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El Cuento de las Mentiras

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El Cuento de las Mentiras

Mensaje por ana maria el Jue 12 Jun 2014, 20:22

El Cuento de las Mentiras

Había y no había una vez un pescador que estaba casado con una mujer tan hermosa que le podía decir a la luna: "Desaparece, para que yo pueda brillar en tu lugar".
Todos los días el hombre bajaba al río a pescar y luego vendía los pescados en el bazar; la ganancia alcanzaba para las comidas diarias. Pero una mañana el pescador se sintió mal y no quería levantarse.
–¿No irás a pescar hoy? –le preguntó entonces su mujer– ¿Y de qué viviremos? ¿Qué comeremos? ¡Levántate! Yo llevaré el canasto y la red.
De modo que ese día fueron los dos al río y pescaron un buen rato en los acantilados cercanos al palacio real. Casualmente el rey miró por una de las ventanas que daban al mar y vio a la mujer. Quedó asombrado y se enamoró perdidamente de ella. Llamó al visir y le dijo:
–¡Oh, visir! Vi a la mujer del pescador y me enamoré de ella. Es tan hermosa como la luna en su noche de plenitud. ¡Por Alá!, en todo mi palacio no hay ninguna que pueda competir con su belleza. ¡Debe ser mía!
–¿Y qué piensas hacer, oh rey? –preguntó el visir.
–Debemos hacer venir al pescador al palacio y matarlo –contestó el rey –. Así podré casarme con su mujer.
– ¡Por tu honor, oh rey! No puedes matar al pescador sin que haya cometido ningún crimen –objetó el visir–. Todos tus súbditos verían ese proceder con malos ojos. Te hago otra propuesta: mi padre posee un salón que es más o menos tres veces más grande que tu parque. Haremos venir al pescador y le diremos que el rey quiere una alfombra de una sola pieza para cubrir su piso. Le daremos tres días de plazo; si no cumple, morirá. De este modo tendrás un motivo para matarlo y tus súbditos no podrán decir nada.
Al día siguiente el visir llamó al pescador, lo condujo al salón y le ordenó lo que había tramado el rey. El pobre hombre protestó:
–¿Por qué me piden eso a mí? ¿Acaso yo negocio con alfombras? En lugar de la alfombra puedo traer peces de todo tamaño y color. Haré todo lo posible; trataré de conseguír los más extraños.
–No le sirve de nada discutir –lo interrumpió el visir–. El rey así lo ha ordenado.

Desesperado, el pescador fue corriendo a su casa.
–¿Qué es lo que te abruma? –le preguntó su mujer.
–Cállate y junta nuestras pocas cosas. Tenemos que irnos de aquí cuanto antes.
–¿Por qué? –preguntó ella sin comprender.
–El rey quiere matarme si en el término de tres días no le llevo una alfombra de cuatro mil metros cuadrados... ¡Y de una sola pieza!
–¿Es eso todo? Entonces no te hagas problemas; mañana tendrás la alfombra –dijo aliviada la mujer.
– ¡¿También tú estás tan loca como el visir?! –gritó el hombre–. ¡Somos pescadores, no comerciantes de alfombras!
Pero ella le dijo tranquila:
– Si ya la quieres tener hoy, tendrás que ir a buscarla tú mismo.
– Sí, sí, mejor me aseguro ahora. Pero dime, dime cómo debo hacer.
– Ve hasta la mezquita, sigue siempre derecho y en el tercer cruce encontrarás un aljibe debajo de un olivo. Asómate y di: "Badwia, tu hermana te pide el huso que dejó olvidado ayer porque debemos tejer una alfombra".

El pescador fue hasta el aljibe. Hizo lo que su mujer le había dicho y una voz le contestó desde la profundidad: "Toma el huso y haz la alfombra". Una mano salió del pozo y le alcanzó lo que pedía. El pescador tomó el huso y regresó a su casa. Cuando llegó le preguntó a su mujer:
–¿Y cómo voy a hacer semejante alfombra en tan poco tiempo y con tan poco hilo?
–Vé a ver al visir y pídele un martillo y un clavo. Clávalo en un                rincón del salón, sujeta el hilo del huso al clavo y luego coloca                la alfombra como tú quieras.
– ¡¿Acaso hay una alfombra dentro del huso?! ¿Quieres que me tomen por loco y que el rey me mate? –preguntó el pescador fuera de sí.
–Haz lo que te dije –le contestó con firmeza su mujer.
El hombre fue a casa del visir. Por el camino pensaba: "Hoy es mi último día en este mundo''. Cuando llegó, el rey y el visir le preguntaron burlones:
–¿Trajiste la alfombra, oh pescador?
Y como él asintiera, prosiguieron curiosos:
–¿Dónde la traes, oh pescador?
–Dentro de mi bolsillo, oh dueño del poder –respondió él.
Ahí rieron los otros de buena gana y burlándose más le preguntaron:
–¿Es acaso un ovillo?
–¿Qué importa? Dame un clavo y un martillo, oh visir, y colocaré la alfombra en tu salón.
El visir mandó llamar secretamente al verdugo y le dijo:
–No te muevas de esta puerta. Si el pescador no logra cubrir el piso con una alfombra  desenvaina tu espada y córtale la cabeza.
El visir entregó luego el martillo y el clavo al hombre y entró con él en el salón. El pescador clavó el clavo en el piso, sujetó el hilo del huso y comenzó a tirar a derecha y a izquierda.
Fue así como una valiosa alfombra de seda cubrió el piso por completo. Era tan fina y brillante que el rey empalideció de envidia porque en todo su palacio no había otra igual.
El visir, estupefacto, dijo:

