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Una Mujer Soñadora

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Una Mujer Soñadora

Mensaje por ana maria el Jue 21 Mayo 2015, 22:21



UNA MUJER SOÑADORA


Cuando dio por terminada su búsqueda de alojamiento en el conocido balneario de Solentsea, en Upper Wessex, William Marchmill regresó al hotel para reunirse con su esposa: se había ido con los niños a dar un paseo por la playa, y Marchmill tomó la dirección que el portero de aspecto marcial le señalaba.

—¡Por Dios, hasta dónde os habéis ido! Estoy completamente agotado —dijo Marchmill con cierta impaciencia cuando alcanzó a su mujer, que iba leyendo mientras andaba; los tres niños iban delante, a bastante distancia, con la niñera.
La señora Marchmill salió del ensueño en que el libro la había sumido.
—Sí —dijo—, pero es que tardabas tanto. Estaba harta de permanecer en ese horroroso hotel. ¿Me has necesitado, Will? Lo lamento de veras.

—Bueno, lo cierto es que he tenido dificultades para encontrar algo que nos conviniera. Cuando uno va a ver las cómodas y ventiladas habitaciones de que le han hablado, se encuentra con que, en realidad, son incómodas y asfixiantes. ¿Te importaría venir a ver si nos servirá lo que he apalabrado? No es muy espacioso, me temo; pero no se puede encontrar nada mejor. La ciudad está abarrotada.

Dejaron a los niños y a la niñera para que siguieran con su paseo, y los dos regresaron juntos.
William y Ellen, que se llevaban los años precisos, que físicamente hacían muy buena pareja, que tenían bien delimitadas sus obligaciones domésticas, diferían en el carácter, aunque incluso en esto no solían tener verdaderos enfrentamientos.

El era apático, si no linfático, y ella, decididamente nerviosa y sanguínea. Era en sus gustos y aficiones —en esos pequeños, grandes detalles— donde no se podía recurrir a ningún denominador común.






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Mensaje por ana maria el Jue 21 Mayo 2015, 22:22



Marchmill pensaba que los gustos e inclinaciones de su mujer eran algo tontos; ella pensaba que los de él eran sórdidos y materiales.

El marido era armero en una floreciente ciudad del norte, y siempre tenía los cinco sentidos puestos en aquel negocio; la mejor manera de caracterizar a la dama sería diciendo, con aquella anticuada y elegante expresión, que Antiguamente nunca había visto en esta ocupación de William ninguna clase de impedimento para tenerle por marido.

De hecho, la necesidad de conseguir a toda costa un contrato que durara toda la vida —una virtud esencial que toda buena madre enseña— impidió que pensara en ello hasta que ya se había unido a William, la luna de miel había pasado y la etapa de reflexión había llegado. Entonces, como una persona que se ha topado con algún objeto en la oscuridad, se preguntó qué tenía ante sí; mentalmente le dio vueltas al asunto, lo sopesó; se preguntó si era raro o vulgar; si contenía oro, plata o plomo; si era un lastre o un pedestal; si lo era todo, o nada, para ella.


Llegó a algunas conclusiones vagas, y desde entonces había mantenido su corazón vivo a fuerza de sentir compasión por la torpeza y la falta de refinamiento del que era su dueño, a fuerza de compadecerse a sí misma y de dejar que sus delicadas y etéreas emociones se proyectaran en actividades soñadoras: soñando despierta durante el día y anhelando durante la noche; alga que tal vez no habría molestado mucho a William de haber sabido de su existencia.






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Mensaje por ana maria el Jue 21 Mayo 2015, 22:23



Ellen tenía una figura menuda, elegante y de talle breve, de movimientos vivaces o, mejor dicho, saltarines. Tenía los ojos oscuros y, en cada pupila, ese destello asombrosamente brillante y líquido que caracteriza a las personas como Ellen y que, con demasiada frecuencia, es motivo de amorosos pesares para los amigos varones de la poseedora —y también, de vez en cuando, para ésta misma—.

Su marido era un hombre alto, de facciones alargadas y barba castaña; tenía una mirada pensativa, y era, en general —ha de añadirse—, amable y tolerante con ella. Hablaba con sencillez y estaba absolutamente satisfecho con cierta naturaleza de las cosas terrenales que hacía de las armas una necesidad.

