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Mensaje por ana maria Miér 07 Dic 2022, 10:47



   LOS HUESOS.​



I

Feliz de haber iniciado las clases de Anatomía I, la materia más importante de Primer Año, el “Flaco” Tato García sentía que por fin arribaba a una verdadera iniciación de sus estudios médicos. No le parecían realmente “médicas” las otras materias como Biología, Física, Química e Histología, que eran más bien teóricas o conceptuales, alejadas del cuerpo, a lo sumo, en los trabajos prácticos se ocupaban en tareas con matraces, frascos Erlenmeyer, mecheros y tubos de ensayo, máquinas centrífugas, soluciones y suspensiones.

Pero ahora sí, por fin esto era “Medicina”. Estaban llegando al estudio del cuerpo humano en cuerpo presente, como se dice, el material era real, tan real como los cadáveres que se prestaban mansamente en la morgue de la Facultad a las pinzas y separadores de los estudiantes, ávidos de adentrarse en los laberintos de los ligamentos y tendones, en los haces musculares, arterias y venas y los cableados nerviosos o tener en las manos por primera vez en la vida, a cada órgano. Aquí una vejiga o un riñón. ¡Cuidado con el uréter, que se puede cortar! La emoción que generaba la primer materia “realmente médica” era compartida por casi todos en el curso.

El escenario de la Morgue de la Facultad liberaba adrenalina. En el frente del sector se encontraba un viejo cartel que decía “ En este lugar los muertos se complacen en enseñar a los vivos” y en el salón principal de disecciones, otro cartel recordaba a todos “Seriedad: No te rías: yo fui lo que tú eres y tu serás lo que yo soy”.

Piletones con cuerpos sumergidos en formol, encimados y entremezclados casi obscenamente, los pies de uno en la nuca de otro, la cabeza de uno en las flacas nalgas de otro eran un cambalache irrespetuoso en un abigarrado conjunto macabro donde predominaba el gris amarronado de los cuerpos y el penetrante olor a formol que hería como estiletes fríos en las fosas nasales. En el cuarto de al lado encontrábanse los cadáveres colgados de un gancho, como una versión lastimosa de matadero.

II

El flaco García y su compañero de estudios, el muy gordo y petiso Martincho Stivaletti se encontraban estudiando el programa analítico de la materia en la pensión donde vivia el último. Una casucha que se caía de mugre húmeda, ofrecía habitaciones en una arquitectura “de chorizo”, pieza al lado de pieza, un baño antiguo y en estado desesperante, un largo patio lateral de tierra, con algun árbol y gallinas sueltas por todos partes. Si era temporada de lluvias, los pasillos, el baño y la habitación presentaban huellas de barro y mierda de gallina.​
En la pobre mesa cubierta del hule viejo posible, se esparcían los cuadernos, los apuntes, los programas, dos ejemplares destartalados del primer tomo de Rouviere, el mate, un termo, un cenicero y cigarrillos baratos.

“Vamos a necesitar todos los huesos, si fuera posible un esqueleto completo” decía el gordo Stivaletti, maldiciendo por un permanente dolor de cabeza y mareos episódicos. La otra vez, en clase de Histología empezó a marearse y le sangraba la nariz. El médico ayudante de trabajos prácticos le dijo que su rubicundez, sobrepeso y mareos señalaban que estaba muy mal de la presión arterial. Lo mando a hacerse revisar en los consultorios del Hospital Escuela en el mismo predio de la Facultad de Medicina y efectivamente le encontraron valores altos hasta las nubes. El pobre gordo empezó un tratamiento con diuréticos y le prohibieron mucho mate y todos los bizcochitos, claro que eso es como incumplible para un estudiante, que vive del mate y los bizcochos y todos los productos posibles de panadería.

El flaco dijo que estaba en tratativas para que el primo de su novia, que era médico traumatólogo, y que tenía una caja de huesos, se la prestaría.

Cuando al fin de idas y venidas la caja de huesos vino, se encontraron que faltaban algunos muy importantes para estudiar y difíciles de conseguir. Solo habia vértebras (todas) casi todas las costillas, los huesos largos de las extremidades y manos y pies completos, además de un cráneo. Pero necesitarían el etmoides, el esfenoides, el temporal. Indispensables.

El flaco se enteró que se podía lograr una certificación de estudiante en la Facultad para tramitar en la Municipalidad una nota para que el encargado del Cementerio les autorice retirar piezas óseas del Osario Común.

Así que se aplicaron a lograr el permiso y obtenido el cual eligieron un día que no hubiera mucha gente en el Cementerio para meterse en el Osario y recoger los huesos necesarios. Acordaron que la siesta del lunes estaba bien, porque la gente concurre por lo general los domingos a visitar a sus muertos. No querían ser vistos por inoportunos que se detuvieran a curiosear cuando bajaran al pozo. Quedaron con el encargado que el lunes a las tres de la tarde se presentarían.

