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Desventuras tras un Baño Frustrado

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Mensaje por ana maria el Mar 26 Feb 2019, 10:32

   
DESVENTURAS TRAS UN BAÑO FRUSTRADO

      Estaba a punto de darme un baño relajante cuando sonó el timbre. ¡Cómo se puede ser tan inoportuno!, pensé mientras observaba la bañera, llena ya hasta la mitad, y mi propio cuerpo desnudo, presto asimismo para ser zambullido en el agua caliente y espumosa. Mi primera intención fue no abrir y que, quienquiera que fuese, viniera si acaso en otro momento. Sin embargo, la insistencia en la llamada, que se repitió un par de veces más, hizo que la curiosidad venciera finalmente a mi molicie, de modo que ajusté alrededor de mi cintura una toalla con la que cubrir mis partes verendas y al grito de “¡ya vaaa!” acudí a franquear la puerta al impertinente visitante.

          Una mujer madura, de unos cincuenta años más o menos, tocada con un moño aparatoso y gruesas gafas de miope apareció ante mis ojos. Portaba bajo el brazo izquierdo, aferrándolo contra su pecho, un libro de pastas azuladas, y con la mano derecha sujetaba un pequeño maletín de cuero. Se presentó como distribuidora de una importante joyería y, como tal, aseguró traer un catálogo de relojes y alhajas que vendía al parecer a un precio escandalosamente bajo, solicitando mi venia para exhibirme el muestrario de fotos, donde podría apreciar la belleza de diseños.

          Molesto por haber visto interrumpido mi momento de relax por algo tan baladí, de buena gana habría mandado a freír espárragos, sin más contemplaciones, a aquella quincallera con gafas, pero mi acendrado sentido de la educación me impedía mostrarme grosero ante una dama, de manera que, con toda la cortesía de que pude hacer acopio, le dije que no me era posible atenderla en ese momento, ya que, como podía apreciar a tenor de mi parca indumentaria, estaba a punto de darme un baño, que viniera si acaso otro día a probar suerte, aunque ya le adelantaba que no necesitaba ningún reloj ni ninguna joya.

          Sólo tras escuchar estos argumentos pareció ella darse verdadera cuenta de mi aspecto externo, advertencia que hizo que los colores se le subieran al rostro de forma súbita, hasta adquirir su piel una acusada tonalidad bermeja, al tiempo que me pedía mil excusas por haber llegado en un momento tan inoportuno y se daba la vuelta con evidente intención de marcharse.

          Sucedió, sin embargo, que sus alterados nervios, evidenciados en las prisas que le entraron por alejarse de mi adánica presencia, vinieron a jugarle una mala pasada, haciendo que de su brazo resbalase el muestrario que portaba, que cayó con estrépito sobre el pavimento, y al inclinarse para recogerlo quiso la adversidad que se le cayeran también los anteojos, que no se rompieron de milagro, imagino que por el mayúsculo grosor de los cristales. Instintivamente, compadecido por las tribulaciones de aquella mujer, me apresuré a salir para ayudarla, pero quiso entonces la mala pata cebarse sobre mi persona, de tal forma que la toalla que cubría mi desnudez se enganchó con el pomo interior de la puerta y el empuje de mi propio movimiento hacia delante hizo que ésta se cerrara justo a espaldas mías, dando como resultado que la toalla quedase del otro lado y yo, completamente en cueros, en medio del rellano, sin llaves por añadidura con las que volver a abrir la cerrada puerta.

            Ajena de momento a este percance, la señora tanteaba el suelo en busca de sus lentes, cosa que terminó por conseguir sin añadidos contratiempos, y luego de volvérselas a acoplar sobre los miopes ojos se giró para, no sin el espanto en ellos reflejado, contemplar el espectáculo que ofrecía mi desgarbada figura tal y como en su día fuera al mundo traída. El tiempo pareció durante un breve instante detenerse entre nosotros; sin saber qué hacer ni qué decir, nos contemplábamos en silencio, como extasiados, yo transido de vergüenza, ella paralizada por el estupor, con el rostro enteramente desencajado, hasta que, dos o tres segundos más tarde, la sorpresa dio paso a la indignación y, abandonando el marasmo, me espetó a gritos que yo era un guarro y un depravado, para acto seguido echar a correr escaleras abajo como alma que llevase el diablo.

continua...///


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Mensaje por ana maria el Mar 26 Feb 2019, 10:33



continuacion...///

Yo no podía permitir que aquella mujer se marchase de esa manera, pensando que yo era un sátiro o un pervertido, de modo que, a pesar de mi ofuscación, corrí en pos suyo, olvidando momentáneamente el estado de desnudez total en que me encontraba. Le grité que aguardase, que todo aquello tenía una explicación; pero ella, lejos de hacer caso, aceleró su carrera todavía más, imprudencia ésta que finalmente hizo que trastabillara y cayese escaleras abajo, por las que rodó y rodó hasta que sólo la pared frontal del siguiente rellano consiguió detenerla. Esta vez sí que se le rompieron las gafas, fragmentados ambos cristales en una miríada de diminutas estrellas de vidrio, y convertida de repente su nariz en un surtidor tumefacto del que manaban profusos chorros de sangre. Le hubiese ofrecido un pañuelo con el que limpiarse, pero yo seguía completamente desnudo.