Marido y mujer caminaron hasta que llegaron a la casa que buscaban, situada sobre una terraza que daba al mar y precedida por un pequeño jardín de siemprevivas resistentes al viento y a la sal; unos escalones de piedra conducían al porche.

La casa tenía su correspondiente número de la calle, pero como era bastante más grande que las demás, la casera la distinguía, celosamente, con el sobrenombre de Mansión Coburg, aunque todo el mundo la conocía por «el número 13 de Paseo Nuevo».



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Mensaje por ana maria el Jue 21 Mayo 2015, 22:24



El lugar tenía ahora un aspecto reluciente y animado; pero en invierno era indispensable colocar sacos de arena contra la puerta y tapar el ojo de la cerradura para protegerla del viento y de lluvia que habían desgastado tanto la pintura que se podían adivinar la primera mano y las nudosidades de la madera.

La encargada de la casa, que había estado al tanto del regreso del caballero, los recibió en el pasillo y les enseñó las habitaciones. Les dijo que era viuda de un profesional y que tras la más bien repentina muerte de su marido se había quedado en una situación apurada; y les habló con entusiasmo de las ventajas de la mansión.

La señora Marchmill dijo que el sitio y la casa le gustaban; pero que, al ser ésta pequeña, no habría espacio suficiente para todos los miembros de la familia, a menos que pudieran disponer de la totalidad de las habitaciones.

La casera se quedó pensando, con gesto de decepción. Necesitaba imperiosamente tener a los visitantes por inquilinos, dijo con obvia sinceridad. Pero, por desgracia, dos de las habitaciones estaban permanentemente ocupadas por un caballero soltero.



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Mensaje por ana maria el Jue 21 Mayo 2015, 22:25



Era cierto que no pagaba los precios de temporada; pero como conservaba los aposentos a lo largo de todo el año y, además, era un joven extremadamente agradable e interesante, que no creaba problemas, no quería echarle por un alquiler de un mes, aunque la cifra de aquél fuera elevada.

—Pero es posible —añadió— que esté dispuesto a irse por una temporadita.

Los Marchmill no querían ni oír hablar de eso y volvieron al hotel con la intención de verse de nuevo con el agente para preguntarle por otros sitios.

No habían hecho más que sentarse a tomar el té, cuando se presentó la casera. El caballero, dijo, había sido tan amable de ofrecerse a dejar libres sus habitaciones durante tres o cuatro semanas; prefería hacer eso antes que dejar en la calle a los recién llegados.





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Mensaje por ana maria el Jue 21 Mayo 2015, 22:27



Es muy gentil, pero no queremos ocasionarle tantas molestias —dijeron los Marchmill.

—¡Oh, eso no le ocasionaría ninguna molestia, se lo aseguro! —dijo la casera con gran elocuencia—. Como ven, se trata de un tipo joven muy distinto del de la mayoría: soñador, solitario, casi melancólico, y le gusta más estar aquí cuando las galernas del sudoeste golpean las puertas y el mar baña el Paseo y no hay ni un alma en todo el lugar, que ahora, en plena temporada.
Preferiría estar en el sitio al que, de hecho, se va temporalmente para cambiar de aire: una pequeña cabaña en la isla que hay justo enfrente. En consecuencia, esperaba que aceptaran y fueran a vivir a la mansión.

Así, pues, la familia Marchmill tomó posesión de la casa, que parecía satisfacer todas sus necesidades, al día siguiente. Después de comer, el señor Marchmill salió a dar un paseo por el muelle, y la señora Marchmill tras enviar a los niños fuera, a divertirse con la arena, acabó de instalarse (examinando este y aquel objeto y poniendo a prueba la capacidad reflectora del espejo de la puerta del guardarropa).

En la sala de estar trasera, que había ocupado el joven soltero, se encontró con un tipo de muebles más personal que el del resto de la casa.

Libros manoseados, de ediciones buenas más que raras, se apilaban en las esquinas de una manera extrañamente reservada, como si al anterior inquilino no se le hubiera ocurrido la posibilidad de que alguna de las personas que la temporada traía consigo pudiera sentir interés por abrirlos y echarles un vistazo. La casera rondaba el umbral, presta a corregir cualquier cosa que pudiera ser del desagrado de la señora Marchmill.

