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Una Mujer Soñadora

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Una Mujer Soñadora

Mensaje por ana maria el Jue 21 Mayo 2015, 23:37


A medida que escudriñaba el retrato se fue quedando cada vez más pensativa, hasta que los ojos se le llenaron de lágrimas y rozó el cartón con los labios.
Entonces dejó escapar una risita nerviosa y se enjugó las lágrimas. Pensó en lo mala que era; ella, una mujer que tenía tres hijos y un marido, estaba dejando que su imaginación se extraviara, de manera desmedida, en pos de un desconocido.

¡Pero no, él no era un desconocido! Ella conocía sus pensamientos y sentimientos tan bien como los propios; eran, de hecho, los mismos que los suyos, pensamientos y sentimientos de los que, en cambio, su marido, claramente, carecía; tal vez por suerte para él, teniendo en cuenta que tenía que sufragar los gastos de la familia. —El está más cerca de mi verdadero ser, tiene mayor intimidad con mi yo real, después de todo, de la que tiene Will; aunque no le haya visto nunca —dijo Ellen.

Dejó el libro y la foto en la mesita de noche y, reclinando la cabeza sobre la almohada, volvió a leer los versos de Robert Trewe que ella había subrayado aquí y allá como los más conmovedores y sinceros. Luego dejó el libro a un lado, puso la fotografía de pie sobre el cubrecama y la contempló mientras permanecía echada. Después escudriñó de nuevo, a la luz de la vela, los semiborrados garabatos del papel de la pared que había junto a su cabeza.

Allí estaban: frases, pareados, boutsrimés, comienzos y mitades de versos, ideas sin desarrollar, como los fragmentos de Shelley, y los más pequeños en tamaño eran tan intensos, tan dulces, tan palpitantes, que parecía como si el mismo aliento de Trewe, su calor y su amor estuvieran abanicando las mejillas de Ellen desde aquellas paredes, paredes que habían rodeado una y mil veces la cabeza del poeta, al igual que ahora rodeaban la suya.



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Mensaje por ana maria el Jue 21 Mayo 2015, 23:38


El debía de haber extendido así la mano a menudo... con el lápiz entre los dedos. Si, la letra era oblicua, tal y como le saldría a una persona que extendiese el brazo de aquella manera.

Aquellos inscritos rasgos del mundo del poeta, Formas más reales que el hombre vivo, semillas de inmortalidad, eran, sin duda, los pensamientos y esfuerzos de su espíritu, que habían venido a él en el profundo silencio de la noche, cuando podía dejarse llevar de sí mismo sin miedo a la frialdad de la crítica.

Sin duda, aquellos versos habían sido escritos apresuradamente más de una vez, a la luz de la luna, bajo los rayos de la lámpara, al amanecer azul y gris, tal vez nunca en pleno día.

Y ahora su cabello, el de Ellen Marchmill, se arrastraba por donde su brazo, el de Robert Trewe, se habría posado al asegurar sus fugaces fantasías; estaba durmiendo en los labios del poeta, inmersa en su misma esencia, penetrada por su espíritu como por un éter. Cuando así soñaba, dejando pasar el tiempo sin asirlo, oyó pasos en la escalera, y al cabo de unos segundos reconoció las fuertes pisadas de su marido sobre el rellano que había justo delante de la puerta.

—Ell, ¿dónde estás? Ell no podría haber descrito la sensación que se apoderó de ella, pero el caso es que, negándose instintivamente a permitir que su marido se enterara de lo que había estado haciendo, deslizó la fotografía debajo de la almohada justo en el momento en que él abría la puerta de golpe con el ademán de un hombre que no ha cenado nada mal. —Oh, perdona —dijo William Marchmill—. ¿Te duele la cabeza? Me temo que te he molestado.

—No, no me duele la cabeza —dijo ella—. ¿Cómo es que has venido? —Pues verás, nos dimos cuenta de que podíamos estar de vuelta a muy buena hora en realidad, y yo no quería quedarme allí otro día más sin poder ir mañana a ningún otro sitio. —¿Quieres que me levante? —Oh, no. Estoy cansado como un perro.