          Ciertamente lastimosos eran los quejidos que emitía la magullada vendedora, un carrusel de lamentos que daban por sí mismos testimonio del intenso dolor que debía estar sufriendo. Yo procuraba consolarla mientras, sin saber en realidad si era lo más acertado, sujetaba con ambas manos su cabeza y la echaba hacia atrás para detener la hemorragia. En esas precisamente nos hallábamos cuando, imagino que atraída por la batahola generada, salió una vecina al descansillo con evidente ánimo de curiosear. Era una anciana a la que yo había visto en otras ocasiones, aunque éstas no habían pasado nunca de ser meros encuentros de portal rápidamente saldados con un protocolario hola o hasta luego. Ignoro en todo caso si me reconoció o no, habida cuenta que la escalera estaba en penumbras y que a buen seguro la anciana, dada su edad, no debía distinguir demasiado bien las formas; pero lo que no podía dejar de apreciar era que allí había un hombre enteramente desnudo que sostenía entre sus brazos a una mujer con la cara manchada de sangre. Un espectáculo acojonante, sin duda alguna.

          A tenor de los estentóreos gritos que comenzó a dar, imagino que la recién llegada debió deducir que estaba en presencia de algún tipo de psicópata que acababa de cobrarse una víctima. Para sacarla de tal error, me precipité hacia ella y le dije que se calmara, que yo era un vecino del piso de arriba y que lo de la mujer sangrante obedecía a un penoso accidente provocado por la concatenación de una serie de desafortunados imponderables. Pero ella no me oía, estaba histérica, completamente fuera de sí, reflejado en su rostro una mezcla de pánico y de ira que de alguna forma vinieron a activar sus energías, haciéndole esgrimir a modo de arma el bolso que llevaba en la mano para emprenderla a bolsazos conmigo.

           A todo esto, la vendedora se había levantado del suelo y, al propio tiempo que la vieja lo hacía de frente, se puso a atizarme por la retaguardia, sirviéndose en su caso del maletín que portaba. El maletín era de material recio, por lo que cada impacto contra mi cabeza o mi espalda suponía toda una dolorosa sacudida interna, y en cuanto al bolso de la vecina, si bien de apariencia dúctil, debía contener algo duro en su interior, quizá hasta un ladrillo, pues también sus golpes se me antojaban de lo más contundentes. Yo intentaba protegerme como buenamente podía, pero en mi delicada situación no resultaba desde luego fácil, de modo que me limitaba en última instancia a cubrir mis partes pudendas, no fuera a ser que recibiesen un golpe fatal.

          Al final me escurrí y caí al suelo. Mis dos agresoras, lejos de apiadarse ante la miserable estampa que yo exhibía, acurrucado en posición fetal sobre el pavimento, arreciaron la lluvia de bolsazos y maletinzazos hacia mi persona. Así nos encontró la portera, quien en esos momentos llevaba a cabo su diaria labor de fregar los escalones. Ignoro qué sería lo primero que se le pasara por la cabeza al encontrarse con un hombre desnudo tirado en el suelo y dos señoras encima de él, una de ellas cubierto el rostro de sangre. En mi precaria situación, yo apenas si podía verla difusamente a través del rabillo del ojo, por lo que no podía captar sus faciales impresiones; aun así, me pregunté si se apiadaría de mí. ¡Qué ingenuo! Todo lo contrario: sin mediar palabra, como si de una tácita alianza de sexos se tratase, tomó partido por mis acometedoras y, agarrando con fuerza la fregona, se lió a darme mochazos.

          Los golpes propinados por las tres arpías iban en consonancia con los insultos e invectivas que emitían sus voces, asimismo contundentes y despepitadas, lo que terminó por hacer salir de sus casas a buena parte de los inquilinos, atraídos por aquella insólita función como las moscas pudieran serlo por la basura de un vertedero. Fueron así, uno tras otro, asomando los diferentes vecinos, en pugna todos ellos por alcanzar un sitio en primera fila desde donde contemplar a sus anchas el espectáculo. Resignado a mi suerte, casi que ya me daba igual que todo el vecindario me contemplase desnudo y apaleado, a esas alturas lo único que realmente deseaba es que la tierra se abriese y me tragara hasta su más recóndito núcleo.

          Alguien debió llamar a la policía, puesto que no tardaron en aparecer dos agentes uniformados que, tras hacerse un hueco entre los curiosos y separar a las tres leonas que, infatigables, proseguían con su avalancha de golpes, embozaron mi desnudez bajo una manta y de esa guisa me trasladaron a comisaría, sin darme tiempo a mayores explicaciones.

          En las dependencias policiales logré al fin aclararlo todo. Mi historia era tan descabellada que sólo podía ser tomada como verdad, de modo que, tras escuchar asimismo las versiones de las otras implicadas, se archivó el caso sin más. Todavía a día de hoy me parece estar viendo las sonrisas guasonas en que se combaban los labios de los agentes a medida que yo les relataba los hechos tal y como sucedieron, las mismas sonrisas que esbozan ahora la mayoría de mis vecinos cada vez que me cruzo con ellos por la escalera.

          Por fortuna, aquel incidente no produjo demasiadas secuelas. Los golpes que recibí, más allá de la parte que al honor pudiera tener como referencia, apenas si me dejaron algunas magulladuras en el plano físico, nada importante en todo caso, como tampoco fueron importantes las heridas de la vendedora, poco más que una contusión facial y algún que otro capilar roto dentro de su nariz… Sufrí, eso sí, una inundación dentro de casa, toda vez que el grifo de la bañera había quedado abierto y el agua rebosó por todos lados; pero tampoco aquello me perturbó en exceso, ya que el seguro de la vivienda se encargó de arreglar el desaguisado, sin coste alguno para mi bolsillo.

          Lo que si extraje de todo esto fue una importante lección que espero no olvidar ya nunca más, cual fue que jamás debe uno abrir la puerta de su casa cuando a su desnudez sólo cubre una simple toalla malamente ceñida a la cintura. No volveré a hacerlo, desde luego que no.

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