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Un Soldadito sin Casco

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Mensaje por ana maria el Vie 30 Mayo 2014, 02:15

Un Soldadito sin Casco 140530021023861210

Un Soldadito sin Casco


A pesar de ser pequeño, libraba una gran batalla. Sabía que no sería fácil ganar y que tal vez le llevase años derrotar al enemigo. Sin embargo, ese pronóstico poco alentador significaba, para el pequeño valiente, un gran desafío, “su” gran desafío. No podía darse el lujo de ser derrotado.

El enemigo era uno y muchos a la vez. Solapado, silencioso y muy ambicioso. Necesitaba el poder absoluto del territorio y lentamente parecía ir logrando su objetivo. Poco a poco, había ido ocupando terreno, había avanzado cruel e impiadoso sobre los dominios del pequeño. Parecía extraño que entes tan pequeños tuviesen tanto poder.

Cuando le encomendaron la misión, la más importante de su corta vida, no le dejaron margen para la duda, ni siquiera para el lamento. Podría haber desistido antes de luchar pues no contaba con muchas armas para  defenderse, se sentía cansado y débil. Era pequeño y tenía miedo. No obstante, optó por dar batalla. Eso sí, necesitaría aliados, personas que lo ayudasen, fórmulas casi mágicas, aparatos, tecnología y, especialmente, amor y confianza, fe y esperanza.

Tenía todo eso, pero es sabido que, por acompañados que estemos, en un punto, uno está solo en el dolor. No le importó. La recompensa de vencer esa batalla y recuperar su territorio valía la pena o, mejor dicho, muchas penas.

Contrariamente a lo que podría suponerse, no le habían entregado un traje sofisticado. El niño había imaginado que lucharía con casco, un traje similar a uno espacial, rayos laser, armas de formas extrañas y un sinfín de accesorios. Nada de eso, no llevaba casco que cubriese su magra caballera, tampoco un traje grueso. Vestía ropas finas, casi etéreas y no portaba armas.

Aun así, aparentemente indefenso, el niño no se daría por vencido, se le iba la vida en esa batalla, y estaba dispuesto a ganarla, con o sin caso, con o sin traje.

Muchos admiraban su valentía, se había convertido en una especie de superhéroe para quienes lo rodeaban. Sabía que si era derrotado, muchos sufrirían, más que él, sin dudas, y eso no se lo podía permitir. Periódicamente, debía pedir “sus coordenadas” para saber dónde estaba parado y si sus enemigos seguían avanzando o se iban deteniendo. −¿Coordenadas, mi capitán? −preguntaba el pequeño, no sin temor.

Me temo que no son buenas, estamos perdiendo terreno –contestaba con mucho dolor su capitán vestido de blanco. −No importa, ya lo recuperaremos –respondía con una sonrisa el valiente soldado.

No se rindió y siguió luchando con las armas que tenía a su alcance. Puso fuerza, alegría, superó el cansancio y, por sobre todo, el temor y el terror que a veces se parecen demasiado.

Alentó a los que lo alentaban, consoló a quienes intentaban consolarse. No fue fácil, pero ya se lo habían anticipado, eran las reglas del juego. Luego de mucho dolor, pero también mucha esperanza, el pequeño venció.

−Las coordenadas no pueden ser mejores –dijo un día el capitán vestido de blanco con lágrimas en los ojos. −¿Los doblegamos? –preguntó el soldadito sin casco. −No hay dudas, has triunfado.

Muchos fueron los que festejaron el triunfo del pequeño. El soldadito, el capitán, sus familias, sus amigos estaban felices y agradecidos.

Ya no había enfermedad, el enemigo llamado leucemia se había retirado. Quedaban atrás los dolores, el cansancio, las terapias.

El pequeño se deshizo de su traje etéreo y vistió sus ropas después de mucho tiempo. En su cabecita sin casco, ya asomaban cabellos recién nacidos, como su vida misma.
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