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Verdades

Mensaje por ana maria el Sáb 31 Mayo 2014, 02:48


Verdades


Cuando se es niño, algunas cosas adquieren una magnitud que rara vez alcanzan siendo adultos.
             
En mi infancia, la Nochebuena significaba mucho para mí. La ansiedad comenzaba ya al escribir la carta para Papá Noel, una infinita lista que siempre terminaba con un “gracias” y un “beso”.
             
Armar el arbolito junto a mis padres y hermanos era toda una ceremonia que ninguno de nosotros quería perderse. Disfrutaba de ver a mi madre adornar la casa, pensar la comida que haría, vestir todo de rojo, blanco y verde, como si no hubiese otros colores.
             
Era una época especial, llena de magia e ilusión. No sólo mi casa cambiaba su  fisonomía, las calles también, y las personas parecían un poco más contentas.
             
Sin embargo, nada se comparaba con esperar a que llegase Papá Noel. Aunque no siempre me traía lo que yo había pedido, yo lo quería a él.
             
Esa noche, entre risas, copas, adornos y fuegos artificiales, él siempre venía vestido de gala para la ocasión. Cierto es que se iba muy rápido, casi no se lo podía ver, pero venía siempre.
             
Recuerdo que, todas las Nochebuenas, estaba tan ansiosa que casi no podía probar bocado.

―¿Y si no viene? ¿Y si sigue de largo? ―le preguntaba una y otra vez a mi madre.

―¿Se ha olvidado alguna vez? ¿Verdad que no? Cuando sea el momento vendrá ―me tranquilizaba ella.

Nunca tenía ganas de comer, pero no quería hacerla enojar y menos en Nochebuena.

Con el último trozo de comida en la boca, me levantaba de mi silla para mirar por la ventana.

―Esta vez descubriré por dónde viene ―me repetía cada año y cada año sufría la misma decepción que, en realidad, estaba esperando sufrir. Yo no quería ver de dónde venía. Deseaba que me sorprendiera, con la misma alegría, con el mismo brillo de una sonrisa que, sólo a veces, me resultaba conocida.
             
Hubo una noche en la que se fue gran parte de mi niñez, o toda quizás. Porque, sin querer, descubrí de dónde venía Papá Noel.
             
No había trineo, ni magia, ni brillos. Sólo un tío gordo que esa Navidad olvidó sacarse un anillo que siempre llevaba puesto.
             
Confieso que primero dudé. “Tal vez Papá Noel tenía el mismo anillo que mi tío”, pensé, pero luego comencé a atar cabos y entendí por qué, a la hora de abrir los regalos, mi tío nunca estaba y también entendí por qué esa sonrisa siempre me había parecido conocida.
             
Me enojé, me enojé mucho. Con mi tío, con mis padres, con la vida entera. A mi tío no le hablé por mucho tiempo, y no hubo razones que pudiera entender.

―Eres un mentiroso ¡Eso eres! ―le grité una y otra vez.
             
El pobre me miraba sin saber qué hacer, sin embargo, no se enojó. Intentó hacerme entender que no se había tratado nunca de una mentira, sino de mantener una ilusión que para mí era importante. No supe darme cuenta de la diferencia.

―¡Todos mienten! ―dije por último y me fui a dormir sin siquiera abrir un regalo.
             
Con el tiempo, este recuerdo se desdibujó, pero nunca se borró y, después de muchos años, pasó a ser una anécdota de familia.
             
Por un largo tiempo, me costó “amigarme” con la idea de mantener en los niños una ilusión que consideraba mentirosa. Creo que algo de tristeza me quedaba de ese día en que me enteré de que los Papás Noel terminan siendo tíos disfrazados.
             
Mi tío ahora ya no está, y se aproxima la Nochebuena una vez más.
             
Lo que no pude o no supe comprender durante muchos años, lo entiendo ahora porque soy madre. Mi hijo escribió con letra de hormiguita una carta a Papá Noel, que también espera con ansias y mira el cielo para ver si ve un reno con nariz roja.
             
Soy yo ahora quien alimenta en mi hijo esa imagen hermosa de un señor gordo y bueno que surca los cielos para entregar regalos y viste un traje rojo.
             
Me doy cuenta de que, sin esas ilusiones que se tienen de pequeño, uno no es quien es de grande y que, sin las verdades que se cruzan ―aunque uno no quiera―, tampoco.
             
Fui al cementerio esta mañana y le dejé un ramo de flores a mi tío en señal de disculpas, aunque estoy segura de que perdonó mi enojo de entonces.
             
Hoy es Nochebuena, y yo procuro también que mi niño cumpla el sueño de ver a Papá Noel. Eso sí, me aseguraré de que no lleve ningún anillo puesto, por suerte, no es tiempo de que sepa la verdad.
             
Mientras no lo sea, fomentaré esa ilusión que hace feliz su infancia y cuando el momento de la verdad llegue, estaré allí para revelársela y para que aprenda a crecer con ella.

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ana maria
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