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De los Apeninos a los Andes

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De los Apeninos a los Andes

Mensaje por ana maria el Sáb 02 Mayo 2015, 11:35


De los Apeninos a los Andes
[Cuento juvenil: Texto completo.]



Hace mucho tiempo un muchacho genovés, de trece años, hijo de un obrero, viajó desde Génova hasta América sólo para buscar a su madre.
Ella se había ido dos años antes a Buenos Aires, capital de Argentina, para ponerse al servicio de alguna casa rica y ganar así, en poco tiempo, el dinero necesario para levantar a la familia, la cual, por efecto de varias desgracias, había caído en la pobreza y tenía muchas deudas.

No son pocas las mujeres animosas que hacen tan largo viaje con aquel objetivo. Gracias a los buenos salarios que allí encuentran las personas que se dedican a servir, éstas vuelven a su patria, al cabo de algunos años, con algunos miles de pesos.

La pobre madre había llorado lágrimas de sangre al separarse de sus hijos, uno de dieciocho años y otro de once; pero marchó muy animada y con el corazón lleno de esperanzas.

El viaje fue feliz; apenas llegó a Buenos Aires encontró en seguida, por medio de un comerciante genovés, primo de su marido, establecido allí desde hacía mucho tiempo, una excelente familia del país, que le daba buen salario y la trataba bien.
Por algún tiempo mantuvo con los suyos una correspondencia regular. Como habían convenido entre sí, el marido dirigía las cartas al primo, quien las entregaba a la mujer; ésta, a su vez, le daba las contestaciones para que las mandase a Génova, escribiendo él, por su parte, algunos renglones.

Ganaba ochenta pesos al mes, y como no gastaba nada en ella, enviaba a su casa, cada tres meses, una buena suma, con la cual el marido, que era un hombre de bien, iba pagando poco a poco las deudas más urgentes y adquiriendo así buena reputación.

Entre tanto, trabajaba y estaba contento con lo que hacía; pero también esperaba que su mujer volviera dentro de poco, pues la casa parecía que estaba como en sombra desde que ella faltaba, y el hijo menor, que quería mucho a su madre, se entristecía y no podía resignarse a su ausencia.




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Mensaje por ana maria el Sáb 02 Mayo 2015, 11:37



Pero transcurrido un año desde la marcha, después de una carta breve en la que decía no estar bien de salud, no se recibieron más. Escribieron dos veces al primo, y éste no contestó.

Escribieron, también, a la familia del país donde estaba sirviendo la mujer; pero sospecharon que no llegaría la carta, porque habían equivocado el nombre en el sobre, y, en efecto, no tuvieron contestación.


Temiendo una desgracia, se dirigieron al consulado italiano de Buenos Aires, pidiéndole que hiciese investigaciones; después de tres meses, les contestó el cónsul: a pesar del anuncio publicado en los periódicos, nadie se había presentado, ni para dar noticias. Y no podía suceder de otro modo, entre otras razones, por ésta: que con la idea de salvar el decoro de su familia, que creía manchar trabajando como criada, la buena mujer no había dicho a la familia argentina su verdadero nombre.


Pasaron otros meses sin que tampoco hubiera ninguna noticia. Padre e hijos estaban consternados; el más pequeño se sentía oprimido por una tristeza que no podía vencer. ¿Qué hacer? ¿A quién recurrir? La primera idea del padre fue marcharse a buscar a su mujer a América.

Pero ¿y el trabajo? ¿quién sostendría a sus hijos? Tampoco podía marchar el hijo mayor, porque comenzaba entonces a ganar algo y era necesario para la familia.

En este afán vivían, repitiendo todos los días las mismas conversaciones dolorosas o mirándose unos a otros en silencio. Una noche, Marcos, el más pequeño, dijo resueltamente:


-Voy a América a buscar a mi madre.




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Mensaje por ana maria el Sáb 02 Mayo 2015, 11:38



El padre movió la cabeza tristemente, y no respondió. Era un buen pensamiento, pero impracticable. ¡A los trece años, solo, hacer un viaje a América, cuando se necesitaba un mes para llegar! Pero el muchacho insistió pacientemente.
Insistió aquel día, el siguiente, todos los días, con gran parsimonia, y razonando como un hombre.

