conseguido cazar dos miserables ratones, se encontró la mesa puesta y sobre ella un apetitoso voala de harina de mijo y carne de cordero lechal.

Asombrado, exclamó:

-¿Me habré casado sin saberlo?... Esta comida es obra de una mujer, sin duda alguna... ¿Eh, dónde está la mujer que ha hecho esto?

En aquel momento se abrió el huevo de avestruz que recogiera y salió de él una doncella hermosísima.

-Me llamo Seetetelané -dijo con dulce voz-. Permaneceré a tu lado hasta que, en un momento de embriaguez, me llames hija de huevo de avestruz. Si lo hicieras, desapareceré y no volverás jamás a verme.

El cazador de ratones salvajes prometió solemnemente no embriagarse en su vida y durante varios días gozó de una existencia paradisíaca en compañía de su bella esposa, que le narraba cuentos maravillosos y le confeccionaba platos exquisitos.

Un día, viendo que se aburría, le dijo:

-¿Te gustaría convertirte en jefe de tribu y tener esclavos, animales y servidores?

-¿Serías tú capaz de proporcionármelos? -preguntó él incrédulo.

Seetetelané sonrió.

Acto seguido dio una patada en el suelo y la tierra se abrió, surgiendo de ella una caravana de esclavos con camellos, caballos, mulos, bueyes, carneros y cabras, así como gran número de hombres y mujeres que inmediatamente empezaron a aclamar al cazador de ratones, gritando con todas sus fuerzas:

-¡Viva nuestro jefe! ¡Viva nuestro jefe!

El hombre se pellizcaba las mejillas para convencerse de que no soñaba.

Seetetelané, sonriendo, le hizo mirarse en las aguas de un riachuelo y se dio cuenta de que estaba joven y apuesto, y que su tseha de pieles de ratones se había transformado en riquísimos vestidos de pieles de chacal, de pelo largo y de mucho abrigo.

Cuando volvieron a la choza, ésta se había convertido en una casa de piedra y madera con cuatro recintos y su habitación estaba llena de pieles de pantera, cebra, chacal y león.

Estuvo a punto de desmayarse al ver tanta riqueza.

Durante dos semanas se condujo como un verdadero jefe, haciendo equitativa justicia entre los suyos y dando ejemplo de sabiduría, enseñándoles a trabajar la tierra y a cazar o a erigir cabañas de troncos y hojas.

Pero una noche celebraron una fiesta para conmemorar el nacimiento de un niño, y el antiguo cazador de ratones no supo resistir a la tentación de beber.

Cuando hubo trasegado a su vientre cuatro vasos de maíz fermentado se le enturbiaron los ojos, se le soltó la lengua y empezó a insultar a los padres de familia que asistían a la reunión.

Seetetelané, disgustada, quiso hacerlo entrar en razón, pero él, furioso por la intervención de su esposa, le dio un empujón terrible y exclamó con voz pastosa de borracho:

-¡Quítate de mi presencia, miserable hija de un huevo de avestruz!

Seetetelané lo miró dolorosamente y no dijo nada.

Aquella noche, el borracho sintió frío. Se levantó para buscar una piel de chacal y no encontró ninguna. Salió a la puerta para llamar a un esclavo y se dio cuenta de que se hallaba en su antigua cabaña y de que estaba completamente solo, vestido con su tseha de pieles de ratones salvajes.

El bienestar que había gozado durante aquellas semanas lo había vuelto más sensible a los rigores de la temperatura, haciéndolo infinitamente perezoso.

El resultado fue que a los pocos dios murió de hambre y de frío, más solo que un leproso, reprochándose hasta su último momento su falta de voluntad para resistir a la tentación de la embriaguez que había causado su desgracia.


ana maria
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