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Mensaje por ana maria el Jue 21 Mayo 2015, 23:39


Ya he cenado, muy bien, por cierto, y me voy a acostar en seguida. Si puedo, quisiera salir mañana a las seis en punto...; no te molestaré con el madrugón; me habré marchado antes de que tú te despiertes —y entró en la habitación.
Mientras con los ojos seguía los movimientos de Will, Ellen empujó suavemente la fotografía un poco más, para que él no pudiera verla. —¿Seguro que no te encuentras mal? —le preguntó William, inclinándose sobre ella.

—¡No, sólo malvada! —Bueno, eso no tiene importancia —y se agachó para besarla . Me apetecía estar contigo esta noche. A la mañana siguiente llamaron a Marchmill a las seis; y Ellen le oyó murmurar para sí mientras se desperezaba y bostezaba: —¿Qué diablos será lo que ha estado crujiendo toda la noche? Creyendo que ella estaba dormida, William rebuscó entre las sábanas y sacó algo. Ellen, con los ojos entreabiertos, vio que era el señor Trewe. Pero, ¡maldita sea! —exclamó su marido. —¿Qué pasa, querido? —dijo ella. —Oh, ¿estás despierta? ¡Ja, ja! ¿Qué quieres decir?

—La fotografía de un tipejo; algún amigo de la casera, supongo. Me gustaría saber cómo ha llegado hasta aquí; tal vez se cayera casualmente de la repisa de la chimenea mientras estaban haciendo la cama. Yo la estuve mirando ayer, y debe haberse caído dentro de la cama entonces.





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Mensaje por ana maria el Jue 21 Mayo 2015, 23:40


Oh, ¿es amigo tuyo? ¡Bendito sea su pintoresco corazón! La lealtad de Ellen para con el objeto de su admiración no pudo soportar ver cómo se le ridiculizaba. ¡Es un hombre muy inteligente! —dijo con cierto temblor (cuya aparición ella misma consideró absurda y fuera de lugar) en la dulce voz—. Es un poeta que está empezando a descollar...; es el caballero que ocupaba dos de las habitaciones antes de que viniéramos nosotros, aunque no lo he visto nunca. —¿Cómo sabes que es él, si nunca lo has visto?
—Me lo dijo la señora Hooper al enseñarme la fotografía. —Ah, ya. Bueno, tengo que levantarme e irme. Volveré a casa bastante temprano. Siento no poder llevarte hoy conmigo, querida.

Cuida de que no se ahoguen los niños. Aquel día la señora Marchmill le preguntó a la casera si había posibilidades de que el señor Trewe apareciera alguna otra vez. —Sí —dijo la señora Hooper—.

Va a venir esta semana y se quedará cerca de aquí con un amigo hasta que ustedes se marchen. Seguro que aparecerá a hacerme una visita algún día. Marchmill volvió por la tarde, pero bastante temprano; y al abrir algunas cartas que habían llegado durante su ausencia, declaró súbitamente que él y la familia tendrían que marcharse una semana antes de lo que esperaban: dentro de tres días, en suma. —¿Seguro que no podemos quedarnos una semana más? —imploró Ellen—. Me gusta estar aquí.

—A mí no. Se me está haciendo bastante pesado. —¡Pero me podrías dejar a mí con los niños! —¡Cómo te gusta llevar la contraria, Ell! ¿Con qué fin? ¿Para que luego tenga que volver yo a recogeros? No; regresaremos todos juntos, y ya le sacaremos partido al tiempo que nos queda un poco más adelante, en el norte de Gales o en Brighton.

Además, todavía te quedan tres días. Ellen parecía estar condenada a no conocer al rival cuyo talento ella admiraba desesperadamente y a cuya persona estaba ahora absolutamente ligada.






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Mensaje por ana maria el Jue 21 Mayo 2015, 23:42


Pero decidió hacer un último esfuerzo; y, tras averiguar por medio de la casera que Trewe estaba viviendo en un lugar solitario que no estaba lejos de la ciudad de moda de la isla de enfrente, fue hasta allí en el paquebote, desde el muelle vecino, la tarde siguiente.

¡Qué inútil resultó el viaje! Ellen sólo sabía dónde estaba la casa de manera vaga, y cuando creyó haberla encontrado, y se aventuró a preguntarle a un transeúnte si Trewe vivía allí, la respuesta que el hombre le dio fue que no tenía ni la menor idea. Y por otra parte, aun en el caso de que, efectivamente, él viviera allí, ¿a cuento de qué iba a visitarle ella? Es posible que algunas mujeres tuvieran descaro suficiente para hacer aquello, pero ella no lo tenía.