—Esta será mi habitación —dijo Ellen—, ya que los libros están aquí. Por cierto que la persona que nos ha cedido los cuartos parece tener un buen montón. Espero que no le importe si leo algunos. ¿Usted qué cree, señora Hooper?
—Que no, señora, en absoluto. Pues sí que tiene un buen montón. ¿Sabe?, él mismo hace un poco de literatura.




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Mensaje por ana maria el Jue 21 Mayo 2015, 22:28


Es poeta (un verdadero poeta) y tiene una pequeña renta, que le basta para poder seguir escribiendo versos, pero que no es suficiente para tener una posición, en caso de que eso le interesara.
—¡Un poeta! ¡Oh, no lo sabía!
La señora Marchmill abrió uno de los libros y vio, escrito en la primera página, el nombre de su dueño.

—¡Dios mío! —exclamó—. ¡Conozco muy bien este nombre! Robert Trewe... ¡Ya lo creo que sí! ¡Y también sus escritos! Pero entonces, ¡son sus habitaciones las que hemos ocupado y es a él a quien hemos echado de su casa!
Ellen Marchmill, sentada a solas unos minutos después, pensaba en Robert Trewe con sorpresa e interés.

Su propia historia —reciente— explicará mejor que ninguna otra cosa el porqué tal interés.

Hija única de un sufrido hombre de letras, llevaba uno o dos años escribiendo poemas en un esfuerzo por hallar cauce adecuado para el fluir de sus —lamentablemente— apresadas sensaciones, que parecían estar perdiendo la claridad y el fulgor de los primeros tiempos por culpa del estancamiento que suponía la rutina de llevar una casa y de la tristeza que le producía el dar hijos a un padre vulgar.

Estos poemas, firmados con un pseudónimo masculino, habían aparecido en varias revistas oscuras y, en dos ocasiones, en publicaciones bastante prestigiosas.





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Mensaje por ana maria el Jue 21 Mayo 2015, 23:21


En la segunda de estas ocasiones, la página que en su parte inferior traía impreso, en letra menuda, su desahogo, traía en su parte superior, impresos en letra grande, unos versos —que trataban del mismo tema que los suyos— de aquel mismísimo hombre: Robert Trewe. Los dos, en efecto, habían quedado impresionados por un trágico suceso que había venido en los periódicos y lo habían utilizado simultáneamente como fuente de inspiración; el director de la revista, en una nota, subrayaba la coincidencia y decía que la excelencia de ambos poemas le impulsaba a ofrecérselos juntos a los lectores. Desde entonces, Ellen, o, si se prefiere, «John Ivy», había estado muy al tanto de la aparición, en cualquier publicación, de versos que llevaran la firma de Robert Trewe, al cual, con la falta de susceptibilidad de los hombres en lo que se refiere al sexo, no se le había ocurrido nunca la idea de hacerse pasar por una mujer. La señora Marchmill, sin duda, se había convencido a sí misma de hacer lo contrario en su caso mediante algún razonamiento del siguiente tipo: nadie podría creer en su inspiración si se sabía que aquellos sentimientos procedían de la esposa de un comerciante emprendedor y de la madre de tres hijos, engendrados por un prosaico fabricante de armas de pequeño calibre. La poesía de Trewe difería de la de la mayoría de los poetas jóvenes menores en ser más vehemente que ingeniosa, más exuberante que acabada. Ni symboliste ni décadent, Trewe era un pesimista en la medida en que ese calificativo se aplica a un hombre que observa tanto las peores como las mejores contingencias de la condición humana. Poco atraído por la excelencias de la forma y el ritmo aislados del contenido, a veces, cuando el sentimiento era más fuerte que su progreso artístico, perpetraba sonetos en verso libre, al estilo isabelino, cosa que, según decían todos los buenos críticos, no debería hacer.

Ellen Marchmill, con tristeza, envidia y desaliento, había escondido, una y otra vez, la obra del poeta rival, que siempre tenía mucha más fuerza que sus endebles líneas. Le había imitado, y su incapacidad para alcanzar el nivel de Trewe la sumía en arrebatos de desesperación.
Así pasaron los meses, hasta que un día, en un catálogo de publicaciones, Ellen descubrió que Trewe había recopilado sus fugaces escritos en un volumen que se había publicado debidamente y que, dependiendo de la ocasión, estaba siendo poco o muy elogiado y, en cualquier caso, vendiéndose lo suficiente para recuperar gastos.
Este paso dado por Trewe le había sugerido a «John Ivy» la idea de recopilar también sus escritos o, en todo caso, de hacer un libro con sus rimas añadiendo muchas inéditas a las pocas que habían visto la luz (pues muy pocas eran, en efecto, las que había conseguido publicar).