-Otros han ido -decía-, más pequeños que yo. Una vez que esté en el barco, llegaré allí como los demás, y no tendré más que buscar la casa del tío.

Como hay allá tantos italianos, alguno me enseñará la calle. Encontrando al tío, encuentro a mi madre, y si no la encuentro, buscaré al cónsul y a la familia argentina. Haya ocurrido lo que haya ocurrido hay allí trabajo para todos; yo también encontraré una ocupación que me permita, al menos, ganar lo suficiente para volver a casa.

Y así, poco a poco, casi llegó a convencer a su padre. Éste lo apreciaba, sabía que tenía juicio y ánimo, que estaba acostumbrado a las privaciones y los sacrificios, que todas estas buenas cualidades reforzaban su decisión de buscar a su madre a quien adoraba.



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Mensaje por ana maria el Sáb 02 Mayo 2015, 11:39



Sucedió también que cierto comandante de un buque mercante amigo de un conocido suyo, habiendo oído hablar del asunto, se empeñó en ofrecerle, gratis, un billete de tercera clase para ir a Argentina. Entonces, después de nuevas vacilaciones, el padre consintió y se decidió el viaje.

Llenaron de ropa un pequeño baúl, le pusieron algunas liras en el bolsillo, le dieron las señas del tío, y una hermosa tarde del mes de abril lo embarcaron.

-Marcos, hijo mío -le dijo el padre, dándole el último beso con lágrimas en los ojos, sobre la escalerilla del buque que estaba por salir-: ¡Ten ánimo, vas con un fin santo; Dios te ayudará!

¡Pobre Marcos! Tenía corazón esforzado y estaba preparado también para las más duras pruebas de aquel viaje; pero cuando vio desaparecer del horizonte la hermosa Génova y se encontró en alta mar, sobre aquel gran navío lleno de compatriotas que emigraban, solo, desconocido de todos, con aquel pequeño baúl que encerraba toda su fortuna, le asaltó un repentino desánimo.


Dos días permaneció arrinconado en la proa, como un perro, casi sin comer y sintiendo gran necesidad de llorar. Toda clase de tristes pensamientos lo asaltaban, y el más triste, el más terrible era el que más se apoderada de él: el pensamiento de que hubiese muerto su madre.

En sus sueños interrumpidos y penosos, veía siempre la faz de un desconocido que lo miraba con aire de compasión, y después le decía al oído: "¡Tu madre ha muerto!"

Y entonces se despertaba ahogando un grito.





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Mensaje por ana maria el Sáb 02 Mayo 2015, 11:41



Al fin, pasado el estrecho de Gibraltar, en cuanto vio el océano Atlántico, tomó un poco de ánimo y cobró esperanzas. Pero fue un breve alivio. Aquel inmenso mar, igual siempre, el creciente calor, la tristeza de toda aquella pobre gente que lo rodeaba, el sentimiento de la propia soledad, volvieron a echar por tierra sus pasados bríos.

Los días se sucedían tristes y monótonos, confundiéndose unos con otros en la memoria, como les sucede a los enfermos. Le parecía que hacía ya un año que estaba en el mar. Cada mañana, al despertar, experimentaba un nuevo estupor encontrándose allí solo, en medio de aquella inmensidad de agua, viajando hacia América.

Los hermosos peces voladores que caían a cada instante en el barco; aquellas admirables puestas de sol de los trópicos con esas inmensas nubes color de fuego y sangre; aquellas fosforescencias nocturnas, que hacían que todo el océano apareciera encendido como un mar de lava, no le hacían el efecto de cosas reales, sino más bien de fantasmas vistos en el sueño.

Hubo días de mal tiempo, durante los cuales permaneció encerrado continuamente en el camarote, donde todo bailaba y se caía, en medio de un coro espantoso de quejidos e imprecaciones, y creía que había llegado su última hora.

