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Mensaje por ana maria el Miér 05 Dic 2018, 10:49



Las Cuatro Lecciones del Gato

Javier vivía con el miedo en el cuerpo desde que había sufrido un infarto. Aunque el médico aseguraba que la recuperación sería rápida, caminaba por su apartamento sumido en la angustia.

En dos semanas tendría que reincorporarse a su empresa de seguros, donde la presión por los resultados era constante. Pese a que estaba siguiendo el tratamiento a rajatabla, no las tenía todas consigo.

Sabía que no sobreviviría a otro mano a mano con la muerte.

El teléfono le sacó por unos instantes de sus preocupaciones. Era su hermana. Vivía en su mismo bloque... era extraño no hablar con ella directamente.

—¿Dónde estás?

—En Doha, ¿lo has olvidado? Tengo un congreso de tres días. Me prometiste que cuidarías de Michu. Tienes mi llave.

—Sí, claro... Lo haré, descuida.

Tras colgar, bajó de mala gana al primer piso.

El gato percibió enseguida su presencia; rascó la puerta antes de que introdujera la llave en la cerradura.

A Javier nunca le habían gustado los felinos, quizás porque necesitaba tenerlo todo controlado y los gatos le parecían impredecibles. Por eso apenas se había fijado en la mascota que su hermana había adoptado dos meses atrás.

Michu le acompañó sinuosamente, cruzándose entre sus piernas, mientras le guiaba hasta el rincón de la cocina donde tenía la comida y el agua. El cuenco del agua estaba a la mitad y el del pienso tenía suficiente comida para un día. Su hermana había sido previsora.

Aun así, el gato maullaba frente a los cuencos y le miraba con ojos implorantes.

—Pero ¿tú qué quieres? –se impacientó Javier–. ¡Tienes de todo!

A modo de respuesta, Michu maulló aún más fuerte. El improvisado cuidador tomó entonces la bolsa del pienso y acabó de llenar el cuenco. Acto seguido, el felino se puso a comer satisfecho.

Antes de limpiar la arena, Javier se sentó en el sofá. Desde la distancia, observaba cómo el gato comía con sereno placer.

Su hermana siempre le había dicho que de los gatos se aprenden grandes lecciones. Y él acababa de entender la primera.

Michu no quería comer, sino que le sirvieran.

“El gato se deja cuidar y querer”

Se dijo para sus adentros Javier. Esa virtud no la tenían todos los humanos, pensó.

Él mismo seguía soltero a sus casi cincuenta porque siempre había visto las atenciones de sus parejas como una amenaza a su libertad. Cuando una novia se volvía demasiado cariñosa, él daba un paso atrás.

Demostrando que Michu sí aceptaba sin problemas el cariño ajeno, tras su almuerzo subió ronroneando al sofá y se sentó al lado de Javier, que le acarició la cabeza. Segundos después cayó dormido en un estado de relajada placidez.

“Cuando el gato descansa, lo hace de forma absoluta”

Bien podía ser esa la segunda lección a aprender, observó Javier.

El descanso de Michu contrastaba con su mal hábito de meterse en la cama con el móvil, contestando mensajes y actualizando las redes sociales hasta el último momento, con lo cual su smartphone vibraba constantemente. Al desconectarlo por fin, siempre había algún mensaje o noticia que se quedaba dando vueltas en su cabeza, propiciando el insomnio.

De repente, de la ventana abierta de la cocina se oyó un zumbido, lo cual hizo que Michu levantara una de sus orejas en esa dirección. Segundos después, un moscardón entraba impunemente en el salón.

Advertido de aquella novedad, el gato saltó sobre una mesa cercana y se puso al acecho, en un estado de total atención.

Todos sus músculos se tensaron, dispuesto a saltar sobre el intrusotan pronto como se pusiera a tiro. El moscardón, sin embargo, pareció detectar el peligro y, describiendo una elipse fuera del alcance de Michu, decidió volver a la cocina y salió por la ventana por la que había entrado.

“El gato hace una sola cosa a la vez, y pone toda su atención en ella”.

Esa era la tercera lección, pensó Javier. Al descansar de forma absoluta, en el momento de actuar concentraba toda su energía en un único objetivo.

Decepcionado por el fin del juego, Michu fue a la cocina a beber agua. Un maullido en dirección al salón hizo saber a Javier que quería agua fresca.

Tras levantarse para satisfacerle, se dijo que la cuarta lección era:

“Si al gato le falta algo, no duda en pedirlo”.

Una cosa que él no había sabido hacer hasta ahora, ni en el trabajo ni en ningún sitio. Mientras se despedía de su pequeño amigo, Javier se prometió que en adelante intentaría aplicar aquellas cuatro lecciones a su propia vida:

Deja que cuiden de ti; cuando descanses, que sea de forma absoluta; haz una sola cosa a la vez, con toda tu atención; si te falta algo, pídelo.


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