El pensaría que estaba loca. Podría haberle pedido a él, tal vez, que le hiciera una visita; pero tampoco tenía valor para aquello. Vagó tristemente por el pintoresco altozano que había a la orilla del mar hasta que llegó la hora de volver a la ciudad y tomar el buque de vapor para atravesar de nuevo la bahía; llegó a casa a la hora de cenar, sin que se la hubiera echado excesivamente de menos.

En el último instante, de manera un tanto inesperada, su marido le dijo que si se sentía capaz de volver a casa sin él no tendría reparo en dejar que ella y los niños se quedaran hasta el final de la semana, puesto que ella así lo deseaba.

Ellen no dejó traslucir la alegría que este aplazamiento le provocaba; y a la mañana siguiente Marchmill se fue solo.




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Mensaje por ana maria el Jue 21 Mayo 2015, 23:43


Pero decidió hacer un último esfuerzo; y, tras averiguar por medio de la casera que Trewe estaba viviendo en un lugar solitario que no estaba lejos de la ciudad de moda de la isla de enfrente, fue hasta allí en el paquebote, desde el muelle vecino, la tarde siguiente. ¡Qué inútil resultó el viaje!

Ellen sólo sabía dónde estaba la casa de manera vaga, y cuando creyó haberla encontrado, y se aventuró a preguntarle a un transeúnte si Trewe vivía allí, la respuesta que el hombre le dio fue que no tenía ni la menor idea.

Y por otra parte, aun en el caso de que, efectivamente, él viviera allí, ¿a cuento de qué iba a visitarle ella? Es posible que algunas mujeres tuvieran descaro suficiente para hacer aquello, pero ella no lo tenía. El pensaría que estaba loca.

Podría haberle pedido a él, tal vez, que le hiciera una visita; pero tampoco tenía valor para aquello. Vagó tristemente por el pintoresco altozano que había a la orilla del mar hasta que llegó la hora de volver a la ciudad y tomar el buque de vapor para atravesar de nuevo la bahía; llegó a casa a la hora de cenar, sin que se la hubiera echado excesivamente de menos.

En el último instante, de manera un tanto inesperada, su marido le dijo que si se sentía capaz de volver a casa sin él no tendría reparo en dejar que ella y los niños se quedaran hasta el final de la semana, puesto que ella así lo deseaba. Ellen no dejó traslucir la alegría que este aplazamiento le provocaba; y a la mañana siguiente Marchmill se fue solo.




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Mensaje por ana maria el Jue 21 Mayo 2015, 23:44



Unos días después llegó a su dirección una respuesta, cosa que ella no había osado esperar: era una nota breve y educada, en la que el joven poeta (lee la que, aunque no conocía muy bien la poesía del señor John Ivy, asociaba el nombre a algunos poemas, que había visto, muy prometedores; que se alegraba de entrar en relación con el señor Ivy por carta, y que ciertamente buscaría con mucho interés sus producciones de ahora en adelante. Ellen se dijo que debía de haber habido algo de timidez o bisoñez en su misiva teniendo en cuenta que, aparentemente, la había escrito un hombre; porque Trewe, en su contestación, adoptaba claramente el tono del maestro de más edad.

Pero, ¿qué más daba? Había contestado; él le había escrito a ella, de su puño y letra, desde la habitación que ella tan bien conocía (pues Trewe había regresado de nuevo a su domicilio). La correspondencia así iniciada continuó durante dos meses o más. Ellen Marchmill le enviaba de vez en cuando algunos de los que ella consideraba sus mejores poemas, y él los recibía con gran amabilidad, aunque nunca dijera que los leía cuidadosamente ni le enviara a ella, a cambio, algunos de los suyos. Ellen se habría sentido más herida por esto de lo que se sentía de no haber sabido que Trewe actuaba con el convencimiento de que ella era de su propio sexo.

Pero aun así, la situación no era satisfactoria. Una vocecilla aduladora le decía que las cosas serían de otra manera si él la conociera.