Hubo otros días de mar tranquilo y amarillento, de calor insoportable e infinitamente aburridos; horas interminables y siniestras, durante las cuales los pasajeros, encerrados, tendidos inmóviles sobre las tablas, parecían muertos.

Y el viaje no acababa nunca: mar y cielo, cielo y mar hoy como ayer, mañana como hoy, siempre, eternamente.

Y él se pasaba las horas apoyado en la borda y mirando aquel mar sin fin, aturdido, pensando vagamente en su madre hasta que los ojos se le cerraban y la cabeza se le caía, rendida por el sueño; y entonces volvía a ver aquella cara desconocida que lo miraba con aire de lástima y le repetía al oído: "¡Tu madre ha muerto!". Y aquella voz lo despertaba sobresaltado para volver a soñar con los ojos abiertos y mirando el inalterable horizonte.



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Re: De los Apeninos a los Andes

Mensaje por ana maria el Sáb 02 Mayo 2015, 11:42



Veintisiete días duró el viaje. Pero los últimos fueron los mejores. El tiempo estaba bueno y era fresco el aire.
Había entablado relaciones con un buen viejo lombardo que iba a América a reunirse con su hijo, labrador de la ciudad de Rosario; le había contado todo lo que ocurría en su casa, y el viejo, a cada instante, le repetía, dándole palmaditas en el cuello:

-¡Ánimo, muchachito!, tú encontrarás a tu madre sana y contenta.


Aquella compañía lo animaba, y sus presentimientos, de tristes, se habían tornado alegres. Sentado en la proa, al lado del viejo labrador que fumaba en pipa, bajo un hermoso cielo estrellado, en medio de grupos de emigrantes que cantaban, se representaba mil veces en su pensamiento su llegada a Buenos Aires: se veía en una calle, encontraba la tienda, se echaba en brazos del tío: "¿Cómo está mi madre?" "¿Dónde está?" "¡Vamos en seguida!" "En seguida vamos".

Corrían juntos, subían una escalera, se abría una puerta... Y aquí el sordo soliloquio se detenía, se perdía su imaginación en un sentimiento de inexplicable ternura que le hacía sacar, a escondidas, una medallita que llevaba al cuello y murmurar, besándola, sus oraciones.

El vigesimoséptimo día después de la salida, llegaron. Era una hermosa mañana de mayo cuando el buque echó el ancla en el inmenso río de la Plata, sobre una orilla en la cual se extiende la vasta ciudad de Buenos Aires, capital argentina.



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Mensaje por ana maria el Sáb 02 Mayo 2015, 11:44



Aquel tiempo espléndido le pareció de buen agüero.

Estaba fuera de sí de alegría y de impaciencia. ¡Su madre se hallaba a pocas millas de distancia de él! ¡Dentro de pocas horas la habría ya visto! ¡Y él se encontraba en América, en el Nuevo Mundo; y había tenido el atrevimiento de ir allí solo! Todo aquel larguísimo viaje le parecía, entonces, que había pasado en un momento.

Le parecía haber volado, soñando, y haber despertado entonces. Y era tan feliz, que casi no se sorprendió ni se afligió cuando se registró los bolsillos y se encontró una sola de las dos partes en que había dividido su pequeño tesoro, para estar seguro de no perderlo todo.

Le habían robado la mitad, no le quedaban más que unas pocas liras; pero, ¿qué le importaba ya, estando tan cerca de su madre?

Con su baúl al hombro, pasó, con otros muchos italianos, a un vaporcito que lo llevó a poca distancia de la orilla; saltó del vaporcito a una lancha que llevaba el nombre de Andrea Doria, desembarcó en el muelle, se despidió de su viejo amigo lombardo y se dirigió de prisa a la ciudad.

Llegado a la desembocadura de la primera calle que encontró, detuvo a un hombre que pasaba y le rogó le indicase qué dirección debía tomar para ir a la calle de las Artes.
Por casualidad, se había encontrado con un obrero italiano. Éste lo miró con curiosidad, y le preguntó si sabía leer. El muchacho contestó que sí.




