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Las Llaves

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Las Llaves

Mensaje por ana maria el Dom 08 Jun 2014, 15:24

LAS LLAVES


Cuando falleció mi padre, sufrí mucho su pérdida, muchísimo. No obstante, a pesar de extrañarlo tanto como lo extraño aún hoy, no sentía el desamparo que me inunda ahora, que me desborda, me lastima.

Mi padre se fue hace ya varios años, y mi madre siguió habitando la casa donde crecí. Esa casa donde la vida empezó, ese lugar que fue mío durante tanto tiempo.

La casa de nuestra infancia no se parece a ninguna otra que podamos poseer a lo largo de nuestra vida. Las casas que habitamos ─cuando crecemos─, aun cuando nosotros mismos las convertimos en hogares, no tienen sus aromas, ni su encanto y, mucho menos, sus recuerdos.

Visitar a mi madre en su casa era mucho más que verla y compartir un rato con ella. Algo de esa niña que fui volvía con cada visita. Un sentido de cálida y tierna pertenencia me invadía y una mezcla de sentimientos bailaba en mi corazón: nostalgia, alegría, melancolía.

Amaba visitar a mi madre, no solo por ella, sino también por volver a esa casa, mi casa, la primera casa que fue mía, la que me vio crecer y a la que dejé hace muchos años ya.

Cada parte de esa casa, cada mueble, cada adorno, guarda una historia,  las primeras escenas de mi vida, no sé si las más bellas, pero sí las más significativas, esas escenas que me convirtieron en quien soy hoy y que me acompañarán por siempre.

Mi madre falleció un par de años atrás, y, desde el día que murió, supe que otro día casi igual de doloroso me esperaba.

La casa quedó vacía, o no en realidad. Ya nadie la habitaba, pero mi historia seguía allí y la de mis padres, y la de la familia que fuimos alguna vez.

Sabía que tendría que vender la casa y me alivió pensar cuánto tardarían esos trámites legales. Si bien no me equivoqué y demoraron bastante, el día llegó, y la casa estuvo en condiciones de conocer un nuevo dueño.

Me costó mucho, demasiado ponerla en venta, era como poner a la venta parte de mi vida, mi historia, mis afectos de ayer, pero tuve que hacerlo; sin embargo, algo aún más doloroso me esperaba: desocuparla.

Me resultó una lenta agonía vaciar la casa de mis padres, la que había sido mía también. Cada vez que iba, cada cosa que sacaba era un recuerdo, una vivencia, una risa o una lágrima. Cada vez que iba, algo de mí quedaba en el lugar vació que yo misma dejaba al sacar las cosas, cada día algo de mí moría un poquito.

Yo no tenía apuro ninguno en desocuparla por completo. No quería dejar de ir, no quería dejar de mi visitar mi vieja casa, mi vieja vida y a mis padres que, desde algún rinconcito, seguro me estaban mirando. Yo no tenía apuro, pero el nuevo dueño sí.

Quise trasladar a mi actual casa varias cosas de la casa de mi madre, pero poco fue lo que entró. Las casas de hoy son como la vida de ahora, no hay mucho lugar para atesorar cosas. Son casas donde se vive rápido, más pequeñas, sin mucho lugar para detenerse a recordar.

Recuerdo el rostro de mi hija cuando le conté que traería a nuestra casa el sillón donde mi madre tejía.

─¿Estás loca? ─preguntó y, como si esa pregunta no fuese ya muy hiriente, agregó─: ¿No hablarás en serio? Ese viejo sillón es horrible verdaderamente.
No la culpo, es joven y no entiende que en lo que menos pienso yo es si el sillón es bello o no, viejo o nuevo, si combina o no con mis muebles. No, no la culpo, ese sillón es parte de mi historia, no de la de ella, soy yo quien intenta aferrarse al pasado, y ella es solo presente y futuro.

De todos modos, traje el sillón de mi madre y lo ubiqué en mi cuarto, y con el sillón vinieron muchas otras cosas, sus libros, utensilios de su cocina y objetos que mis padres amaban mucho.

Finalmente, la casa quedó vacía, como ese día vacía estaba mi alma. No sé dónde se sentía más frío, si en esa casa deshabitada o en ni corazón. Tenía el juego de llaves en la mano y esperaba al nuevo dueño deseando que nunca llegase.  

Pero llegó, se dio cuenta de que ese momento era difícil para mí. Dio unas vueltas, hizo unas preguntas tontas, algunos comentarios poco interesantes, en cierto modo, también él trataba de retrasar la transacción.

En ese sencillo acto de entregarle las llaves de la casa de mis padres, que también había sido mía, sentí que mi alma se desgarraba. Ya no había vuelta atrás, ya no habría más visitas, ni recuerdos con los que reencontrarme, ni fantasmas que inventar para sentirme menos sola.

Sé que esta sensación pasará, y todo se reacomodará. Mi dolor mermará, mi corazón se tranquilizará, y hasta el sillón de mi madre lucirá bello en mi habitación.

La vida no se detiene con la muerte de los seres que amamos, la mía continuará también, y me acostumbraré a estas ausencias, sin dudas, así será. Pero hoy no pude evitar sentir que en ese manojo de llaves que deposité en las manos de un extraño, dejé mi historia.

Una gran parte de lo que fue mi vida se fue con esas llaves y quedó para siempre detrás de esa puerta que esa persona cerró, y que yo jamás volveré a abrir.

AUTOR:  LIANA CASTELLO  ( argentina )






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