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Mensaje por ana maria el Dom 08 Jun 2014, 15:06

EL ROSTRO DE ANITA


Hacía años que Ana vivía la misma pesadilla. Lo que había empezado como un exabrupto terminó, con el tiempo, en una cruel costumbre.

Ana era golpeada por su esposo y lo aceptaba, no le gustaba, le dolía el alma mucho más que el cuerpo, pero lo aceptaba. Tenía una hija pequeña y sentía pánico de comenzar de nuevo sola. Ella podía aguantar, rearmarse, perdonar, hacer como si nada pasara, todo por Anita. La niña estaba a salvo de los golpes, su esposo no se comportaba igual con ella que con su hija, y, para Ana, eso era suficiente.

Su marido les daba un buen pasar, y, si bien a ella no le importaba el dinero, sí le preocupaba el futuro de Anita. Ella sola no podría brindarle ningún bienestar.

Ana justificaba, callaba, tapaba y se engañaba pensando en que algún día su esposo cambiaría, que dejaría el alcohol, que, cuando tuviese menos presiones, ya no sería violento, que no se enojaría por todas aquellas cosas que, siendo simples, se habían convertido en preámbulos de las tormentas.

Ana trataba de ordenar, de esconder el alcohol, de colocar cada cosa no en su lugar, sino en el sitio donde su esposo las quería ver, pero todo era inútil.

Ana perdonaba una y otra vez. Se ilusionaba con un pedido de perdón que se desvanecía en el siguiente golpe.

Ana se aferraba a una vida que no era vida, pero que soportaba por el futuro de su hija.

Se miraba en el espejo luego de cada golpe; se había acostumbrado a su imagen y se maquillaba con una pericia que disimulaba mucho el horror violáceo que se instalaba en su rostro. Todo por Anita y su futuro.

Ana pensaba que, sosteniendo ese infierno, aseguraba el porvenir de su pequeña, pero los infiernos lo único que aseguran es el sufrimiento.

Nunca quiso escuchar, y no faltaron voces que la aconsejaran, que le dijeran que ese presente no podía augurar ningún buen futuro, ni para ella, ni para su hija.

Pasó el tiempo, y Anita, que había dejado de ser pequeña para transformarse en una adolescente, demasiado se parecía a una mujer y, por ende, se convirtió también en una eventual presa del horror doméstico.

Ana no lo vio, no lo quiso ver, hasta que un día no le quedó más remedio.

Volvió a su casa y encontró a Anita llorando en un rincón tapándose la cara con ambas manos. No hizo falta preguntar nada.

La joven levantó el rostro, y fue como ver su imagen en un espejo.

En su hija golpeada, Ana vio por primera vez la dimensión del espanto. Con su niña no, con su pequeña jamás. En tanto tiempo, en un tiempo infinito, supo que había que decir basta.

Ver las marcas de su marido en el rostro que más amaba le infundió la fuerza para hacer lo que jamás había hecho.

Hizo un par de llamados, empacó sus cosas y las de su hija, y abandonó su casa para dejar atrás lo que nunca tendría que haber sostenido, el infierno.

Antes de llegar a la casa de su hermana, se detuvo a cumplir con ella misma y con lo que era más importante, Anita y su futuro.

Salió de la comisaría con una mezcla de sensaciones, alivio, tristeza, culpa por no haberlo hecho antes y miedo, miedo al futuro.

Caminaron unas cuadras, y Ana se dio cuenta de que la mañana era hermosa. Pensó en qué le ofrecería a su hija y cómo comenzaría de nuevo, pero no se preocupó, las cosas se irían acomodando.

Ahora sabía que, lejos del horror, el futuro de Anita podía ser bueno, sin dudas, sería muy bueno.

De pronto, un rayo de sol ―de esos que obran milagros― iluminó el rostro de Anita, y Ana supo que la vida podía volver a comenzar.
AUTOR:  LIANA CASTELLO  ( argentina )




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