El coste de los gastos de publicación fue ruinoso; aparecieron unas cuantas reseñas de su pequeño y pobre volumen; pero nadie hablaba de él y nadie lo compraba, y al cabo de dos semanas el libro estaba muerto..., si es que había estado vivo alguna vez.





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Mensaje por ana maria el Jue 21 Mayo 2015, 23:24



Justo entonces, los pensamientos de la autora se vieron reclamados por otro acontecimiento, ya rutinario: descubrió que iba a tener un tercer hijo; y el fracaso de su aventura poética la afectó, quizá, menos de lo que lo hubiera hecho de haberse encontrado, en aquellos momentos, sin ningún tipo de ocupación doméstica. Su marido había pagado la cuenta del editor y la del médico, y allí había acabado todo de momento.

Pero Ellen, aunque no llegaba a ser el poeta del siglo, era algo más que una simple multiplicadora de la especie, y en los últimos tiempos había empezado a sentir una vez más la inspiración. Y ahora, por una extraña coincidencia, se hallaba en las habitaciones de Robert Trewe. Se levantó, pensativa, de la silla y registró el aposento con el interés del colega. Si, el volumen de poesía estaba entre los demás.

Aunque el contenido le era más que familiar, Ellen lo leyó allí como si el texto le hablara a ella en voz alta; después llamó a la señora Hooper, la casera, con algún pretexto banal y volvió a interrogarla acerca del joven.
—Bueno, estoy segura de que usted, señora, se interesaría por él si lo conociera; lo único es que es tan tímido que no creo que pueda conocerlo —la señora Hooper no parecía nada remisa a satisfacer la curiosidad de su inquilina acerca del anterior huésped—. ¿Que si lleva mucho tiempo viviendo aquí? Si, casi dos años.

Conserva las habitaciones hasta cuando no está aquí: el aire suave de este lugar le sienta muy bien al pecho, y le gusta poder volver en cualquier momento. La mayor parte del tiempo lo pasa escribiendo o leyendo, y no ve a mucha gente, aunque, a ese respecto, el señor Trewe es un joven tan bondadoso y amable, que los vecinos no desearían otra cosa que ser amigos suyos si lo conocieran. No se encuentra una con personas tan atentas todos los días. —Ah, es atento... y bondadoso. —Si; haría cualquier cosa por mí si yo se lo pidiera.

«Señor Trewe», le digo a veces, «está usted bastante triste, ¿verdad?». «Pues sí, señora Hooper, lo estoy», dirá él, «aunque no sé cómo ha podido usted averiguarlo». «¿Por qué no cambia un poco de aires?», le pregunto yo. Entonces, uno o dos días después, dirá que se va de viaje a París, o a Noruega, o a algún otro sitio, y le aseguro que gracias a ello vuelve muy mejorado.

—¡Claro! Sin duda, tiene un carácter sensible. —Si. Sin embargo, es raro en algunas cosas. Una vez, en que había terminado de escribir un poema tarde, por la noche, se puso a recitarlo mientras iba de un lado a otro de la habitación; y como los suelos son tan delgados (casas mal construidas, ya sabe, y fíjese que se lo digo yo), me tuvo despierta, justo encima de su dormitorio, hasta que le dije que se fuera... Pero nos llevamos muy bien.




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Mensaje por ana maria el Jue 21 Mayo 2015, 23:26



Aquello fue sólo el comienzo de una serie de conversaciones sobre el ascendente poeta, que tuvieron lugar a medida que los días fueron pasando.

En una de estas ocasiones, la señora Hooper atrajo la atención de Ellen hacia algo que ésta no había advertido con anterioridad: unos minúsculos garabatos hechos a lápiz en el papel de la pared, justo detrás de las cortinas de la cabecera de la cama. —¡Oh! Déjeme ver —dijo la señora Marchmill, incapaz de ocultar su arrebato de enternecida curiosidad, mientras acercaba su linda cabecita a la pared. —Estos —dijo la señora Hooper con el tono de una mujer que está al tanto de las cosas— son los mismísimos inicios y primeros pensamientos de sus poesías. Ha procurado borrar la mayoría, pero todavía se pueden leer.