Sin duda, ella habría contribuido a la realización de esta posibilidad haciendo, para empezar, una franca confesión de feminidad, de no haber ocurrido algo que, para su gozo, lo hizo innecesario. Un amigo de su marido, director del periódico más importante de la ciudad y del condado, estaba cenando un día con ellos cuando comentó, en el transcurso de la conversación que mantuvieron acerca del poeta, que su hermano (el del director), el pintor de paisajes, era amigo del señor Trewe y que los dos hombres estaban juntos en Gales en aquel momento.




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Mensaje por ana maria el Jue 21 Mayo 2015, 23:46



Unos días después llegó a su dirección una respuesta, cosa que ella no había osado esperar: era una nota breve y educada, en la que el joven poeta (lee la que, aunque no conocía muy bien la poesía del señor John Ivy, asociaba el nombre a algunos poemas, que había visto, muy prometedores; que se alegraba de entrar en relación con el señor Ivy por carta, y que ciertamente buscaría con mucho interés sus producciones de ahora en adelante.

Ellen se dijo que debía de haber habido algo de timidez o bisoñez en su misiva teniendo en cuenta que, aparentemente, la había escrito un hombre; porque Trewe, en su contestación, adoptaba claramente el tono del maestro de más edad. Pero, ¿qué más daba? Había contestado; él le había escrito a ella, de su puño y letra, desde la habitación que ella tan bien conocía (pues Trewe había regresado de nuevo a su domicilio).

La correspondencia así iniciada continuó durante dos meses o más. Ellen Marchmill le enviaba de vez en cuando algunos de los que ella consideraba sus mejores poemas, y él los recibía con gran amabilidad, aunque nunca dijera que los leía cuidadosamente ni le enviara a ella, a cambio, algunos de los suyos. Ellen se habría sentido más herida por esto de lo que se sentía de no haber sabido que Trewe actuaba con el convencimiento de que ella era de su propio sexo.

Pero aun así, la situación no era satisfactoria. Una vocecilla aduladora le decía que las cosas serían de otra manera si él la conociera. Sin duda, ella habría contribuido a la realización de esta posibilidad haciendo, para empezar, una franca confesión de feminidad, de no haber ocurrido algo que, para su gozo, lo hizo innecesario. Un amigo de su marido, director del periódico más importante de la ciudad y del condado, estaba cenando un día con ellos cuando comentó, en el transcurso de la conversación que mantuvieron acerca del poeta, que su hermano (el del director), el pintor de paisajes, era amigo del señor Trewe y que los dos hombres estaban juntos en Gales en aquel momento.


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Mensaje por ana maria el Jue 21 Mayo 2015, 23:47



Eran alrededor de las cinco de la tarde cuando oyó, primero, que llamaban a la puerta, y, unos segundos después, en la entrada, la voz del hermano del director del periódico. Poetisa como era, o como se creía, Ellen no había estado tan inspirada aquel día como para no cuidar cada detalle al ponerse una elegante túnica de tela muy valiosa, que tenía un ligero parecido con el chiton de los griegos (estilo que por entonces estaba de moda entre las damas con inclinaciones artísticas y románticas) y que Ellen había conseguido de su modisto de Bond Street la última vez que había estado en Londres.

La visita entró en el salón. Ellen miró hacia la puerta esperando que alguien más pasara por ella. Pero no fue así. ¿Dónde, en nombre del dios del amor, estaba Robert Trewe? —Oh, cuánto lo siento —dijo el pintor después de intercambiar las acostumbradas frases de cortesía—.

Trewe es un tipo curioso, ya sabe, señora Marchmill. Primero dijo que vendría; luego dijo que no podía. Estaba lleno de polvo. Hemos corrido unas cuantas millas con mochilas al hombro, ya sabe; y quería pasar por su casa. —¿No... no va a venir? —No; y me ha pedido que le presentara a usted sus disculpas.

—¿Cuándo se ha s-s-separado usted de él? —preguntó Ellen, mientras el labio inferior se le ponía a temblar como si su discurso se hubiera visto quebrantado por un trémolo. Deseaba escapar de aquel pelmazo espantoso y dejar que sus lágrimas corrieran con libertad.




