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Una Mujer Soñadora

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Una Mujer Soñadora

Mensaje por ana maria el Jue 21 Mayo 2015, 23:56



Will se metió en la hierba y, tropezando con algunas estacas que había en el suelo, iba agachándose, de vez en cuando, para ver si podía divisar alguna figura dibujada contra el cielo. No pudo ver nada; pero, al llegar a un lugar en el que la hierba estaba pisoteada, discernió un bulto, agazapado, al lado de una tumba recién erigida. Ellen le oyó y se puso en pie de un salto.

—¡Ell, esto es ridículo! —dijo Marchmill con indignación—. Huir de casa... ¡nunca había visto nada igual! Por supuesto que no es que tenga celos de ese desgraciado; pero que tú, una mujer casada, con tres hijos y un cuarto en camino, pierdas así la cabeza por un hombre muerto es demasiado ridículo... ¿Sabes que te habías quedado encerrada? ¡Igual no hubieras podido salir en toda la noche! Ellen no respondió. —Espero por tu propio bien que la cosa no llegara muy lejos entre tú y él. —No me insultes, Will. —Entérate, no quiero más escenas de este tipo, ¿me oyes? —Muy bien —dijo ella.

Will la cogió de un brazo y la condujo fuera del cementerio. Regresar aquella misma noche era imposible, y, como no quería que nadie los reconociera en su actual y lamentable estado, Marchmill se la llevó a un pequeño y miserable café que había cerca de la estación, desde donde partieron al día siguiente muy de mañana; hicieron el viaje casi sin hablarse, con la sensación de que aquella era una de esas horribles situaciones que se dan en las vidas de los matrimonios y que las palabras no pueden arreglar. Llegaron a casa a mediodía. Pasaron los meses y ninguno de los dos se atrevió nunca a iniciar una conversación acerca de este episodio.

Ellen estaba triste y absorta con demasiada frecuencia: en un estado que casi se podría llamar de postración. El momento en que tendría que sufrir por cuarta vez la tensión de un parto se iba acercando, y aquello, aparentemente, no servía para animarla. —¡Creo que esta vez no lo sobreviviré! —dijo un día Ellen. —¡Bah! ¡Qué presentimiento tan pueril! ¿Por qué no ha de salir todo esta vez igual de bien que siempre? Ellen negó con la cabeza. —Siento, casi con absoluta certeza, que me voy a morir; y me alegraría de ello si no fuera por Nelly, Frank y Tiny. —¿Y por mí?

—Tú encontrarás pronto a alguien que ocupe mi lugar —susurró ella con una triste sonrisa—. Y tendrás perfecto derecho a ello; eso te lo aseguro. —Ell, no estarás todavía pensando en ese... amigo poeta tuyo, ¿verdad? Ella no admitió ni negó la acusación.

—Esta vez no lo voy a sobrevivir —repitió—. Algo me dice que no lo haré. Esta visión de las cosas era un comienzo bastante malo, como suele ser en estos casos, y, de hecho, seis semanas después, en el mes de mayo, Ellen yacía en la cama sin pulso y exangüe, sin apenas fuerza suficiente para enlazar un débil suspiro con el siguiente, mientras el niño por cuya innecesaria vida ella se estaba despidiendo de la suya estaba fuerte y sano. Justo antes de morir le dijo suavemente a Marchmill: —Will, quiero confesarte todas las circunstancias de aquella... ya sabes a qué me refiero... de aquella vez que estuvimos en Solentsea.

No puedo explicarte qué fue lo que se adueñó de mí... ¡cómo pude olvidarme así de ti, marido mío! Pero había llegado a un estado verdaderamente mórbido: pensaba que te habías portado mal; que me habías descuidado; que intelectualmente no estabas a mi altura, mientras que él M. lo estaba, y a una altura mucho mayor.






Última edición por ana maria el Jue 21 Mayo 2015, 23:58, editado 1 vez
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Una Mujer Soñadora

Mensaje por ana maria el Jue 21 Mayo 2015, 23:57


Tal vez, más que otro amor, lo que yo quería era alguien que supiera apreciar mejor mis... No pudo continuar por agotamiento, y una horas después, tras una súbita recaída, murió sin haberle dicho a su marido nada más acerca de su amor por el poeta. A William Marchmill, en realidad —como a la mayoría de los maridos que llevan casados varios años—, los celos retrospectivos le importaban muy poco, y no había demostrado el menor interés en presionar a Ellen para que le hiciera confesiones referentes a un hombre muerto que ya no podría importunarle nunca más.

Pero cuando Ellen llevaba ya enterrada un par de años, ocurrió que, un día, al revolver entre algunos papeles olvidados que quería destruir antes de que su segunda esposa entrara en la casa, William encontró por casualidad un mechón de cabellos, metido dentro de un sobre, junto con la fotografía del poeta muerto; detrás había escrita, con la letra de su difunta esposa, una fecha.

Era la de la temporada que habían pasado en Solentsea. Marchmill contempló pensativamente y durante largo rato el cabello y el retrato, pues había algo que le llamaba la atención. Cogió al niño que había provocado la muerte de su madre —ahora, ya, un ruidoso chiquillo—, lo sentó sobre sus rodillas, sostuvo el mechón de pelo junto a la cabeza de la criatura y puso la fotografía, de pie, encima de la mesa que había detrás, a fin de comparar cuidadosamente las facciones de cada rostro.

Por una conocida pero inexplicable ironía de la naturaleza, era indudable que en el niño había rasgos fuertemente parecidos a los del hombre que Ellen nunca había visto; la peculiar y soñadora expresión del semblante del poeta estaba presente, como una idea transmitida, en el del niño, y el pelo era del mismo color.

—¡Maldita sea si no se me ocurrió antes! —murmuró Marchmill—. ¡De modo que entonces sí que me engañó con aquel tipo de Solentsea! Vamos a ver: las fechas... la segunda semana de agosto... la tercera semana de mayo... Sí... sí... ¡Largo de aquí, pequeño mocoso! ¡No significas nada para mí!








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