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Mensaje por ana maria el Sáb 02 Mayo 2015, 11:45



-Pues bien -le dijo el obrero, indicándole la calle de que salía- sube derecho, leyendo siempre los nombres de las calles en todas las esquinas y acabarás por encontrar la que buscas.

El muchacho le dio las gracias, y siguió adelante por la calle que le indicaron.

Era una calle recta y larga, pero estrecha, flanqueada por casas bajas y blancas que parecían otras tantas casitas de campo; llenas de gente, de coches, de carros, que producían un ruido ensordecedor; aquí y allá se izaban inmensas banderas de varios colores en las que había escritos, en gruesos caracteres, anuncios de salidas de vapores para ciudades desconocidas.

A cada instante, volviéndose a derecha e izquierda, veía otras calles que parecían tiradas a cordel, flanqueadas de casas, también blancas y bajas, llenas de gente y de carruajes, y situadas en el mismo plano de la extensa llanura americana, semejante al horizonte del mar.

La ciudad le parecía infinita; creía que se podían pasar días y semanas viendo siempre, aquí y allá, otras calles como aquéllas, y que toda América estaba formada así. Miraba atentamente los nombres de las calles; nombres raros, que le costaba trabajo leer.

A cada calle nueva que divisaba, sentía que le latía más de prisa el corazón, pensando que fuese la que buscaba.

Miraba a todas las mujeres con la idea de encontrar a su madre.



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Mensaje por ana maria el Sáb 02 Mayo 2015, 11:47


Vio una delante de sí, y le dio una sacudida el corazón; la alcanzó, la miró: era una negra. Y seguía andando, apretando el paso; llegó a una plazoleta, leyó y quedó como clavado en la acera. Era la calle de las Artes. Volvió, vio el número 117; la tienda del tío era el número 175.

Apretó más el paso, casi corría; en el número 171 tuvo que detenerse para tornar aliento, diciendo para sí: "¡Ah, madre mía! ¿Es verdad que te veré dentro de un instante?" Corrió más: llegó a una pequeña tienda de quincalla. Ésa era. Se asomó. Vio a una señora con el pelo gris y anteojos.

-¿Qué quieres, niño? -le preguntó aquélla en español.
-¿No es ésta -dijo el muchacho, procurando echar fuera la voz- la tienda de Francisco Merelo?
-Francisco Merelo murió -respondió la señora en italiano.
El chico recibió una fuerte impresión al oírlo.
-¿Cuándo murió?
-¡Oh! Hace tiempo -respondió la señora-; algunos meses; tuvo malos negocios, y se fue. Dicen que se fue a Bahía Blanca, muy lejos de aquí, y murió apenas llegó allá. La tienda es mía.

El muchacho palideció.

Después dijo precipitadamente:
-Merelo conocía a mi madre; ella estaba aquí sirviendo en casa del señor Mequínez. Sólo él podría decirme dónde está. He venido a América a buscar a mi madre. Merelo le mandaba las cartas. Necesito encontrar a mi madre.

-Hijo mío -respondió la señora-, yo no sé de eso. Puedo preguntarle al muchacho del corral, que conoce al joven que le hacía los encargos a Merelo. Puede ser que éste sepa algo.
Fue al fondo de la tienda y llamó al chico, que llegó en seguida.

-Dime -le preguntó la tendera-: ¿recuerdas si el dependiente de Merelo iba alguna vez a llevar cartas a una mujer que estaba de criada en casa de hijos del país?

-En casa del señor Mequínez -respondió el muchacho-, sí, señora, alguna vez. Al final de la calle de las Artes.

-¡Ah! ¡Gracias, señora! -gritó Marcos-. Dígame el número..., ¿no lo sabe? Hágame acompañar, acompáñame tú mismo en seguida, chico. Aún tengo algunos cuartos.



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Mensaje por ana maria el Sáb 02 Mayo 2015, 11:48



Y dijo esto con tanto calor, que sin esperar la venia de la señora, el muchacho respondió:
-Vamos -y salió el primero a muy ligero paso.

Casi corriendo, sin decir una palabra, fueron hasta el fin de la larguísima calle; atravesaron el portal de una pequeña casa blanca y se detuvieron delante de una hermosa reja de hierro, desde la cual se veía un patio lleno de macetas de flores. Marcos tocó la campanilla.

