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Mensaje por ana maria Lun 08 Mar 2021, 17:16



La puma agradecida
- Leyenda de Argentina -




Sucedió poco después de la fundación de Buenos Aires. Por la costa arriba avanzaba, sola y sin fuerzas, una infeliz mujer. Su rostro, que debía de haber sido bello, se encontraba desfigurado por huellas profundas de largas privaciones y amargos sufrimientos. Atrás dejaba el real de los españoles, que el hambre horrible diezmaba rápidamente.
Agotadas todas las raciones, se había llegado en él a los más desesperados y repugnantes extremos. Después de haber sacrificado los pocos animales que los conquistadores habían llevado consigo, se habían consumido los bichos más inmundos. Ya no había nada que pudiera servir de alimento, y los supervivientes se estaban sustentando de los que morían. Se presenciaban escenas horripilantes. Más que una ciudad recién fundada, Buenos Aires parecía un cementerio por donde vagasen espectros y resucitados.

Aquella pobre mujer había visto morir de hambre a todos sus deudos; pero no había podido resistir el horroroso espectáculo de ver a los vivos devorar a los muertos. Como loca, había salido de aquel pavoroso infierno. ¡Qué le importaba ya, sin esperanza de vida, los peligros de indios o de fieras!
Avanzaba ahora con tanta desorientación como desaliento. Sólo anhelaba encontrar algún cobijo en donde pasar la noche, que ya se echaba encima.

Cerca de la Punta Gorda, en el Monte Grande, pudo, al fin, dar con una cueva, y, completamente extenuada, penetró en ella. A un lado halló un montón de hierba seca que, según parecía, había servido de lecho a otro huésped, y en él se echó. Apoco, a causa del cansancio y la depresión nerviosa, se quedó dormida.

El mayor silencio reinaba en torno de aquel lugar. Sólo la lucha monótona e incansable del mar con las rocas resonaba allá en lo hondo.
Pasada la medianoche, se oyeron unos pasos sigilosos; ramitas secas caídas en el suelo se quebraban al ser pisadas. Una piedra rodó por la ladera.

De pronto, en la boca de la cueva, apareció recortada sobre el cielo blanquecino de un tranquilo creciente, la siniestra silueta de una puma. Se detuvo un momento. Olfateó ávidamente, venteando primero a un lado y a otro, y después rastreando con el hocico junto al suelo. Por fin, penetró en la cueva. De su boca ensangrentada, pendía un gran trozo de carne. Su paso era pesado y tardo, y su vientre, voluminoso, revelaba una preñez muy avanzada. Se dirigió hacia el lugar en que reposaba la infeliz mujer; le olfateó los pies, y dejó caer la carne en el suelo. Siguió olfateando y lanzó un ligero bramido. Después se apartó y se echó a poca distancia. Había empezado a sentir los primeros síntomas del parto.

Cuando amaneció y el sol penetró hasta el fondo de la cueva, empezó a despertarse la desgraciada mujer. Estuvo un largo rato en ese estado de penumbra en que no se sabe si se está despierto o se sueña. Por fin abrió los ojos y trató de incorporarse. Imposible. Le dolía todo el cuerpo, todos sus huesos, que era lo que le quedaba, y se mareaba cuando quería levantar la cabeza.

Por fin, agarrándose en la pared de la cueva y haciendo un gran esfuerzo, logró sentarse. Parecía un cadáver. En este estado, imaginad la impresión que le produciría la vista de la puma Lanzó un grito y quedó casi desmayada.

Mas, pasada la primera impresión, advirtió el apurado trance en que la leona se encontraba y las dificultades con que tropezaba para un feliz alumbramiento, y empezó a tranquilizarse. El animal, más que con ojos de fiera, la miraba mansamente. La mujer iba poco a poco cobrando confianza. La puma se revolvía, y no acababa de salir de su apuro. Por fin, la mujer, medio olvidada de la fiereza del animal, alargó sus manos y la ayudó a vencer las dificultades del crítico trance. Dos hermosos cachorros vinieron al mundo.

Pasaron los días, y la mujer, la puma y sus cachorros seguían repartiéndose el cobijo de la cueva en maravillosa y pacífica compañía. La leona, bien porque no le faltaba comida por los alrededores para ella y sus hijos, bien por agradecimiento, no daba las menores muestras de agresividad hacia la que había sido su comadrona. Y ésta, alimentada con las sobras de los banquetes de sus salvajes compañeros, iba reponiendo las fuerzas lentamente. Ya salía de la cueva y andaba por sus inmediaciones.

Y así hasta que cierta mañana acaeció un afortunado suceso. Había bajado la desgraciada mujer a beber agua al río que corría por el fondo de una barranca próxima, y la vieron unos indios que iban corriendo por la costa. Se dirigieron con el mayor júbilo hacia ella, la cogieron y se la llevaron a su pueblo. A poco, uno de ellos la tomó por mujer.

Después de tantos peligros y azares, la vida de la asendereada mujer transcurría con relativa tranquilidad. Mas todavía había de padecer nuevas penas y fatigas.

A un caudillo español se le ocurrió un día salir a correr la tierra por los pueblos de los indios comarcanos, y, como llegase al de la infeliz protagonista de esta historia y la viese, la tomó por la fuerza y se la llevó consigo. La suerte que le esperaba no podía ser más terrible.

Las leyes de la guerra, en todos los pueblos, han sido hechas por hombres sin corazón. Acusada de haber abandonado el real para marcharse con los indios, fue condenada a ser pasto de las fieras, que, de noche, desde la época del hambre, merodeaban en torno al campamento. Puesta en ejecución la sentencia, sacaron del real a la triste mujer y la dejaron atada fuertemente al tronco de un árbol distante.

Así estuvo aquella noche, y el otro día y la noche siguiente. Y cuando al tercer día volvieron allá los soldados, por orden de su capitán a ver qué había sucedido, encontraron, con asombro, que la mujer estaba indemne, sin un rasguño, y que la puma , con sus cachorros, le lamía los pies.
Durante las dos noches, la fiera, que la había reconocido, la defendió de todas las acometidas.
En vista de este admirable suceso, la mujer fue perdonada por los hombres, que no iban a ser peores que las fieras.







ana maria
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