Mi opinión es que se despierta durante la noche, ya sabe, con alguna rima en la cabeza, y la apunta ahí, en la pared, para que no se olvide al día siguiente. Algunos de estos mismos versos que ve usted aquí los he visto yo después publicados en revistas. Algunos son más recientes; sí, ése no lo había visto antes.


Debe de haberlo hecho hace sólo unos días. —¡Oh! ¿De veras?... Ellen Marchmill se sonrojó sin saber por qué, y de repente deseó que su acompañante, ahora que ya le había proporcionado la información que quería, se marchara de allí. Una indescriptible sensación de interés (más personal que literario) la hizo desear fervientemente leer a solas la inscripción; y, en consecuencia, decidió aguardar hasta poder hacerlo así, con el presentimiento de que, durante el acto, iba a experimentar una emoción muy grande.

Tal vez porque el mar solía estar picado fuera de la isla, el marido de Ellen encontraba mucho más divertido ir a navegar y a dar paseos en barco sin su mujer, que se mareaba en seguida, que con ella. Así, pues, no desdeñaba la oportunidad de ir solo a bordo de los vaporcitos para turistas modestos, en los que había baile a la luz de la luna y los enamorados, con un bandazo, caían repentinamente el uno en brazos del otro; como William le decía a Ellen, suavizándolo, la compañía era excesivamente mixta para que 61 la llevara a contemplar aquella clase de escenas.

Y así, mientras este próspero fabricante conseguía sacarle a su estancia en aquel lugar grandes dosis de brisa marítima y de variedad, la vida de Ellen, al menos en apariencia, era bastante monótona y consistía principalmente en pasar un determinado número de horas diarias bañándose y paseando de un lado a otro de un pequeño trecho de playa.

Pero desde que el impulso poético se había hecho fuerte otra vez, una llama interior, que casi le impedía darse cuenta de lo que sucedía a su alrededor, se había apoderado de ella.




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Mensaje por ana maria el Jue 21 Mayo 2015, 23:31



Había leído, hasta sabérselo de memoria, el último librito de poemas de Trewe, y pasaba mucho tiempo tratando, en vano, de rivalizar con algunos de ellos hasta que, al comprobar su fracaso, se echaba a llorar. El elemento personal de la atracción magnética que aquel maestro inasequible y envolvente ejercía sobre ella era mucho más fuerte que el abstracto e intelectual, tanto, que Ellen no podía comprenderlo. Desde luego, ella estaba rodeada, día y noche, por el medio ambiente habitual de Trewe, que, literalmente, le susurraba cosas acerca de él a cada instante; pero Trewe era un hombre al que ella nunca había visto; y a Ellen, por supuesto, no se le ocurría pensar que lo único que le conmovía era su instinto a hacer de una emoción futura —basada en la primera cosa adecuada a sus propósitos que le viniera en mano— algo muy especial.

En la natural trayectoria de una pasión que se desarrolla en las condiciones, demasiado materiales, que la civilización ha ideado para su cumplimiento, el amor de su marido por ella no había sobrevivido —excepto en la forma de una amistad vacilante— en mayor medida, o ni siquiera en la misma, de lo que lo había hecho el de Ellen por él; y al ser ella una mujer de pasiones muy vivas, que necesitaban un sustento de la clase que fuera, había empezado a alimentarlas con aquel material (producto de la casualidad) que, de hecho, tenía una calidad muy superior a la que, por lo general, ofrece al azar. Un día, los niños estaban jugando al escondite en un ropero y, en medio de la excitación, sacaron de allí algunas prendas de ropa. La señora Hooper explicó su existencia diciendo que eran del señor Trewe y volvió a colgarlas en el ropero.

Dominada por su fantasía, Ellen volvió allí luego, por la tarde, cuando no había nadie en aquella parte de la casa, abrió el ropero, descolgó una de las prendas, un impermeable, y se lo puso junto con el gorro que hacía juego con él. —¡El manto de Elías! —dijo—. ¡Ojalá me pudiera inspirar, para rivalizar con él, ese genio glorioso! Los ojos de Ellen siempre se humedecían cuando pensaba cosas como ésta, y se dio la vuelta para mirarse en el espejo.
El corazón de él había latido debajo de aquel abrigo, y su cerebro había trabajado, a niveles de pensamiento que ella nunca alcanzaría, debajo de aquel sombrero. El darse cuenta de cuán endeble era ella comparada con él, la hizo sentirse muy mal.

