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Mensaje por ana maria el Lun 26 Mayo 2014, 23:11


Mañana



Mañana 140526111155153503


Augusto se crió en un hogar austero. No pobre, ni siquiera humilde, pero, sin dudas, austero. Sus padres fueron gente de trabajo, de aquellos que creen que el trabajo no sólo sirve para vivir, sino, por sobre todo, para asegurarse una vejez digna.

Hacían un culto del sacrificio y el temor a no tener nada en un futuro. Augusto recibía un par nuevo de zapatillas, sólo cuando las que estaba usando ya no resistían los embates del tiempo y el tamaño de sus pies.

No fue fácil crecer en ese ambiente. En su hogar, la necesidad y la obligación desplazaron al placer y a muchos sueños también.

“Para qué quieres una pelota nueva, si tienes la que te regalamos hace cinco años”. Todavía escuchaba la voz de su padre y podía sentir, luego de tantos años, cómo corrían tímidamente un par de lágrimas por su mejilla.

“La ropa es mejor holgada para que sirva el año que viene también”, decía su madre cada vez que era imprescindible comprar alguna prenda. Aún  veía a ese niño en pantalones con marcas de dobladillos, que evidenciaban no sólo su crecimiento, sino, además, el tiempo que hacía que ese pantalón había sido comprado.

“Pide a los reyes cosas necesarias, no juguetes que pasan de moda”. Su mente seguía conservando ese tipo de frases que escuchaba cada año. También continuaba sintiendo la presión que ejercía sobre la lapicera para no escribir, en su cartita, aquello que realmente deseaba con el corazón. ¿Qué le importaba a Augusto niño lo que era necesario? Él quería juguetes, autos, pelotas. ¿Por qué no podía pedirles a los reyes lo que se le antojara? ¿Qué tenían que ver ellos con la necesidad de las cosas?

Augusto soñaba con barcos, desde muy pequeñito, sin embargo, jamás tuvo uno. Los barcos de juguete eran caros, y más valía gastar dinero en algo de mayor utilidad.

El niño que fue quería navegar de verdad, sentir el viento sobre su rostro y el agua salpicando sus cabellos. Pidió infinitas veces, a sus padres, que lo llevasen a navegar, pero era algo costoso, en aquellos días, y, por ende, imposible de conceder.

Augusto creció en ese ambiente, y es sabido que uno no puede escapar del todo de su historia, de las frases escuchadas con frecuencia y de los sueños que fue imposible cumplir.

Nunca tuvo un libro nuevo, ni su ansiado barco y había aprendido a sacar punta a los lápices con tal pericia, que le duraban mucho más tiempo del que deseaba.

–Viejo se es mañana –afirmaba siempre su padre–. Hay que guardar para cuando ya no se pueda trabajar.

Un día, sin saberlo, decidió que era inútil sufrir por esa vida austera y acotada, y se amigó con ella.

Comenzó él a prolongar la vida útil de las cosas, a considerar que no hacía falta comprar libros nuevos para la facultad cuando podía adquirirlos usados, “total los libros dicen lo mismo, sean nuevos o usados”, solía pensar.

Augusto se transformó en un joven hecho a imagen y semejanza de sus padres. Consiguió un trabajo y, más allá de pagar sus estudios, ahorraba todo lo que podía.

El mañana lo obsesionaba. El no poder gozar de una vejez digna, no poder mantenerse cuando fuese anciano se habían convertido en una amenaza de la que no salió ileso.

Se fue endureciendo, de a poco, fue olvidando aquellas lágrimas infantiles, la lapicera apretada para escribir la cartita a los reyes y el sueño de tener un barco.

No se trataba de contar o no con el dinero suficiente para comprarlo. Augusto era un exitoso profesional. Sin embargo, aquel sueño que, de niño, había sido tan importante, ahora, de grande, se había transformado en algo postergable y casi superficial.

Su familia insistía en que concretase esa asignatura pendiente, pero jamás accedió.

–Hay que pensar en el mañana, no gastaré dinero en un barco –repetía una y otra vez.

No pudo evitar el mandato familiar y arrastró a su familia a sobrevivir una vida que bien podría haber sido vivida a pleno.

Con el paso de los años, la obsesión por el mañana y la vejez fue haciéndose cada vez más fuerte. La jubilación, el retiro, el ahorro, la pensión, eran palabras recurrentes en el vocabulario de Augusto.

Era joven. Apenas si rondaba los cuarenta, pero parecía que, en su horizonte, ya no había proyectos, ni sueños, sólo recaudos para el futuro.              

–Viejo se es mañana –repetía a sus hijos, tal como su padre había hecho  con él.

Cierto día, despertó angustiado. Sentía tristeza y desazón. Necesitaba algo que ni él mismo sabía bien qué era. Llovía, el cielo estaba gris, y el viento castigaba los árboles.

Salió de su casa sin rumbo fijo y, de repente, se encontró, casi sin saber cómo, en el puerto.

Se detuvo a mirar a aquellos barcos que habían transportado sus sueños de niño, y una lágrima se confundió con las gotas de lluvia.

Un impulso desconocido lo arrojó dentro de una embarcación y se encontró rogándole al dueño que lo llevase a navegar.

–No es día para navegar –respondió el dueño del barco.

–Sólo unos minutos, se lo ruego –insistió Augusto.

El dueño del barco accedió. Soltó amarras, y, en poco tiempo, estaban en medio del río. Augusto fue feliz, luego de mucho tiempo y muchos años, fue feliz, pero no era un día para navegar y, menos aún, para cumplir sueños postergados. Dicen que los sueños jamás deben postergarse, pues no se sabe en qué oportunidad pueden llegar a cumplirse.

Cada vez llovía más, y las ráfagas de viento no eran caricias, sino látigos.    La embarcación se dio vuelta, y los hombres nada pudieron hacer. Al día siguiente, encontraron el cuerpo de Augusto flotando en el río. El viento rozaba su rostro, el agua mojaba sus cabellos, y una sonrisa podía entenderse en su expresión. El sol brillaba como nunca. En la proa de la embarcación, justo al lado del cuerpo de Augusto y como una burla del destino, podía leerse un cartel de bronce que decía: “Mañana”.                  



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