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Mensaje por ana maria el Miér 27 Mar 2019, 00:01




AFLICCIONES DE UN ÁNGEL CAIDO
 
     Caes. Caes como nunca pensaste que caerías, como un Ícaro de alas derretidas por el Sol, y mientras vas cayendo no dejas de preguntarte qué fue lo que hiciste mal, qué no comprendiste, dónde comenzó a fraguarse esta caída…, una y otra vez las mismas preguntas; pero las respuestas, lejos de ser certeras, se agolpan las unas con las otras para formar un caos inextricable donde la razón se pierde como un eco en el vacío.

          Resultan desde luego angustiosos esos momentos previos a tu derrumbe definitivo, momentos aterradores donde el vértigo te domina mientras por debajo ves cómo el mundo se hace cada vez más ciclópeo y avieso, más voraz; aunque, por otro lado, agitas aún las alas, alentado por el utópico pensamiento de que es posible todavía remontar el vuelo, una mínima luz de esperanza brilla dentro de ti, una última chispa que sólo se apagará definitivamente en el momento mismo de consumar la caída, cuando ya no queden expectativas posibles; sólo entonces, tras el batacazo final, se extinguen todas las luces y la oscuridad se hace absoluta e infranqueable, sin nada ya contra lo que seguir luchando.
           Sobre el asfalto, destrozadas y sangrantes, quedan tus alas, esas alas sin cuyo sostén te sientes desnudo, aterido, vacío, y aunque pugnes por levantarte, te das cuenta de que ya no recuerdas cómo caminar, porque de tanto haber volado, tus piernas se volvieron inhábiles y están como entumecidas, incapaces siquiera de sostenerte en pie, mucho menos de afrontar cualquier camino. Tampoco sabes en realidad dónde están los caminos ni cómo empezar a buscarlos en medio de tan brutal oscuridad. Quizá esto último sea lo más perturbador de todo, el desconocimiento, ese sentirte rodeado de tinieblas y no saber qué dirección tomar.

          Negrura, alas rotas, confusión y vacío. ¡Un cóctel aterrador! Pero es lo que trajo la caída. ¿Qué puedes hacer? El futuro es tan negro como lo es el presente, sólo en el pasado permanece la luz. Con infinita nostalgia recuerdas que hubo un tiempo, cuando por encima de las nubes planeabas, donde el cielo era de una luminosidad arrebatadora, el éxito te anegaba, todo eran plácemes y alabanzas, estabas en lo más alto, en la cúspide del mundo; más tarde empezaste a caer, al principio casi sin darte cuenta, luego cada vez a mayor velocidad, y a medida que descendías notabas cómo a tu alrededor todos se iban apartando, temerosos de que pudieras arrastrarlos contigo; aquellos que pegados a ti permanecieron durante los éxitos se alejaban ahora con disimulo, los fracasos se sucedían y a su ritmo se hacía también mayor el aislamiento; en la prosperidad fuiste el más querido, en la adversidad el más detestado, alguien molesto cuyo contacto se trataba a toda costa de evitar, un apestado.
Y así, en tu nueva condición de ángel caído te das cuenta de que estás solo, completamente solo, solo y sin esperanzas, como una flor que buscase un rocío que ya jamás hallará.
          Te sientes tan vacío que por un momento piensas, ingenuamente, que no debería ser difícil encontrar algo capaz de penetrar en ti y llenar al menos parte de esa oquedad, cualquier cosa, lo que sea, algo capaz de hacer que recuperes, si ya no las alas, quizá algún fragmento de la sonrisa también perdida, alguna nueva ilusión, alguna esperanza; pero todo es inútil, estás abajo, en lo más hondo de un abismo inabarcable, un lugar huero de ilusiones, tan hostil que deviene de antemano imposible cualquier renacimiento, un lugar donde sólo se subastan tristezas.
          Educado en la máxima de que era esencial sobresalir por encima de los demás, ser el primero en todo, luchaste en pos de un perfeccionismo que con el tiempo habría de convertirse en cárcel de la que ya te resultó imposible escapar, azuzado por una necesidad constante de superación que te llevaba a no sentirte jamás satisfecho con lo que hacías, en todo momento persuadido de poder haberlo hecho mejor, insatisfacción que terminó curiosamente traducida en apocamiento, en miedo a acometer nuevas actividades o proyectos, temeroso de no llevarlos a cabo con la perfección requerida y, en consecuencia, defraudar expectativas propias y ajenas. Ahí empezó tu caída, justo cuando esos miedos se apoderaron de ti para atenazar tus movimientos. Ahora lo entiendes, pero ya es tarde.

          Ahora las piernas no te sostienen y has perdido las alas, eres un ángel al que expulsaron del Paraíso y al que nadie quiere ya volver a ver por allí, estás arrumbado de todos, olvidado por todos, solo y sin ninguna brújula que te marque un posible norte hacia el que dirigirte. El recuerdo de aquellos edénicos días resulta en todo caso lancinante, porque es un recuerdo de triunfos, de alegrías, de metas conseguidas, y el recuerdo de lo perdido provoca dolor, mucho dolor. Nadie enseña cómo enfrentarse al fracaso, cómo sobrevivir en medio del vacío, cómo ponerse a caminar cuando uno no sabe ya mantener el equilibrio sobre sus piernas.

          Quieres aún levantarte, pero no encuentras ningún apoyo, no ya una mano amiga, sino siquiera un simple báculo sobre el que sostenerte, y eres por fin consciente del verdadero precio del triunfo, ese que has tenido que pagar tras vender tu alma a un dios caprichoso y antojadizo, a un dios cruel. Es como una pesadilla. O quizá fuera aquel paraíso la verdadera pesadilla, sólo que no eras consciente de su naturaleza, envuelto como estabas en un fulgente manto de oropel. Sí, quizá la pesadilla estuviera allí, en ese colorido edén, mientras que el abismo actual donde permaneces hundido es tan solo la realidad, una realidad oscura y sin alicientes.

          Dar un paso detrás de otro, algo en apariencia tan sencillo y, sin embargo, tan imposible ya para ti. Quisieras buscarte nuevas metas, lanzarte de nuevo a ese ruedo donde la lidia es contra un universo tangible y definido, no contra uno mismo, pero no tienes fuerzas para escapar de esos demonios que te mantienen subyugado, ni tampoco valor, acentuados que han sido aún más tus miedos tras la caída. Quizá en el fondo sólo quieras descansar; abandonarlo todo y descansar para siempre.

          Lo cierto es que duele mirarse en el espejo y no reconocer a la persona cuyo reflejo te devuelve. Preguntas entonces al reflejo: “¿quién eres?”, pero no obtienes respuesta alguna, sólo un silencio atronador que te conduce a la náusea y al vértigo, y aun así preguntas de nuevo: “¿dónde irás ahora?”, sin que se abran tampoco en esta ocasión los labios del reflejo, sellados que parecen estar como lápidas; aunque una vez más, no obstante, preguntas: “¿volveré a caminar?”, sin que la irreconocible imagen del espejo se digne contestarte. Derrotado, te dices entonces que no vale la pena continuar interrogando a un desconocido.

          No tienes sueños, no tienes ilusiones, estás vacío. ¿Qué te han hecho?
mario cavara




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