Antes de que hubiera tenido tiempo de despojarse de las prendas, la puerta se abrió y su marido entró en su habitación. —¿Qué diablos?... Ellen se puso colorada y se quitó las ropas. —Las encontré en ese ropero —dijo— y se me antojó ponérmelas. ¿Qué otro tipo de cosas puedo hacer si no? ¡Nunca estás aquí —¿Nunca estoy aquí? Vaya... Aquella noche Ellen tuvo otra conversación con la casera. La señora Hooper debía haber alimentado, también ella, cierto interés más o menos cariñoso por el poeta, tan dispuesta estaba siempre a hablar ardientemente acerca de él.







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Mensaje por ana maria el Jue 21 Mayo 2015, 23:32


—Sé que está usted interesada por el señor Trewe, señora —le dijo la señora Hooper—; pues, fíjese, acaba de enviarme una nota en la que me dice que mañana por la tarde va a venir a buscar algunos libros que necesita, y me pregunta si voy a estar aquí y si puede sacarlos de su habitación, señora Marchmill. —¡Oh, pues claro que puede!
—Muy bien podría usted conocer entonces al señor Trewe, ¡si da la casualidad de que está usted por aquí cuando él venga! Ellen le prometió, con secreta alegría, que estaría por allí y se fue a acostar pensando en él. A la mañana siguiente su marido le comentó:
—He estado reflexionando acerca de lo que me dijiste, Ellen, eso de que he salido mucho por ahí y te he dejado a ti aquí sin ninguna diversión.
Tal vez sea cierto. Hoy, como el mar no está muy agitado, te llevaré conmigo a bordo del yate. Por primera vez en su vida Ellen no se alegró de que William le propusiera una cosa así.

Pero aceptó de momento. Sin embargo, cuando se avecinó la hora de ponerse en marcha y ella fue a arreglarse, se quedó pensando. El deseo de ver al poeta al que ahora ya, claramente, amaba, se impuso a cualquier otra consideración. —No quiero ir —se dijo—. ¡No estoy dispuesta a ir! Y no iré. Le dijo a su marido que había cambiado de opinión y que ya no tenía ganas de ir a navegar. A él le daba lo mismo y se fue solo.

Durante el resto del día la casa permaneció en silencio, pues los niños se habían ido a jugar con la arena.

Las persianas se balanceaban bajo el sol al compás del suave y continuo murmullo del mar, que las paredes ocultaban; y las notas de la Banda Verde de Silesia, un grupo de caballeros extranjeros contratados para la temporada veraniega, se había llevado a casi todos los residentes y transeúntes lejos de las inmediaciones de la Mansión Coburg. Llamaron a la puerta.





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Mensaje por ana maria el Jue 21 Mayo 2015, 23:34


La señora Marchmill no oyó a ninguna criada ir a abrir y empezó a impacientarse.

Los libros estaban en la habitación en que ella se había sentado; pero no apareció nadie. Hizo sonar la campanilla. —Están llamando a la puerta —dijo. —¡Oh, no, señora! Hace ya rato que se han ido. Yo fui a abrir —respondió la criada al mismo tiempo que aparecía la señora Hooper en persona.


—¡Qué decepción! —dijo—. ¡El señor Trewe no va a venir, después de todo! —¡Pero si me ha parecido oírle llamar! —No; eso fue uno que venía buscando alojamiento y se había equivocado de casa. Se me olvidó decirle que el señor Trewe envió una nota antes del almuerzo para advertirme que no le hiciera té, pues no iba a necesitar los libros y, por tanto, tampoco iba a venir a buscarlos. Ellen se sintió muy desdichada, y ni siquiera fue capaz de releer, durante un rato bastante largo, la triste balada del poeta acerca de las Vidas separadas, tan dolorido estaba su pequeño y caprichoso corazón y tan llenos de lágrimas sus ojos.

Cuando llegaron los niños, con las medias mojadas, y corrieron a ella para contarle sus aventuras, Ellen sintió que no le importaban ni la mitad de lo que solían hacerlo.

—Señora Hooper, ¿tiene usted alguna fotografía de... del caballero que vivía aquí? —curiosamente, estaba empezando a evitar la mención de su nombre. —Si., claro.
Está en el marco que adorna la repisa de la chimenea de su propia habitación, señora. —No; ahí están los Reales Duques.