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Mensaje por ana maria el Jue 21 Mayo 2015, 23:48



—Hace sólo un momento, en la carretera principal, ahí al lado. —¡Cómo! Pero entonces, ¿ha pasado, de hecho, por delante de la puerta de mi casa? —Si. Al llegar aquí (hermosa puerta la suya, por cierto; el mejor trabajo que he visto últimamente en hierro forjado)... al llegar aquí nos detuvimos, hablamos un momento, y entonces él se despidió de mí y siguió su camino. La verdad es que lleva unos días algo deprimido y no quiere ver a nadie. Es una bellísima persona, y gran amigo, pero a veces es un poco triste e inseguro; le da demasiadas vueltas a las cosas.
Su poesía es excesivamente erótica y apasionada para algunos gustos, ya sabe; y acaban de darle un palo tremendo en el número de la Revista... que salió ayer; vio por casualidad un ejemplar en la estación. Tal vez lo haya leído usted... —No.

—Tanto mejor. Oh, créame, no vale la pena pensar en ello; es tan sólo uno de esos artículos de encargo, hecho para complacer al grupo de suscriptores retrógrados de quienes depende la tirada. Pero le ha perturbado. Dice que lo que más le duele es la tergiversación; que, así como puede soportar un ataque noble, se siente incapaz de enfrentarse con mentiras que él no puede rebatir ni impedir que se propaguen.
Ese es el punto flaco de Trewe. Vive tan encerrado en sí mismo que estas cosas le afectan mucho más de lo que lo harían si estuviera metido de lleno en la barahúnda de la vida elegante, o en la de la comercial.

De modo que dijo que no pensaba venir aquí, y puso como pretexto el que todo tuviera un aspecto tan nuevo y acaudalado... si perdona usted la expresión... —Pero... él debería haber sabido... ¡que aquí le tenemos mucha simpatía! ¿Nunca le ha hablado de haber recibido cartas desde esta dirección?

—Si., sí, me lo comentó; de un tal John Ivy... él pensó que tal vez se tratara de algún pariente de usted que estaba pasando aquí una temporada.




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Mensaje por ana maria el Jue 21 Mayo 2015, 23:49


—Hace sólo un momento, en la carretera principal, ahí al lado. —¡Cómo! Pero entonces, ¿ha pasado, de hecho, por delante de la puerta de mi casa? —Si. Al llegar aquí (hermosa puerta la suya, por cierto; el mejor trabajo que he visto últimamente en hierro forjado)... al llegar aquí nos detuvimos, hablamos un momento, y entonces él se despidió de mí y siguió su camino.


La verdad es que lleva unos días algo deprimido y no quiere ver a nadie. Es una bellísima persona, y gran amigo, pero a veces es un poco triste e inseguro; le da demasiadas vueltas a las cosas. Su poesía es excesivamente erótica y apasionada para algunos gustos, ya sabe; y acaban de darle un palo tremendo en el número de la Revista... que salió ayer; vio por casualidad un ejemplar en la estación. Tal vez lo haya leído usted...

—No. —Tanto mejor. Oh, créame, no vale la pena pensar en ello; es tan sólo uno de esos artículos de encargo, hecho para complacer al grupo de suscriptores retrógrados de quienes depende la tirada. Pero le ha perturbado. Dice que lo que más le duele es la tergiversación; que, así como puede soportar un ataque noble, se siente incapaz de enfrentarse con mentiras que él no puede rebatir ni impedir que se propaguen.

Ese es el punto flaco de Trewe. Vive tan encerrado en sí mismo que estas cosas le afectan mucho más de lo que lo harían si estuviera metido de lleno en la barahúnda de la vida elegante, o en la de la comercial. De modo que dijo que no pensaba venir aquí, y puso como pretexto el que todo tuviera un aspecto tan nuevo y acaudalado... si perdona usted la expresión... —Pero... él debería haber sabido... ¡que aquí le tenemos mucha simpatía! ¿Nunca le ha hablado de haber recibido cartas desde esta dirección?
—Si., sí, me lo comentó; de un tal John Ivy... él pensó que tal vez se tratara de algún pariente de usted que estaba pasando aquí una temporada.



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Mensaje por ana maria el Jue 21 Mayo 2015, 23:50


«SUICIDIO DE UN POETA» «El señor Robert Trewe, que durante los últimos años ha venido recibiendo un trato de favor por parte de la crítica, hasta el punto de haber sido considerado uno de nuestros más prometedores poetas líricos, se suicidó la noche del pasado sábado, en su domicilio de Solentsea, disparándose un tiro de revólver en la sien derecha.