III

Fue así que el día y a la hora estuvieron en la portería, con una bolsa de arpillera, una linterna y un par de guantes de goma gruesa. Encontraron al portero en un pequeñísimo despacho, entretenido frente a un destartalado televisor pequeño y con una bolsa de maníes que se vaciaba mientras que de la montaña de cáscaras en la pobre mesita caían muchas al piso descuidadamente y sin que el viejo se inmutara.

Les entregó una vieja llave de hierro negro correspondiente al candado del Osario y les preguntó si ya sabían dónde quedaba. Martincho Stivaletti respondió que sí, que cuando vinieron la otra vez a traer la nota al encargado éste les acompañó hasta el Osario. Entonces y sin más protocolo les dijo que apenas salieran a la avenida principal, a la izquierda y al lado de los baños encontrarían una escalera larga y delgada de hierro para el descenso al pozo

Se encaminaron cargando la escalera, tomándola cada uno por un extremo, doblando a la izquierda hasta el final y luego a la derecha hasta el final del primer patio. El cementerio tenía tres patios, según fue creciendo la ciudad, se habían extendido los patios. El tercer patio todavía era de tierra, como los camposantos de pueblo y las tumbas eran horizontales, sobre el suelo. Pero el primer patio estaba poblado de un laberinto de callecitas con panteones de cada lado y las pequeñas calles centrales estaban ocupadas por innumerables nichos de muy variado estilo arquitectónico. Claro está que las calles y las avenidas del Cementerio estaban bordeadas de añosos árboles, en general casuarinas cuyas hojas como delgadísimos bambúes producían con el viento unas finísimas sibilancias que sonaban al oído como coros apagados de silbidos de ánima causando un frío en la espalda. Los pinos y las altísimas palmeras alternaban aquí y allá complementando la parquización.

El Osario Común era una muy pequeña construcción blanca en forma de mausoleo, nada más que metro y medio de circunferencia, con ocho columnatas que sostenían un domo redondo, sobre el que posaba un triste Ángel de la Piedad, descascarado y sin nariz, ennegrecido por estiércol de palomas acumulado en incontables años. El pozo estaba cerrado por una tapa circular de hierro, bastante precaria, que remataba en un cerrojo que terminaba en los pasadores del candado. Tenía una profundidad de unos cuatro metros, una construcción en forma de aljibe, que se iniciaba con un túnel vertical de cemento, de un metro o algo así, que formaba cuerpo con la estructura de la base del monumento, y se continuaba hacia abajo en una perforación de tierra hasta el fondo. El pozo en su inicio mediría como ochenta centímetros de diámetro y se ensanchaba a medida que descendía, para alcanzar allá abajo una base cóncava de alrededor de metro y medio.

Servía como destino uterino de los huesos de todo usuario antiguo del cementerio que, habiendo perdido sus derechos a disfrutar de la paz eterna en un nicho o panteón por prolongadísima falta de pago de los impuestos anuales, ya por desidia, ya por ausencia de sus deudos, ya por muerte de los mismos, motivaba que se procediera, previa autorización del Juez de Paz y fracasada la convocatoria a los posibles herederos del finado, a desalojar los nichos y verter los restos al Osario Común.

continua...///  









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Mensaje por ana maria Miér 07 Dic 2022, 10:49



IV

El gordo Stivaletti transpiraba y resoplaba. El flaco García le bromeaba que por su gordura no podía ni soportar el peso de la escalera. El otro protestaba que no jodiera, que no se sentía bien, de pronto sentía frío, que estaba molesto. No jodás –decía García- gordo cagón, no te preocupes porque bajaré yo que soy más ágil, me parece que estás cagándote en los pantalones, te estás echando atrás. Abrió el candado y con un poco de fuerza alzó la tapa redonda. Desde el pozo lo saludó un aire caliente y húmedo, de sabor dulzón rancio, como si le bostazara en plena cara un Tiranosaurio Rex.


V

En la portería se producía a esa hora el cambio de guardia. El que llegaba era un hombrecillo diminuto, irritable, de porte ridículo con su pelada y sus gruesos cristales para ver. Le protestó al viejo el desorden en la salita, con el suelo sucio de cáscaras. El viejo se enojó, como todas las tardes al momento del cambio de guardia, de modo que juntó su bolso y salió casi corriendo para no perder el mismo ómnibus que trajo a su reemplazante. El coche hacía un pequeño descanso en la parada al frente del Cementerio, mientras el chofer barría el interior. El viejo había estado tan entretenido con su televisor y sus maníes que olvidó registrar la novedad de la visita de los estudiantes en el libro de la guardia, como también la rabia y el apuro le impidieron pasar la novedad con palabras. Se fue hasta el otro día.