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Mensaje por ana maria el Jue 21 Mayo 2015, 23:35


—Si.; ahí están ellos; pero debajo está él. En ese marco, que yo compré a propósito, está él normalmente; pero cuando se fue, me dijo: «Tápeme, no deje que me vean esos desconocidos que van a venir, por lo que más quiera. No quiero que me miren fijamente, y estoy seguro de que ellos no querrán que yo les mire de igual modo.» Así que, provisionalmente, puse a los Reales Duques delante de él. Ellos no tenían marco, y la realeza va más con una casa amueblada para alquilar que un joven solitario. Si saca a los Duques, le verá a él debajo. ¡Ah, Señor, estoy segura de que no le importaría lo más mínimo si lo supiera! El no pensaba que el siguiente inquilino fuera a ser una dama tan atractiva como usted; supongo que, de haberlo pensado, no se le habría ocurrido ocultar su retrato. —¿Es guapo? —preguntó Ellen tímidamente.

—Yo diría que sí. Pero otras, tal vez, no lo harían. —¿Lo diría yo? —preguntó la señora Marchmill con interés. —Yo creo que sí, aunque algunas dirían que, más que guapo, es llamativo; ya sabe, un muchacho pensativo, de ojos grandes, con un relampagueo muy eléctrico en la mirada cuando pasa rápidamente la vista por lo que hay a su alrededor; tal y como una esperaría que fuera un poeta que no vive de su poesía.

—¿Qué edad tiene? —Es varios años mayor que usted, señora; treinta y uno o treinta y dos, creo. Ellen tenía, de hecho, treinta y unos meses; pero no los aparentaba en absoluto.
Aunque con un carácter tan inmaduro, estaba entrando en ese tramo de la vida en el que las mujeres emocionales empiezan a sospechar que el último amor puede ser más fuerte que el primero; y pronto, ¡ay!, entraría en ese tramo aún más melancólico en el que, al menos las más vanidosas de su sexo, se niegan a recibir a una visita masculina de otra forma que no sea con ellas de espaldas a la ventana o con las persianas a medio bajar.

Pensó en la observación de la señora Hooper y no volvió a hablar de edades. Justo en aquel instante trajeron un telegrama. Era de su marido, que se había ido en yate, con sus amigos por el Canal; había llegado hasta Budmouth y no podría regresar hasta el día siguiente.





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Una Mujer Soñadora

Mensaje por ana maria el Jue 21 Mayo 2015, 23:36



Después de una cena frugal, Ellen vagó por la playa con los niños hasta que empezó a hacerse de noche. Pensaba en la todavía— oculta fotografía de su habitación con el sereno presentimiento de que algo extático iba a suceder.

Porque, con el sutil lujo de imaginación al que esta joven era tan aficionada, Ellen, al enterarse de que su marido iba a estar ausente aquella noche, había reprimido sus deseos de precipitarse escaleras arriba y abrir el marco del retrato, prefiriendo reservar la inspección para cuando pudiera estar sola y el silencio, las velas, el mar solemne y las estrellas pudieran darle a la ocasión un tinte más romántico que el que le ofrecía el deslumbrante sol de la tarde.

Los niños se habían ido a la cama, y Ellen, aunque todavía no eran las diez, les imitó en seguida.
Con el fin de complacer a su apasionada curiosidad hizo entonces algunos preparativos; primero se deshizo de prendas innecesarias y se puso en bata, después colocó una silla delante de la mesa y leyó varias páginas de tiernas palabras de Trewe. Entonces llevó hasta la luz el marco del retrato, lo abrió por detrás, sacó la fotografía y la puso, de pie, delante de ella.

Era un rostro que, al mirarlo, llamaba la atención. El poeta tenía un frondoso bigote negro y perilla, y llevaba un sombrero de ala caída que le tapaba la frente. Los oscuros y enormes ojos descritos por la casera mostraban una ilimitada capacidad de sufrimiento; miraban, desde abajo de unas cejas bien delineadas, como si estuvieran contemplando el universo entero en el microcosmo del rostro de la persona que se hallara enfrente de él y como si no estuviera del todo satisfecho con lo que el espectáculo hacía presagiar.

Ellen, con su voz más suave, más dulce, más tierna, murmuró: —¡Y eres tú quien tan cruelmente me ha eclipsado tantas veces!



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