–Esto lo has logrado, oh pescador, pero el rey quiere pedirte otra cosa: desea que le traigas un niñito de ocho días que le cuente un cuento que empiece y termine con una mentira.
–¿Conoces tú, oh visir, un niñito de ocho días que sepa hablar? –preguntó indignado el pescador–. Ni siquiera el hijo del Diablo sabe hablar a los ocho días, y menos contar un cuento.
–Es inútil discutir –respondió el visir– El rey lo quiere así. Tienes ocho días de plazo.
El pescador, furioso, regresó a su hogar y contó lo ocurrido a su esposa.
– No te preocupes ahora por eso –le respondió ella –. Ocho días es mucho tiempo.
Cuando llegó la mañana del octavo día el pescador dijo a su mujer:
– Hoy es el día. ¡Por Alá! ¿Qué haremos ahora?
– Vé otra vez al aljibe que está debajo del olivo y dí: "Badwia, tu hermana te saluda y te pide el niño que nació ayer porque lo necesitamos con urgencia".
– Y¿Tú tambièn eres tan tonta como el visir? Ni el hijo del Diablo sabe hablar una palabra después de tan sólo ocho días –gritó el pescador–. ¡Y tú me hablas de niñito de un día!
–Vé y haz lo que te dije –le ordenó con firmeza su mujer.
Mientras el pescador se dirigía al aljibe, pensaba: "Hoy es mi último día en este mundo". Y se puso muy triste. Cuando llegó al lugar indicado hizo lo que su mujer le había dicho. Una mano salió del pozo, le alcanzó el niño y una voz le dijo desde la profundidad: "Pronuncia el nombre de Alá sobre él".
–En nombre de Alá, el bondadoso y compasivo –dijo el pescador, y regresó a su casa con el niño. Por el camino le dijo a la criatura:
–Habla, así puedo estar seguro de que no moriré.
Pero el niño comenzó a llorar como cualquier niño. Entonces el pescador pensó: "Mi mujer y el visir se han aliado para matarme Cuando llegó a la casa, dijo a los gritos a su esposa:
–¡Aquí está el niño, pero no dice nada!
Ella respondió:
–Llévalo ante el rey y el visir, allí hablará. Pide tres almohadas; siéntalo en el medio del diván y colócale una almohada debajo del brazo derecho, otra debajo del brazo izquierdo y la tercera detrás de la espalda. Así hablará.

El pescador tomó nuevamente al niño y fue al palacio del rey. El visir salió a su encuentro, pero cuando comprobó que la criatura sólo lloraba ''buah... buah..." fue muy contento a ver al rey y le dijo:
–Por mi honor, acabaremos ahora con el pescador; el niño sólo dice "buah... buah..." como todos los niños. Llama a los jueces, sabios y jeques. Como este hombre no ha cumplido, podremos matarlo delante de todos y tendremos la ley de nuestro lado.
Una vez que toda la concurrencia se hubo reunido, el rey ordenó al pescador:
–Trae al niño para que nos cuente el cuento de las mentiras.
El hombre pidió las almohadas, los criados las trajeron. Cuando terminó de acomodar al niño, el rey preguntó:
–¿Es éste el que nos contará el cuento?
Y el niñito contestó:
– ¡Que la paz sea con todos!
Los invitados se extrañaron ante el saludo. El rey, balbuceando, saludó a su vez y le ordenó:
–Bien, niño, cuéntanos el cuento de las mentiras.
El niñito comenzó:

–En la flor de la juventud abandoné la ciudad al calor del mediodía. Me encontré con un vendedor de melones y le compré uno por un dinar. Lo corté en pedazos y en su interior descubrí una gran ciudad con bazares multicolores, suntuosos palacios y mezquitas. Me interné en el melón y admiré los edificios. Tambièn vi gente de muchas razas. Caminé mucho, tanto que alcancé las afueras de la ciudad. Llegué a campos. Allí encontré una palmera que tenía unos dátiles de un metro. Como tenía hambre, me trepé al árbol para comer alguno. Cuando llegué arriba vi que muchos campesinos sembraban y cosechaban el trigo sobre las hojas. Comí un poco y luego bajé y seguí caminando. Entonces encontré a otro campesino que partía gran cantidad de huevos sobre el borde de un jarrón de piedra. De ellos salían infinidad de pollitos. Las gallinas volaban hacia la izquierda y los gallos hacia la derecha. Seguí caminando y me topé con un burro que llevaba tortitas de sésamo sobre el lomo. Corté un pedacito de una y me lo comí. Enseguida volví a encontrarme fuera del melón, que se cerró totalmente hasta quedar tal cual como yo lo había comprado.

–¡Basta ya de mentiras! –exclamó el rey muy enojado–. ¿Dónde se ha visto una ciudad dentro de un melón? ¿Y quién ha oído hablar de pollitos que salen de un huevo con sólo cascarlo?

–¡Pero mi rey! Tu deseo era que te contara un cuento lleno de                mentiras. ¿O es que acaso planeabas matar al pescador para                quedarte con su hermosa mujer? ¡Es una vergüenza! Eres rey, sultán y jefe de los creyentes y te enamoras de la mujer de un pescador. ¡Por Alá! ¡Si no dejas en paz a este hombre, borraré tu cabeza de este mundo!

El rey se puso muy pálido y todos dirigieron su mirada hacia él. Entonces el pescador, aliviado, tomó al niño entre sus brazos y regresó feliz a su casa. Allí vivió con él y su mujer en armonía hasta la muerte.

Y el pájaro voló. Que tengas buenas noches.

FUENTE: www.cuentosparaniños.com
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