VI

El flaco descendía la escalera, guantes puestos, linterna y bolsa en manos.

La humedad era tan impresionante como la profunda negrura del pozo. Al descender veía la maraña de largas y delgadas raíces sobresaliendo en toda la circunferencia del túnel de tierra. Un sentimiento de terror se apoderaba del flaco, la lengua seca pisando el paladar, pronto el sudor que producía ese largo, caliente y húmedo útero bañaba su cabeza y su espalda, el pelo largo de Tato le caía en la cara dificultando la visión.

En el fondo, todo era una masa oscura y blanda donde se le hundían las zapatillas. Barro y huesos formaban una superficie insegura, traicionera, maligna y repugnante. No venía ningún ruído de arriba ni de afuera. Alzó la vista mandándose el pelo para atrás con la mano enguantada y solo veía el redondo blanco de la abertura y el tramo inicial de la escalera. Sopló, tomó aire y empezó a seleccionar los huesos, por suerte había cientos, miles de huesos y fragmentos. García pensaba en el festín de etmoides y esfenoides que se iban a hacer. Podía recoger todos los que deseara para elegir lo mejor, y hasta para vender a los compañeros los que sobraran. Con la linterna en la axila buscaba, revolvía la mugre con ambas manos. Los guantes impregnados de magma barroso y chorreante, metían el tesoro en la bolsa.
La alegría se le mezclaba con la repugnancia profunda, con la asfixia, con el terror. Mejor no pensar. (Puta madre, el pelo me jode. No me lo puedo arreglar con las manos embadurnadas. Puta madre, esta linterna de mierda que se me resbala. Y el gordo de mierda allá arriba rascándose las bolas. Mejor no pensar, rápido y nos vamos.Dale, dale y nos vamos.)


VII

Arriba el gordo la estaba pasando mal, le había empezado a sangrar la nariz, le chiflaban los oídos con unos tonos bajos, como zumban los abejorros.
Estaba con rabia por el flaco que lo trataba de cagón. Stivaletti no quería pasarla mal él solo. Después el flaco iba a gastarlo ante los demás en el curso diciendo que tuvo que bajar él solo porque el gordo era un maricón. Sentía rabia mezclada con la cosa rara que latía en la cabeza. (Debe ser otra vez la presión. Se me terminaron los putos remedios anteayer. Carajo. Flaco de mierda. Me voy a vengar, qué mierda. Yo también voy a quemarlo en público mañana con el cagazo que le voy a hacer pasar, ya vá a ver.)
El gordo, confuso y mareado, entrevió la broma que haría. Le subiría la escalera y le cerraría la tapa unos minutos nada más. (Qué mierda. Vá a empezar a gritar como loco. Ojalá pudiera grabarlo. No se vá a olvidar en su puta vida. Ja ja.) Le alzó la escalera y le cerró la tapa.


VIII

El flaco al principio no se dió cuenta. Estaba lidiando con la bolsa de huesos sucios y resbaladizos, las manos parecían calzando grandes guantes negros de box por el barro. Entre los huesos del suelo corrían insectos gigantescos, como no había conocido, no sé si eran grillos u otras alimañas de ocho patas, como langostinos negros que corrían por todas partes. De terror. A la linterna había que sacudirla cada rato porque la luz se puso débil e insegura. (Ya es suficiente. Me voy.) Vió que el redondo blanco arriba ya no estaba. (Que pasó. ¡Gordo de mierda.! ¡¡¡La puta madreeee!!!)



IX

El gordo Stivaletti arriba se estaba muriendo de risa, gozando de su anticipada venganza. Mañana cuando el flaco contara que él era un marica que empezó a echarse atrás, él devolvería otra anécdota más apreciable, cuando dejó al flaco encerrado un minuto allá en el fondo. El gordo se estaba muriendo de risa. Se estaba muriendo de un mareo que le hizo vomitar mientras el aneurisma explotaba en su cerebro como una carga de dinamita que lo catapultó a la calle en que estaba el Osario y quedó seco, la sangre de la nariz, le cubría el pecho.

Nadie lo supo hasta que a las seis de la tarde pasaron dos albañiles que regresaban del segundo patio, donde construían un panteón. Corridas. Gritos. Vino la ambulancia. Ya era muy tarde. Llamemos a la Policía. Quién será este muchacho. Se habrá caído de la escalera. Pero de dónde. ¿Del árbol éste? Pobre gordo...


X

La tapa del pozo estaba cerrada. Todo parecía normal. No se oía nada raro, salvo el revuelo de arriba. La ambulancia se llevó al exánime Martincho Stivaletti a la morgue del Hospital Escuela. No se podía tocar nada hasta que venga el Juez.
La llave negra de hierro en el bolsillo de su pantalón era un objeto extraño que ocultaba una historia que no sería contada tal vez nunca, o sí. Vaya uno a saber.






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