Apareció una señorita.
-Vive aquí la familia Mequínez ¿no es verdad? -preguntó con ansiedad el muchacho.
-Aquí vivía -respondió la señorita, pronunciando el italiano a la española-. Ahora vivimos nosotros, la familia Ceballos.
-¿Y a dónde han ido los señores Mequínez? -preguntó Marcos, latiéndole el corazón.
-Se han ido a Córdoba.
-¡Córdoba! -exclamó Marcos-; ¿dónde está Córdoba? ¿Y la persona que tenían a su servicio? La mujer, mi madre, la criada era mi madre. ¿Se han llevado también a mi madre?

La señorita lo miró y dijo:
-No lo sé. Quizá lo sepa mi padre, que los vio cuando se fueron. Espérate un momento.
Se fue, y volvió con su padre, un señor alto, con la barba gris. Éste miró fijamente un momento a aquel simpático tipo de pequeño marinero genovés, de cabellos rubios y nariz aguileña, y le preguntó en mal italiano:
-¿Es genovesa tu madre?
Marcos respondió que sí.
-Pues bien; la criada genovesa se fue con ellos, estoy seguro.

-¿Y a dónde han ido?

-A la ciudad de Córdoba.

El muchacho dio un suspiro; después dijo con resignación:
-Entonces..., iré a Córdoba.

-¡Ah, pobre niño! -exclamó el señor mirándolo con lástima-. ¡Pobre niño! Córdoba está a mil leguas de aquí.
Marcos se quedó pálido como un muerto y se apoyó con una mano en la reja.

-Veamos, veamos -dijo entonces el señor, movido a compasión, abriendo la puerta-; entra un momento, veremos si se puede hacer algo.




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Mensaje por ana maria el Sáb 02 Mayo 2015, 11:50



Siéntate.
Le ofreció asiento, le hizo contar su historia, estuvo escuchándolo muy atento y se quedó un rato pensativo; después le dijo con resolución:

-Tú no tienes dinero, ¿no es verdad?
-Tengo todavía, pero muy poco -respondió Marcos.

El señor estuvo pensando otros cinco minutos; después se sentó a una mesa, escribió una carta, la cerró, y dándosela al muchacho, le dijo:

-Oye, italianito, ve con esta carta a Boca. Es una ciudad pequeña, medio genovesa, que está a dos horas de camino de aquí. Todo el que te encuentre te puede indicar el camino. Ve allí y busca a este señor, al cual va dirigida la carta, y que es muy conocido. Entrégale esta carta.

Él te hará salir mañana para la ciudad de Rosario y te recomendará a alguno de allí que podrá proporcionarte un medio para que sigas el viaje hasta Córdoba, en donde encontrarás a la familia Mequínez y a tu madre. Entretanto, toma esto -y le dio algunos pesos-.

Anda y ten ánimo; aquí hay por todas partes compatriotas tuyos, y no te abandonarán. Adiós.
El muchacho le dijo:

-Gracias.

Sin ocurrírsele otras palabras, salió con su cofre y, despidiéndose de su pequeño guía, se puso en caminó lentamente hacia Boca, atravesando la gran ciudad, lleno de tristeza y de estupor.

Todo lo que le sucedió desde aquel momento hasta la noche del día siguiente, le quedó después en la memoria, confuso e incierto como ensueños de calenturiento: ¡tan cansado, turbado y debilitado se encontraba!

Al día siguiente, al anochecer, después de haber dormido la noche antes en un cuartucho de una casa de Boca, al lado de un almacén del muelle; después de haber pasado casi todo el día sentado sobre un montón de maderos, y como entre sueños, enfrente de millares de barcos, de lanchas y de vapores, se encontraba en la popa de una barcaza de vela, cargada de frutas, que salía para la ciudad de Rosario conducida por tres robustos genoveses bronceados por el sol, cuyas voces y el dialecto querido que hablaban llevó algunos bríos al ánimo de Marcos.