No es necesario recordar a los lectores que el señor Trewe ha llamado recientemente la atención de un público mucho más numeroso del que hasta entonces le conocía gracias a la aparición de su nuevo libro de poesía (muy apasionada por lo general) titulado Poemas a una mujer desconocida, que ya ha sido comentado favorablemente en estas páginas por la extraordinaria gama de sentimientos que lo atraviesa, y que ha sido objeto de una severa (si no feroz) crítica por parte de la Revista...

Se supone, aunque no se sabe con certeza, que este artículo puede —parcialmente— haber conducido al poeta a cometer tan triste acción, ya que se encontró un ejemplar del número de la revista en cuestión encima de su mesa de trabajo; y se había observado que, desde que apareció la crítica, se encontraba en un estado de absoluta depresión mental.» Después venía el informe de la pesquisa judicial, en la que se había leído la siguiente carta dirigida a un amigo que vivía en otra ciudad:

«Querido...: Antes de que estas líneas lleguen a tus manos yo estaré libre de las molestias que representan el ver, el oír y el saber cada vez más acerca de las cosas que me rodean. No te aturdiré explicándote las razones que me han impulsado a dar este paso, aunque puedo asegurarte que son lógicas y cuerdas.

Es posible que, de haber sido bendecido con la presencia de una madre, una hermana o una amistad femenina de alguna otra índole que me dedicara su vida tierna y devotamente, hubiera pensado que valía la pena prolongar mi actual existencia.

Como sabes, he soñado durante mucho tiempo con esa criatura inasequible; y ella, inencontrable, esquiva, inspiró mi último libro; sólo esa mujer imaginaria: porque, a pesar de lo que se ha dicho en algunos sitios, ninguna mujer real se esconde detrás del título. Ella ha permanecido velada hasta el final, sin hallar, sin conquistar. Creo oportuno mencionar esto a fin de que no se pueda culpar a ninguna mujer real de haber sido, con su cruel o desdeñosa conducta hacia mí, la causante de mi muerte.

Dile a mi casera que lamento haberle dado este disgusto; pero pronto se olvidará de que yo ocupé estas habitaciones. En el banco hay fondos suficientes a mi nombre para sufragar todos los gastos. R. Trewe.» Ellen permaneció un rato sentada, como si le hubieran dado un golpe, y luego corrió a la habitación contigua y se echó sobre la cama cubriéndose la cara con las manos.


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Mensaje por ana maria el Jue 21 Mayo 2015, 23:52



El dolor y la desesperación la destrozaron, y permaneció echada, en medio de aquella frenética tristeza, durante más de una hora. Palabras entrecortadas salían de vez en cuando de sus temblorosos labios: —Oh, si tan sólo hubiera sabido de mi existencia... de mi existencia... ¡de mí!...
Oh, si tan sólo lo hubiera visto una vez... sólo una vez... le habría puesto la mano sobre su frente ardiente... le habría besado... le habría hecho saber cómo le amo... ¡que por él habría soportado la vergüenza y el desdén, por él habría vivido y muerto! ¡Tal vez hubiera podido salvar su preciosa vida!...
Pero no... ¡no nos estaba permitido! Dios es un Dios celoso... ¡y la dicha no era para nosotros! ¡No era para él, y tampoco era para mí! Ya no habría más oportunidades; el encuentro había quedado definitivamente frustrado. Pero, incluso ahora, Ellen casi lo veía en su imaginación, aunque ya nunca pudiera realizarse.

El momento que pudo haber llegado y no llegó, El que el corazón de hombre y mujer imaginó y sintió; La vida, ya, les ha sido arrebatada. Le escribió una carta a la casera de Solentsea como si fuera una tercera persona y en el estilo más llano de que fue capaz; le adjuntaba una orden postal de pago de un soberano, y le decía, a la señora Hooper, que la señora Marchmill se había enterado por los periódicos de la triste noticia de la muerte del poeta, y que, como había sentido gran interés por el señor Trewe —la señora Hooper ya lo sabía— durante su estancia en la Mansión Coburg, le estaría infinitamente agradecida si le pudiera conseguir un pequeño mechón del cabello del difunto, antes de que cerraran el ataúd, y se lo mandara como recuerdo, así como la fotografía del marco.

