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Un Tazón de Sopa

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Un Tazón de Sopa

Mensaje por ana maria el Sáb 07 Jun 2014, 18:41

Un Tazón de Sopa

[size=18][color=#002060]Hacía varios años que José vivía en la calle. Tantos que creía haber nacido allí. Ya no le importaba ni el porqué, ni el cómo. Casi tampoco el hasta cuándo. José se había acostumbrado.

Se había instalado en la entrada de lo que años atrás había sido un banco. La propiedad estaba abandonada en espera de que el juicio que la tenía a mal traer se resolviera. Por suerte, para José la justicia era lenta, muy lenta.

María era una mujer sola. Se había mudado al barrio hacía poco tiempo y no había hecho muchos amigos. Tenía un alma noble, pero un carácter algo difícil.

Una noche, camino a su casa, María pasó por el refugio de José. Casi no le prestó atención, hacía demasiado frío como para detenerse a observar a un hombre sucio y cubierto de rotas frazadas.

Llegó a su casa, se preparó una sopa y se sentó a la mesa, sola como siempre. De pronto, recordó al hombre que había visto muy de pasada. Miró el plato de humeante sopa y se dejó guiar por su impulso.

Buscó un envase de plástico para colocar una porción de sopa, pero no encontró. Quería llevarle algo calentito para que ese hombre, cuyo rostro no recordaba, no sintiese tanto frío. Buscó y no halló nada que la convenciera. Tomó entonces un tazón de porcelana viejo y algo cachado, lo llenó, lo tapó con un plato y lo envolvió con un repasador.

El hombre seguía allí, cobijado por las frazadas agujereadas. María, sin decir palabra, depositó el tazón junto a José y se fue rápido, tal vez perseguida por el frío o por algo de vergüenza, de esa que no debe tenerse, pero que a veces se siente.

José comenzó a creer en los milagros, ya no recordaba cuánto hacía que no tomaba un plato de sopa caliente. El aroma lo embriagó, y el sabor recorrió cada fibra de su cuerpo, igual que el calor de ese caldo que curó, por un instante, solo por un instante, tantos años de frío y hambre.

Fue tal la avidez con la que tomó la sopa que, recién luego de acabarla, se preguntó quién la habría dejado. Miró el coqueto tazón de porcelana, lo tocó –aún estaba tibio−, y la textura de esa fina loza lo maravilló y lo intrigó también.

Agradecido y con menos frío del habitual se dispuso a dormir. María regresó a su casa. Calentó la sopa y se sirvió otro plato. Mientras contemplaba el humo que emanaba del caldo y se perdía caprichoso en el cielo raso de la cocina, pensó en José y en ella también.

Le dio pena ese hombre que vivía solo en la calle, pero también sintió pena por ella. Ella también vivía sola, cómodamente por cierto, pero sola.

Se preguntó cómo habría sido la vida de José, qué habría ocurrido para que terminase en la calle. ¿Cómo sería vivir a la intemperie, sufrir hambre, frío y soledad? María no tenía una respuesta para la mayoría de sus preguntas. Lo que sí sabía era cómo se padecía la soledad, lo sabía muy bien.

A partir de ese día, cada noche, María dejaba un tazón de sopa caliente junto a José. Volvía a su casa y se servía otro para ella.

Ahora se sentía menos sola, pues sabía que, mientras ella cenaba, José también lo estaba haciendo. Por primera vez en su larga vida, comenzó a cocinar no solo para ella, y el hecho de que alguien la necesitaba y la esperaba, del modo que fuese, la alivió y curó en parte su soledad.

Para José los días cambiaron y se hicieron más cortos. Más allá del frío, la lluvia o las penurias que el día le deparase, por la noche, recibiría esa caricia contenida en el tazón de sopa caliente.

De una manera u otra, ambos se necesitaban porque, en verdad, todos necesitamos de todos, con hambre o sin ella, con frío o con calor.

Se ayudaron mutuamente, porque la soledad también produce frío, y porque el hambre es más fuerte si uno está solo.

Se sintieron menos solos, mejores, algo queridos, menos abandonados.

Lo que María ofrendaba a José era mucho más que alimento, y lo que José hacía por ella era infinitamente más que dar las gracias.

Todas las noches, un pequeño milagro se hacía realidad. La soledad, el hambre y el abandono desaparecían tras el vapor de una sopa amorosamente servida en un tazón de porcelana.    
             

ana maria
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