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Mensaje por ana maria el Sáb 02 Mayo 2015, 11:51



Salieron, y el viaje duró tres días y cuatro noches, siendo continua la admiración del pequeño viajero. Tres días y tres noches remontó aquel maravilloso río Paraná, en cuya comparación nuestro gran Po no es más que un arroyuelo, y la extensión de Italia, cuadruplicada, no alcanza a la de su curso.

El barco iba lentamente a través de aquella masa de agua inconmensurable. Pasaba por medio de largas islas, antiguos nidos de serpientes, cubiertas de árboles frondosos, semejantes a bosques flotantes; y ora se deslizaba entre estrechos canales, de los cuales parecía que no podía salir, ora desembocaba en vastas extensiones de agua, que semejaban grandes lagos tranquilos; después, saliendo de entre las islas, por los canales intrincados de un archipiélago, llegaba a sitios rodeados de montones inmensos de vegetación.
Reinaba profundo silencio.

En largos trechos, las orillas y las aguas solitarias y vastísimas evocaban la imagen de un río desconocido, que aquel pobre barco de vela era el primero en el mundo que se aventuraba a surcar.

Mientras más avanzaban, tanto más aumentaba aquel inmenso río. Pensaba que su madre se encontraba aún a gran distancia, y que la navegación debía durar años todavía. Dos veces al día comía un poco de pan y de carne en conserva con los marineros, quienes, viéndole triste, no le dirigían nunca la palabra.

Por la noche dormía sobre cubierta, y se despertaba a cada instante bruscamente, admirando la luz clarísima de la luna que blanqueaba las inmensas y lejanas orillas: entonces el corazón se le oprimía. ¡Córdoba!, repetía este nombre: Córdoba, como el de una de aquellas ciudades misteriosas de las que había oído hablar en las leyendas.

Pero después pensaba: "Mi madre ha pasado por aquí; ha visto estas islas, aquellas orillas"; y entonces no le parecían ya tan raros y solitarios aquellos lugares en los cuales se había fijado la mirada de su madre... Por la noche alguno de los marineros cantaba. Aquella voz le recordaba las canciones de su madre cuando lo adormecía de niño.

La última noche, al oír aquel canto, sollozó.


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Mensaje por ana maria el Sáb 02 Mayo 2015, 11:53

[left]

El marinero se interrumpió.

Después le gritó:
-¡Ánimo, chico, valor! ¡Qué diablo! ¡Un genovés que llora por estar lejos de su casa! ¡Los genoveses atraviesan todo el mundo tan contentos como orgullosos!

Aquellas palabras le hicieron experimentar una sacudida; oyó la voz de sangre genovesa que corría por sus venas, y levantó la frente con orgullo, dando un golpe en el timón. "Bien -dijo para sí-; también daré yo la vuelta al mundo; viajaré años y años, andaré a pie centenares de leguas, seguiré adelante hasta que encuentre a mi madre.

Llegaré, aunque sea moribundo, para caer muerto a sus pies. ¡Con tal de que vuelva a verla una sola vez!... ¡Ánimo!..." Y con estos bríos llegó, al clarear una fría y hermosa mañana, frente a la ciudad de Rosario, situada en la ribera del Paraná, reflejándose en las aguas los palos y banderas de mil barcos de todos los países.

Poco después de haber desembarcado, subió a la ciudad, con su cofre al hombro, buscando a un señor argentino, para el cual su protector de Boca le había dado una tarjeta con algunas líneas de recomendación.

Al entrar en Rosario, le pareció que se encontraba en una ciudad ya conocida. Aquellas calles eran interminables, rectas, flanqueadas de casas blancas y bajas, atravesadas en todas direcciones, por encima de los tejados, por espesas fajas de hilos telegráficos y telefónicos, que parecían inmensas telarañas, oyéndose gran ruido de gente, caballos y carruajes. La cabeza se le iba: casi creía que volvía a entrar en Buenos Aires, y que iba otra vez a buscar a su tío.

