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Manos de mamá

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Manos de mamá

Mensaje por ana maria el Dom 01 Jun 2014, 13:33


Manos de mamá


Tres años hacía ya que Mauro había enviudado. Tres años hacía ya que la vida le había enseñado que todo, absolutamente todo, puede pasar.
       
Mauro había aprendido lo que todos deberíamos saber, pero no queremos hacer carne: en cualquier momento y a la vuelta de la esquina, la vida puede cambiar radicalmente.
 
Una enfermedad, la más cruel, la más temida se había llevado a su esposa y había dejado a su pequeña hija sin su mamá.
   
Fue muy difícil entender la ausencia y, más difícil aún, acostumbrarse a ella.
       
Los primeros tiempos, luego de la muerte de Laura, resultaron intensos, crueles, inentendibles. Mauro sentía que los días pasaban como las estaciones de un subterráneo en el que no quería viajar y cuyo destino era incierto.
       
El tiempo fue transcurriendo, y la vida –que se acomoda a lo que la muerte dispone– continuaba su curso.
       
Todas las manos que amorosamente habían colaborado en esos primeros tiempos retomaron sus propias vidas, y Mauro debía arreglarse solo, y con su pequeña hija.
       
A partir de ese momento, a la ausencia de Laura se sumó otra más: la de sus manos.
       
Mauro jamás había pensado en todo lo que las manos de su esposa hacían y, menos aún, en cómo lo hacían.
       
La comida diaria fue uno de los primeros desafíos que tuvo que enfrentar. No era demasiado el apetito que tenían por ese entonces, y pasó dignamente esa prueba.
       
Los quehaceres de la casa quedaron a cargo de una empleada, quien intentaba –sin éxito– que la casa volviese a parecer un hogar.
       
Mauro tuvo que aprender a cepillar el cabello de su hija, a colocar una hebilla, y en esas aparentes pequeñas cosas, se sentía mucho la ausencia de unas manos de mamá. Las comparaciones no tardaron en llegar:
       
─¡Mamá me peinaba mejor, tú no sabes colocar una hebilla!
       
─Mamá forraba mejor mis cuadernos, me arropaba con más cuidado, cantaba mejores canciones, contaba cuentos más bonitos.
       
─¡Me tomas demasiado fuerte de la mano para cruzar la calle!
       
Mauro sabía que todo eso era cierto, pero también sabía que su hija debía acostumbrarse a esa nueva realidad.
       
La ausencia del ser amado adquiere la inmensidad del océano y su profundidad también. Se distingue en su inmensidad y se siente en cada pequeña gota que lo conforma.

Pensó, alguna que otra vez, que todo hubiese sido más sencillo si su hija hubiera sido varón.

─¿A quién quiero engañar? ─se dijo─. Seguramente, Laura le hubiese atado mejor los cordones de los botines.
       
No era fácil ser padre solo y menos de una niña.

¿Y cuando creciera? ¿Y cuando tuviese dudas con su cuerpo? ¿Y cuando irremediablemente alguien le rompiese el corazón?  Sin dudas, la ausencia de la mamá la sentiría aún más.
       
Como fuere, había que seguir adelante. Mauro sabía que jamás reemplazaría el lugar que había ocupado su esposa, pero se las ingenió para aprender muchas cosas, desde colocar una hebilla con gracia, hasta decorar una torta de cumpleaños.
       
Su hija ya no se quejaba de la comida, ni de cómo la peinaba. Tampoco de cómo la tomaba de la mano para cruzar la calle. En la soledad de una vida sin mamá, era muy necesario que su papá le infundiera fuerza y confianza.
       
Un día, ambos comenzaron una vida nueva, no la del dolor en la que deja sumido la muerte, sino otra diferente, donde volver a ser feliz era el gran desafío.
       
Poco a poco, lo fueron logrando. Descubrieron juntos que el sol seguía brillando y que el cielo seguía siendo de un hermoso color azul.
       
Sus vida se reacomodaron porque la muerte no siempre tiene la última palabra. De algún modo, de esos que solo el amor conoce, Laura acompañó siempre a su pequeña hija.
       
Sus manos la acariciaron durante toda su vida, porque las manos de una mamá obran maravillas, entre ellas, vencer a la muerte.


ana maria
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