Recibió, a vuelta de correo, una carta con lo que había pedido.



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Mensaje por ana maria el Jue 21 Mayo 2015, 23:53



El dolor y la desesperación la destrozaron, y permaneció echada, en medio de aquella frenética tristeza, durante más de una hora. Palabras entrecortadas salían de vez en cuando de sus temblorosos labios: —Oh, si tan sólo hubiera sabido de mi existencia... de mi existencia... ¡de mí!... Oh, si tan sólo lo hubiera visto una vez... sólo una vez... le habría puesto la mano sobre su frente ardiente... le habría besado... le habría hecho saber cómo le amo... ¡que por él habría soportado la vergüenza y el desdén, por él habría vivido y muerto! ¡Tal vez hubiera podido salvar su preciosa vida!...

Pero no... ¡no nos estaba permitido! Dios es un Dios celoso... ¡y la dicha no era para nosotros! ¡No era para él, y tampoco era para mí! Ya no habría más oportunidades; el encuentro había quedado definitivamente frustrado. Pero, incluso ahora, Ellen casi lo veía en su imaginación, aunque ya nunca pudiera realizarse.

El momento que pudo haber llegado y no llegó, El que el corazón de hombre y mujer imaginó y sintió; La vida, ya, les ha sido arrebatada.

Le escribió una carta a la casera de Solentsea como si fuera una tercera persona y en el estilo más llano de que fue capaz; le adjuntaba una orden postal de pago de un soberano, y le decía, a la señora Hooper, que la señora Marchmill se había enterado por los periódicos de la triste noticia de la muerte del poeta, y que, como había sentido gran interés por el señor Trewe —la señora Hooper ya lo sabía— durante su estancia en la Mansión Coburg, le estaría infinitamente agradecida si le pudiera conseguir un pequeño mechón del cabello del difunto, antes de que cerraran el ataúd, y se lo mandara como recuerdo, así como la fotografía del marco. Recibió, a vuelta de correo, una carta con lo que había pedido.



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Una Mujer Soñadora

Mensaje por ana maria el Jue 21 Mayo 2015, 23:54


Luego, tranquilamente, se olvidó del asunto y prosiguió con su quehacer cotidiano. Mientras tanto Ellen, en casa, había tomado una determinación. La señora Hooper, al enviarle el pelo y la fotografía, le había comunicado el día en que iba a tener lugar el responso; y a medida que la mañana y el mediodía avanzaban lentamente, un deseo irresistible par saber dónde iban a enterrar a Trewe se apoderó de la impresionable mujer. Importándole muy poco ya lo que su marido o cualquier otra persona pudiera pensar de sus excentricidades, le dejó a Marchmill una breve nota diciéndole que la habían llamado y que estaría fuera toda la tarde y toda la noche, pero que volvería a la mañana siguiente. La dejó sobre el escritorio de su marido y, tras decirles lo mismo a los criados, salió de casa, a pie.

Cuando el señor Marchmill llegó después de comer, los criados parecían inquietos. La nodriza le hizo un aparte privado y le vino a decir que la señora había estado tan triste durante los últimos días que temía que hubiera ido a ahogarse al río. Marchmill reflexionó.
Y llegó a la conclusión de que era muy improbable que hubiera hecho tal cosa. Les dijo a los criados que no le esperaran levantados y, sin decir dónde iba, se fue también. Fue a la estación del ferrocarril y sacó un billete para Solentsea.

Era ya de noche cuando llegó al lugar, a pesar de que había hecho el viaje en un tren rápido; pero sabía que si su mujer había llegado antes que él sólo podría haber venido en un tren más lento, que llegaba muy poco antes que el suyo. La temporada había terminado ya en Solentsea: el paseo estaba a oscuras y había pocos cabriolés (y los que había eran de los más baratos).

Preguntó por dónde se iba al cementerio y pronto se encontró allí. Ya habían cerrado las puertas, pero el guardián le dejó pasar, asegurándole, sin embargo, que no había nadie dentro del recinto.

Aunque no era muy tarde, la oscuridad otoñal se había hecho ya intensa, y Marchmill tuvo ciertas dificultades para no salirse de la sinuosa vereda que conducía a la zona en la cual, según le había dicho el hombre, habían tenido lugar los dos o tres enterramientos de aquel día.



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