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Pedrito, un enanito enojon

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Pedrito, un enanito enojon

Mensaje por ana maria el Miér 21 Mayo 2014, 22:35

Pedrito, un enanito enojon


Este cuento se trata de un enanito chiquito, no sólo porque era enanito, más vale, sino porque era chiquito de edad también. Nuestro enanito del cuento se llamaba Pedro y vivía con su familia, todos enanitos también, en una pequeña y linda casita de un bosque lejano.
La familia estaba formada por el papá, la mamá y cuatro hermanitos. Pedrito era el mayor de todos y, aunque era muy bueno y tranquilito, era muy, pero muy, pero muy enojón. Casi todo lo enojaba, apenas comenzaba el día, se levantaba de mal humor. Hacer los deberes lo ponía de peor humor. Si su mamá cocinaba algo que no le gustaba, ¡pero que peor! Si sus hermanitos tocaban sus juguetes, ¡¡¡ni hablar!!!
Sus papás estaban muy preocupados por él. Pedrito era muy cariñoso, buen hijo y cuando quería, podía ser muy gracioso, pero parecía haber perdido su buen humor… vaya a saber por dónde. Pasaba la mayor parte de su tiempo enojándose por diferentes motivos.
Sin encontrar una solución, sus papás decidieron consultar al gran sabio del bosque, llamado Don Yolosetodo quien, por supuesto, también era enano, para ver si él los podía ayudar a que Pedrito encontrase su buen humor escondido quizás en algún lugar.
–No es fácil... –dijo Don Yolosetodo, agarrándose la barba larga y puntiaguda como un pirulín, y agregó:
–El buen humor es algo que se lleva dentro, ¡no se puede salir a buscarlo como quien perdió un chocolate en medio del cine!
–¡Pero algo se debe poder hacer! –dijeron los papás, que se estaban preocupando más todavía.
–Déjenmelo pensar y vengan con el chinchudito, eh... perdón, con su hijito la semana que viene.
Don Yolosetodo sabía que no había soluciones mágicas para los problemas, pero pensó: "Algo de magia, nunca está de más".
En una semana ya tenía su plan bien armadito, con la esperanza de que Pedrito recuperase su buen humor.
En la siguiente visita, los papás dejaron solo a Pedrito con Don Yolosetodo. El sabio lo estudió de arriba abajo y pensó: "La verdad es que este chico tiene cara de bueno, ¿será verdad lo que dicen los padres?". Pero bastó que le ofreciera un vaso de leche (que a Pedrito no le gustaba ni medio) para comprobar que los papás sí tenían razón.
–¡Eh! ¡Con ese carácter nunca te vas a casar! –le dijo el sabio, aunque a Pedrito, como era chiquito, le importó un real pito.
–Bueno, pibe, vamos a lo que nos importa –dijo Don Yolosetodo. Acá tenemos un problema y yo quiero ayudarte a solucionarlo, tus papás están muy preocupados por vos.
Pedrito no entendía demasiado qué hacía allí pero, de todas maneras, escuchó atentamente sus palabras, que fueron muchas, realmente. Luego el sabio le mostró un montón de llaves de colores. Le explicó que él se las iba a dar y que Pedrito tenía que tratar de encontrar la puerta correcta, allí justo donde se había quedado su buen humor y así poder rescatarlo.
También le marcó el camino que debía seguir y le dijo que volviera cuando hubiese encontrado lo que buscaba.
Y allí se fue Pedrito, con los bolsillos llenos de llaves misteriosas y la cabecita llena de dudas.
–Mucho sabio, mucho Yolosetodo, pero me parece que este tipo está más loco que una cabra –pensó nuestro enanito amigo.
El día siguiente comenzó su camino, medio a desgano y con cara de pocos amigos, pero con tal de no preocupar a sus papás, estaba dispuesto a darles el gusto. "¡Una pavada!", pensó.
Empezó su recorrido, encontró la primera puerta, la abrió, pero allí no había nada, algo que le pareció más que extraño.
–Debe de ser un error –dijo Pedrito.
Siguió caminando y detrás de cada puerta que abría, no había absolutamente nada y ya empezaba a fastidiarse. Pensó "¡Qué sabio mentiroso este!". Abrió todas las puertas, excepto la última, y en ninguna encontró nada, realmente estaba muy confundido.
Sólo le quedaba una llave, la última, y la última puerta por abrir. Al abrirla y para su sorpresa, esta vez sí encontró algo, un espejo grande, hermoso y del cual salían chispitas multicolores.
Y ahí quedó Pedrito, mirándose fijamente al espejo, que –naturalmente– lo único que reflejaba era su propia imagen, y nada más. Se preguntó de qué se trataba todo eso. Mientras se miraba en el espejo mágico, como si nunca se hubiese visto antes, empezó a notar que algunas de las chispitas brillaban más que las otras.