Anduvo cerca de una hora de aquí para allá, dando vueltas y revueltas, y pareciéndole que volvía siempre a la misma calle; y a fuerza de tantas preguntas encontró al fin la casa de su nuevo protector. Tocó la campanilla.
Se asomó a la puerta un hombre grueso, rubio, áspero, que tenía aspecto de corredor de comercio, y que le preguntó fríamente con pronunciación extranjera:
-¿Qué quieres?
El muchacho dijo el nombre del patrón.
-El patrón -respondió el corredor- ha salido anoche para Buenos Aires, con toda su familia.

El muchacho se quedó paralizado.




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Mensaje por ana maria el Sáb 02 Mayo 2015, 11:54


Después balbuceó:

-Pero yo... no tengo a nadie aquí..., ¡soy solo! -Y le dio la tarjeta.

El corredor la tomó, la leyó y dijo con mal humor:
-No sé qué hacer. Ya le diré dentro de un mes, cuando vuelva...

-¡Pero yo estoy solo! ¡Estoy necesitado! -exclamó el chico con voz suplicante.
-¡Eh, anda -dijo el otro-; ¿no hay ya bastantes pordioseros de tu país en Rosario? Vete a pedir limosna a Italia.

Y le dio con la puerta en las narices.

El muchacho se quedó petrificado.

Después tomó con desaliento su baúl, y salió con el corazón angustiado, con la cabeza hecha una bomba, y asaltado de un cúmulo de pensamientos desagradables.

¿Qué hacer? ¿A dónde ir? De Rosario a Córdoba hay un día de viaje en ferrocarril. Le quedaba ya muy poco dinero. Deduciendo lo que habría de gastar en aquel día, no le quedaría casi nada. ¿Dónde encontrar dinero para pagarse el viaje? ¡Podía trabajar!

Pero ¿cómo? ¿A quién pedir trabajo? ¡Pedir limosna! ¡Ah, no! Ser arrojado, insultado, humillado como hace poco, no; nunca, jamás, ¡prefiero morir! Y ante aquella idea, al ver otra vez delante de sí la inmensa calle que se perdía a lo lejos en la interminable llanura, sintió que le faltaban otra vez las fuerzas, echó a tierra el cofre, se sentó en él apoyando la espalda contra la pared, y se cubrió la cara con las manos, sin llorar, en actitud desconsolada.

La gente lo tocaba con los pies al pasar; los carruajes hacían ruido por la calle; algunos muchachos se detenían para mirarlo. Estuvo así buen rato.


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De los Apeninos a los Andes

Mensaje por ana maria el Sáb 02 Mayo 2015, 11:55


De su letargo lo sacó una voz que le dijo medio en italiano, medio en lombardo:

-¿Qué tienes, chiquillo?

Alzó la cara al oír aquellas palabras, y en seguida se puso en pie, lanzando una exclamación de sorpresa:

-¿Usted aquí?

Era el viejo labrador lombardo, con el cual había contraído amistad durante el viaje.
La admiración del viejo no fue menor que la suya.

Pero el muchacho no le dejó tiempo para preguntarle, y le contó rápidamente lo ocurrido.
-Heme aquí ahora, sin dinero; es menester que trabaje; búsqueme usted trabajo para poder reunir algunos pesos; yo haré de todo: llevar ropa, barrer las calles, hacer encargos, hasta trabajar en el campo; me contento con vivir solo de pan; pero que pueda yo marchar pronto, que pueda encontrar alguna vez a mi madre; ¡hágame usted esta caridad, búsqueme usted trabajo, por amor de Dios, que yo no puedo resistir más!

-¡Cáspita, cáspita! -dijo el viejo, mirando alrededor y rascándose la barba-: ¿Qué historia es ésta? Trabajar... se dice muy pronto. ¡Veamos! ¿No habrá aquí algún medio de encontrar treinta pesos entre tantos compatriotas?

El muchacho lo miraba, animado por un rayo de esperanza.

-Ven conmigo -le dijo el viejo.

-¿Dónde? -preguntó el chico, volviendo a cargar con el baúl.

-Ven conmigo.

El viejo se puso en marcha. Marcos lo siguió y anduvieron juntos un buen trecho de calle, sin hablar.




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