Cuando se detuvo en una en particular, no podía creer lo que sus ojos chiquitos veían: ¡¿¡¿UN CHURRASCO?!?! ¡Sí, un churrasco! Y además, un vaso de leche, espinacas a montones, todas cosas que a Pedrito no le gustaban para nada. Ya se estaba empezando a enojar, cuando, al mirar mejor, detrás de todos esos alimentos que tanto odiaba, vio a su mamá preparándolos con mucho amor, también y "como por arte de magia", pudo ver las vitaminas que cada uno tenía y cómo éstas fortalecían su cuerpo. Levantó la vista y vio otra chispa más, esta vez, al fijar la vista, ¿adivinen lo que vio? ¡SU CUADERNO DE TAREAS!
"¡Caramba! ¿Qué es esto?", se preguntó ya un poco asustadito y no muy entusiasmado… Miró mejor y detrás del cuaderno se vio a sí mismo, pero ya era un hombre (aunque con tamaño de enano, aclaremos), había terminado la escuela y se daba cuenta de cuánto le habían servido en la vida todas las tareas por las que tanto se enojaba.
Ahora sí, Pedrito empezaba a entender… Siguió la siguiente chispita y allí se vio a sí mismo al levantarse por la mañana, pero, más allá de su cara larga y sus quejas, pudo ver las enormes posibilidades que ese día le ofrecía: un día nuevo, lleno de cosas por hacer, de juegos por jugar, de risas por reír, de besos por recibir y dar.
Otra chispita le mostró a sus hermanitos, sus tres hermanitos que jugaban con sus juguetes, y también llegó a ver las dos cosas que el espejo le mostraba, su enojo y sus manitos sacándole a sus hermanos sus juguetes, pero además vio la suerte infinita de tener hermanos con quien compartir las cosas, vio la gracia que Dios le había regalado de no estar solito en la vida, de tener tres compañeros que siempre estarían con él.
Y terminó de entender.
Pedrito podría haber seguido buscando chispitas mágicas esperando a ver qué descubría, pero no valía la pena, ya era suficiente.
Se puso a pensar que la mayor parte de su tiempo lo había pasado enojándose y eso lo puso muy triste. Se dio cuenta de que había otro modo de vivir. Entendió que cada cosa que lo enojaba, que eran la mayoría, por no decir todas, tenían otro lado, otro modo de verse, y hasta su lado bueno y divertido.
Se miró otra vez y le sorprendió ver en su carita chiquita una sonrisota enorme, casi más grande que el espejo que la reflejaba y se vio más lindo de lo que era todavía y se sintió muy bien, como hacía tiempo no se sentía. Nada más y nada menos que por entender un poco, apenitas un poco, de qué se trata la vida.
Mientras volvía a la casa del sabio a contarle lo sucedido, pensaba una y otra vez en todo lo que había visto.
Cuando llegó, apenas lo vio, el sabio se dio cuenta de todo, pero todo, todo. Vio llegar a Pedrito con una sonrisa más grande que su barba.
–¿Y Pedrito, encontraste algo?
–¡Gracias, Don Yolosetodo! ¡Gracias de verdad! Encontré el espejo mágico y con él, mi sonrisa. También encontré otro modo de ver las cosas y sobre todo, entendí.
–¿Qué entendiste? –preguntó intrigadísimo el sabio, tocándose su larga barba de chupetín pirulín.
–Que todo está dentro de uno, la alegría, el buen y el mal humor, que todo puede verse desde muchos lados y que hay que tratar de elegir el mejor de todos ellos, el que más felicidad nos dé.
–¡Muy bien amiguito! ¡Te felicito! Te hago una pregunta, ahora... ¿qué vas a hacer con tus enojos y con tu buen humor?
–¿La verdad verdadera, Don Yolosetodo? No sé. Espero con todo mi corazón de aquí en más enojarme menos, ser más feliz y no preocupar a mis papás.
–Así me gusta Pedrito, que trates, siempre hay que tratar, hay que insistir, y si no sale una vez, saldrá la otra, pero no volver por el camino equivocado.
Y se despidieron.
Pedrito llegó a su casa con la misma sonrisota que tenía cuando se despidió de Don Yolosetodo. Abrazó muy, pero muy fuerte a sus papás. Miró todo como si fuese la primera vez que lo veía.
De repente su mamá le dice:
–Bueno, Pedrito, apurate a hacer la tarea que falta poco para que estén los churrascos.
Vamos a decir la verdad, la sonrisa de Pedrito empezó a achicarse, era ya una "minisonrisita". Por un momento sintió que el enojo lo invadía, que iba a reaccionar como siempre, pero cerró los ojitos y recordó el espejo, y lo más importante, abrió los ojos y vio a su mamá, el amor que ponía al hacer la comida y su preocupación por él. Fue allí cuando el enojo desapareció y la sonrisa se agrandó un poquito. No era que ahora le gustara la leche, hacer los deberes o comer churrasco, simplemente había aprendido a ver el otro lado de las cosas, ese lado que siempre deja lugar para una sonrisa.



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ana maria
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